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18 8 06 FIRMAS RELATO Lección de francés POR FÉLIX ROMEO Becario de la histórica Residencia de Estudiantes, ha publicado las novelas Dibujos animados (premio Ícaro de Literatura) y Discotheque Ha dirigido el programa La Mandrágora en TVE y ha sido escritor residente en la Universidad de Aberdeen. ecidí matricularme en la academia antes de que Natalia me dejara, pero tal y como se produjeron los hechos, pareció que me matriculaba para soportar mejor la tristeza que me producía su abandono. Lo cierto es que yo había decidido asistir a clases de francés porque en octubre tenía que participar en una cata en Toulouse, y tenía miedo de que mis adjetivos franceses no fueran los más adecuados. Estudié en Francia y la mayoría de los libros que leo sobre quesos son en francés, pero a menudo tengo miedo de utilizar mal una palabra y de hacer el ridículo. Aunque me gano la vida con el olfato y con el paladar, el sentido que tengo más desarrollado es el del ridículo. Había muchas y buenas razones para que Natalia me abandonara, y me las había dicho muchas veces. La principal era mi ausencia. O, más bien, mis ausencias. Ausencia, pues viajaba la mayor parte del año. Los catadores de queso, y en especial los que estamos bien dotados, tenemos que hacer muchos kilómetros cada año: ferias, certámenes, concursos, guías, presentaciones... Pero también, y sobre todo, ausencia vital. Natalia decía que cuando yo estaba con ella, realmente no estaba con ella. No lográbamos mantener una conversación. No lográbamos que nuestras palabras y nuestros cuerpos se pusieran de acuerdo. Yo estaba harto de Natalia, y fue estupendo que por fin se decidiera a abandonarme. Aunque me dolió que me dejara después de liarse con un tipo que tenía doce años más que ella y mucho más pelo que yo. D No había estado en una academia desde la infancia. Mi padre me había obligado durante un verano a acudir a clases de mecanografía. Si quería enredar con su máquina de escribir, yo tenía que aprender a manejarla como Dios manda. La Academia Luzine estaba especializada en enseñanza del francés. Tenía las paredes pintadas de color naranja y un potente aire acondicionado. Luzine era el nombre de un bosque de Suiza, y también era el nombre de la propietaria y el nombre de mi profesora, que era hija de la propietaria. A Luzine hija le hizo mucha gracia que yo me dedicara a catar quesos y se prestó a darme alguna hora, fuera del horario normal de clases, dedicada íntegramente al léxico del queso. Ella no había nacido en Suiza, como su madre, pero le entusiasmaban el Sbrinz y el Tilsit y preparaba unas estupendas fondues. Cuando le dije que yo odiaba el queso, se rió mucho, y no supo si hablaba en serio. No soy un seductor, pero a veces consigo que algunas mujeres se rían con las cosas que digo. O, más bien, con la manera en que digo las cosas. Y Luzine se reía conmigo. O de mí. Se reía de mi pronunciación. Se reía de mis chistes y se reía, sobre todo, de las preguntas que le hacía, pues yo trataba de buscar siempre una razón lógica a los proble- Había muchas y buenas razones para que Natalia me abandonara, y me las había dicho muchas veces. La principal era mi ausencia. O, más bien, mis ausencias. mas de la lengua francesa. Luzine se reía, pero mis compañeros no recibían mis aportaciones con el mismo entusiasmo. Sólo eran cinco, pero en muy poco tiempo parecían haberse puesto de acuerdo para odiarme. Y cinco personas que te odian en un espacio muy pequeño son, sin duda, demasiadas. De todos mis compañeros, la que más me odiaba era Carmela, que conocía, por algún vínculo familiar que se me escapaba, mi historia con Natalia. Parecía que Natalia fuera su hermana o su amiga del alma, aunque no había visto ni una sola vez en la vida a Natalia. Las palabras rencor y resentimiento se inventaron para que Carmela pudiera encarnarlas. La cata de Toulouse era muy importante. Importante porque era una feria internacional en la que iban a participar los mejores quesos del mundo. Pero importante para mí porque podría proporcionarme un trabajo en Francia. No me gusta el queso, pero sí que me gusta el dinero. Y trabajar en Francia, en una buena empresa del sector du fromage, me daría más dinero que mis habituales vueltas al mundo. Antes de matricularme en la academia, y sólo en los seis meses anteriores, había estado en un pueblo muy cerca de Auckland, en Dundee, en un pueblo muy cerca de Palermo, en Cáceres, en Estados Unidos (dos veces) en Villalpando, en un pueblo en los alrededores de Berna, en la isla de Fiona... La cata de Toulouse era un final. Y por eso había decidido dejar de viajar durante todo el verano, aunque mis padres y mis amigos pensaran que se trataba de una pausa para asumir la marcha de Natalia.