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ABC SÁBADO 19 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PONERSE ANTIPÁTICOS P LA TRAMA INCENDIARIA DEL PP AY que ser, desde luego, un fascista con espolones para negar que detrás de los incendios que en fechas recientes han socarrado los montes gallegos hubiese una trama organizada por la facción opositora. La higiene democrática exige que cada palo aguante su vela; y nuestro Dignísimo y Diligente Gobierno no puede ni debe apechugar con una responsabilidad que a todas luces corresponde a ese hatajo de resentidos que se aloja bajo las siglas de la derecha. Empezando por su secretario general, ese Rajoy que, bajo su apariencia bonancible, encubre a un exaltado de la peor calaña. Porque, veamos, ¿dónde se hallaba Rajoy cuando empezaron los montes gallegos a arder como la yesca? ¿Acaso no veraneaba por aquellos lares? ¿Quién nos asegura que, en lugar de dedicarse al esparcimiento, no estuviera urdiendo con sus compinches el dispositivo pirómano, organizanJUAN MANUEL do las falanges de vándalos que, tea DE PRADA en mano, han calcinado los bosques? ¿No se les antoja muy sospechoso que fuera precisamente Rajoy, acompañado de su acólito Núñez Feijóo (otro que, bajo su fachada modosita, esconde un ferocísimo ángel flamígero) quien primero se desplazara a uno de los muchos lugares del delito, mientras nuestro Inmaculado y Benemérito Presidente del Gobierno aún permanecía tumbado a la bartola en su palacete de verano? ¿No parece más probable que el pérfido Rajoy, como aquel Nerón de infausta memoria que alcanzó el orgasmo mientras contemplaba Roma consumida por las llamas que él mismo había prendido, quisiera disfrutar de cerca los frutos de su trapisonda? Allá donde fijemos la vista, sólo nos tropezaremos con pruebas flagrantes de la avilantez del PP. Piensen, por ejemplo, en ese Plan de Emergencias diseñado por Manuel Fraga poco antes de ser providencialmente desalojado de la poltrona autonómica. ¿Al- H guien puede explicarme por qué demonios el octogenario Fraga se puso a diseñar un Plan de Emergencia, si ya podía imaginarse que, cuando la tortilla diese la vuelta, su sucesor se iba a encargar de anularlo? ¿No adivinan la astucia de Fraga? El muy bellaco diseñó el Plan de Emergencia con el único propósito de despistar a sus sucesores, que ocupados orgiásticamente en desmantelar cualquier vestigio de su legado (aunque fuese provechoso, o sobre todo si fuese provechoso) no tendrían tiempo de reaccionar cuando las llamas empezasen a causar estragos. Y lo mismo puede decirse de esos retenes de veteranos curtidos en mil luchas contra los incendios que Fraga no se preocupó de mandar a su casa con una patada en el culo; como él no lo hizo, en un ejercicio flagrante de omisión del deber, tuvo que hacerlo apresuradamente Touriño, que no puede estar en misa y repicando. Nunca la Historia podrá castigar como se merece la deslealtad de Fraga. Pero cuando se ha demostrado irrefutablemente que los incendios gallegos han sido orquestados por el PP ha sido al descubrirse que, entre los pirómanos detenidos, se cuenta un candidato socialista. Si el pirómano hubiese sido un candidato pepero aún podríamos albergar dudas razonables, pues la felonía de Rajoy no admitiría maniobras tan burdas. De todos es bien conocida la habilidad de estas hienas de la derecha para ganarse la voluntad de tránsfugas con sobornos y demás golosinas crematísticas. Ese pirómano presuntamente socialista no era, en realidad, sino un traidor untado por Rajoy, quien, despechado tras la derrota electoral, no ha tenido empacho en convertir su patria chica en una nueva Troya. ¿Hacen falta más pruebas del ominoso contubernio? Menos mal que en España pegas una patada a un piedra y te salen cien intelectuales valientes y probos dispuestos, con desprecio de su vida, a desenmascarar trama tan criminal. Una trama que sólo los fascistas con espolones se atreverán a negar. ARA establecer una política de inmigración eficaz hay que partir de una premisa poco grata: es menester ponerse desagradable. Los Gobiernos tienen que mostrar su ceño más hosco a los extranjeros, establecer condiciones de acogida rigurosas y expulsar con determinación a quienes no las cumplen. Aun así, se colará un número bastante mayor del deseable, porque el embudo nunca resulta lo bastante estrecho cuando empujan la miseria, la desesperación y el hambre. Desde el buenismo es imposible controlar los flujos migratorios, una tarea forzosamente despiadada que obliga a bajar la persiana del bienestar ante muchos seres humanos con quienes, desde la IGNACIO conciencia moral, nos CAMACHO gustaría compartirlo. Pero sabemos que nuestros recursos, aunque generosos, son limitados, y que es preciso acordar cuánta gente cabe bajo su amparo. Conociendo, por ende, que siempre serán más de los que calculemos, porque no se le pueden poner puertas al mar ni al campo. El Gobierno español está desbordado ante la crisis de los cayucos, pese a su buena voluntad y su manifiesto interés, porque tiene mal enfocada la cuestión de fondo, que es la del mensaje global que España emite sobre su política migratoria. Mientras se produzcan regularizaciones masivas, mientras los irregulares sepan que no van a ser devueltos, mientras les quepa una oportunidad o un resquicio, y no digamos mientras encima se les conceda derecho de voto, lo van a seguir intentando. Con cayucos, con pateras, en moto acuática o a nado, llegado el caso. Tienen la certeza de que, si logran saltar la barrera, al otro lado existe un futuro, un aliciente lo bastante serio para jugarse la vida. En Francia, el Ministerio del Interior de Nicolas Sarkozy se dispone a reexpedir a 25.000 inmigrantes ilegales en pleno verano, aprovechando que las vacaciones suspenden el derecho de acogida para los sin papeles con hijos en la escuela. Caso por caso, el Gobierno galo va a estudiar con lupa los expedientes de solicitud y va a poner en aviones de retorno a todo el que no cumpla requisitos como haber aprendido el idioma o haberse integrado socialmente tras un periodo de estancia razonable. La medida no resulta cuantitativamente significativa en una nación de altísima tasa inmigratoria, y además cuesta bastante dinero, pero Sarkozy quiere enviar un mensaje nítido: la ley se cumple, y las condiciones no son fáciles. España necesita hacer un gesto duro, difundir una señal áspera y desabrida que manifieste de manera inequívoca que esto no es un coladero. Una actuación decidida y resuelta sobre las condiciones de acogida será mucho más persuasiva, y a la larga más barata, que todos los blindajes fronterizos, siempre insuficientes ante la exasperada marea humana. Pero eso implica ponerse antipáticos, y casa mal con las sonrisas de las que este Gobierno ha hecho cuestión de estilo. O de talante.