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12- 13 40 LOS VERANOS DE uando le conté todo esto a Luzine, dijo que tendría que darme unas cuantas clases extras más, porque yo no podía presentarme a una cata tan importante con un francés tan lamentable. Lamentable, pensé cuando Luzine pronunció la palabra, era el adjetivo que mejor cuadraba con mi vida en ese instante de un julio en el que se podría hacer una fondue sólo con sacar el queso a la ventana. Lamentable había quedado el apartamento cuando Natalia se llevó sus cosas, que eran casi todas las cosas de la casa, incluidos la televisión, el vídeo y un ventilador gigantesco que compró en un rastro Remar hacía cinco veranos. Lamentable era mi aspecto, porque apenas podía dormir por el calor, y, sobre todo, por el remordimiento que me causaba el haber mantenido durante tanto tiempo, casi nueve años, una relación en la que había de todo menos amor. Lamentable era, ahora me lo decía Luzine, mi francés. Y, al decírmelo, me daba cuenta de que mi soñado trabajo en Francia estaba mucho más lejos de lo que mi soberbia me había dejado ver hasta entonces. Pensé que era un castillo que había construido para evitar mirarme en el espejo y ver lo que realmente reflejaba. Me sonó tan terrible ese lamentable en francés de Luzine, aunque me lo decía con una gran sonrisa que no estaba en la boca sino en sus C ojos, que dejé de ir a la academia, donde, no se me olvidaba, el odio de mis cinco compañeros era también lamentable. Tres semanas después estaba en la piscina, leyendo una revista profesional sobre el Real California Cheese cuando llamó Luzine madre para decirme que aunque hubiera abandonado las clases, estaba obligado a pagar las cuotas a las que me había comprometido al firmar el contrato. Lo dijo de una manera muy firme y muy legalista. Lo dijo como si lo hubiera dicho muchas otras veces. Como un trámite molesto pero necesario. Le dije que por supuesto, que no se preocupara, que pasaría esa misma tarde por la academia. Cuando acabé de hablar con Luzine madre, cuando todavía no había vuelto a sumergirme en el proceso de fabricación del verdadero queso californiano, sonó de nuevo el móvil. Había borrado su nombre, pero el número seguía siendo el mismo y yo me lo sabía de memoria. Natalia necesitaba ir al apartamento a recoger las últimas cosas que todavía quedaban allí. Sobre todo, me dijo, un bikini que necesitaba porque en un par de días se marchaba a la playa. A Tetuán, creo que dijo. Y mientras tratábamos de ponernos de acuerdo sobre la hora más conveniente para la recogida, le pedí perdón. Le pedí perdón mil veces y lloré como no recordaba haber llorado nunca. Natalia me consoló, suavizó el tono de su voz y yo le dije que las cosas le irían mejor con su nuevo amor. Intentaba decirle de verdad que todo le iría mejor, y en mi pensamiento se cruzó una idea absurda: ¿servirían las lágrimas para cuajar una leche? ¿cómo sabría ese queso cuajado con lágrimas? En la academia me atendió Luzine hija. Me miró con una cara de la que había desaparecido por completo la sonrisa: de la boca y también de los ojos. Le di un cheque que cogió sin mirar y que metió rápidamente en un cajón del escritorio. Me sentí completamente ridículo, como si dentro de mí hubiera un niño que se negara a crecer. Antes de que Luzine me dijera adiós, le pregunté si había estado en Toulouse alguna vez y también le pregunté si le apetecería ir conmigo allí en octubre. Le dije sin apenas respirar que tenía pensado ir en mi coche y que cruzaría el Pirineo por Canfranc y que Toulouse era una ciudad de ladrillo rojo y que tenía un metro que cruzaba por debajo de un río muy ancho al que llaman La Garona. CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO Vista del famoso skyline neoyorquino al atardecer AFP La ciudad de cristal Nueva York es una ciudad hecha por sus razas. Si nos acercamos a Nueva York de la mano de Paul Auster tenemos la ventaja de que se nos ahorra la descripción de postal del mil veces repetido skyline y lo que ello significa y, además, se nos otorga una manera de ver la ciudad que, a lo mejor el autor no lo sabe, o sí, que para el caso da lo mismo, tiene mucho que ver con los avatares judíos en esta parte del mundo. Desde luego que Auster no desprecia Manhattan, rutilante isla, pero prefiere verla desde Brooklyn, donde se aprecia la verdadera fuerza y belleza de su paisaje y donde, por las noches, parece hacerse verdad ese dicho de Ezra Pound que vale por toda esta ciudad: De noche, en Nueva York hemos hecho bajar las estrellas Pero lo que tienen los escritores neoyorquinos es que hablan de sus gentes, que es lo que importa, de sus tipos humanos y aquí nos encontramos con una Babel de acero y cristal y ladrillos amarillentos de vieja metrópoli industrial; aquí nos topamos con negros, blancos de los de toda la vida, judíos, italianos, latinos, centroeuropeos, eslavos, árabes, chinos... y unos pocos escritores que describen de todo este montón de vidas lo que pueden, que es poco, de aquello que se les ofrece, que es demasiado. Es por eso, quizá, por lo que en las historias de Paul Auster se guarda una mesura casi costumbrista que quiere dar la réplica al tópico de ciudad desmesurada a lo Scorsese y su Taxi Driver. Para Auster el drama neoyorquino lleva a la sangre, como en todos los sitios, pero quizá el drama se esconda en anodinos pisos de alquiler y la tragedia al modo de la Orestíada se produzca en las tortuosas relaciones entre un negro y un judío en un vecindario infernal, caso de Los inquilinos, de Bernard Malamud. Es esta medida de las relaciones humanas las que interesan a Auster. Ha hecho de Nueva York el hogar de todos. Le ha quitado su parte exótica de ciudad moderna. Ya era hora.