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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO mado en las hombreras y con pantalones rectos que morían elegantemente en los zapatos de color ocre. Al andar, lo hacía con las manos en los bolsillos y tiraba de la cintura hacia arriba, con disimulo, para que los bajos no se ensuciasen con la mugre de las aceras. Entró en un bar para tomar un café. Se acababa de lavar los dientes y sin duda no debía quedar en su boca ningún olor reconocible, pero todas las precauciones eran pocas. Tuvo cuidado de no acercarse a la barra, y cuando fue a beber lo que había pedido adoptó una postura tan ridícula para no salpicarse, que hizo sonreír a los demás clientes del establecimiento. Desvió los ojos de su taza para lanzarles una mirada colérica y después pasó un momento de pánico, al sentir que unas gotas de agua condensada en el cristal caían hacia su americana. Dio un salto hacia atrás que, esta vez, provocó la carcajada de uno de los camareros, que después de secar unas copas y negar con la cabeza, lo observó con una combinación de burla y lástima, como diciendo: pobre estúpido. Se fue sin dejar propina. l domicilio de sus suegros, que era donde se celebraba la reunión, estaba a unos veinte minutos andando, pero no quiso arriesgarse a sufrir cualquier contratiempo, algo como un charco de aceite en el asfalto que le echara encima un coche; o cualquier líquido herrumbroso que pudiera caer de un aparato de aire acondicionado, o de las macetas que alguien regaba en un balcón; o el descuido de otro transeúnte que, al pasar, le quemara con un cigarrillo. No, ni hablar, iría en taxi. De hecho, mientras caminaba hacia una esquina, en la que pensó que sería más fácil parar uno, se cruzó en las estrechas aceras con varias personas que fumaban y podrían haberle llenado la ropa de ceniza; y al rato, un grupo de tres o cuatro niños pasó junto a él comiendo bollos de chocolate, y vio aterrorizado sus dedos pringosos, que casi lo rozaban al adelantarlo persiguiéndose y dándose empujones. o paró el primer coche que vio aproximarse con la luz verde encendida, ni el segundo, ni el tercero, porque todos le dieron una impresión de abandono que le hizo imaginar tapicerías aceitosas y puertas llenas de grasa al acecho. Al cuarto de hora, cuando llevaba unos segundos luchando contra la tentación que suponía un quiosco de helados que había en la esquina, se detuvo junto a él un automóvil reluciente, con aspecto de recién comprado. Se sintió seguro al ver que los asientos brillaban de pura limpieza. El camino conocido le pareció un lugar recuperado metro a metro, como si viera la filmación de una ciudad que se reconstruía tras una guerra. ¿Qué había sido él en esa guerra? ¿Un héroe? ¿Un espia doble? ¿Un desertor? Hizo un gesto de desinterés y cuando el chófer le dio el cambio analizó minuciosamente las monedas, para asegurarse de que no tenían nada que pudiese mancillarlo. El conductor creyó que desconfiaba de él y le preguntó, en un tono acre: ¿Algún problema, caballero? staba a unos metros del jardín que rodeaba la casa de sus padres políticos, que estaba situada en una de las urbanizaciones más lujosas de la ciudad, cuando oyó a su espalda un frenazo, un golpe y un estrépito de cristales. Había ocurrido un accidente y, a quince o veinte metros de donde él estaba, vio un automóvil estrellado contra un árbol y a una muchacha que pedía auxilio. Corrió hacia ella, y según se acercaba pudo ver detalles del siniestro, cosas como un tapacubos plateado que daba vueltas en el piso, la marca desesperada del neumático en la grava, un parabrisas roto y un reguero de combustible que se extendía por el pavimento. La chica lo miró con una expresión de pánico en el rostro y alargó su mano hacia él. Sin duda estaba atrapada y tendría miedo de que el vehículo fuera a arder. La sangre corría por su brazo y su cuello como si fuera un incendio líquido. Se paró frente a ella. Tendría que acercarse, intentar sacarla por la ventana. Se dio unos segundos para telefonear a la policía. Mientras daba algunos datos, supuso que pronto oiría sirenas que se acercaban, pero no fue así, no llegaban las ambulancias ni las patrullas de la policía, y la joven le clavava aquellos ojos helados por el terror. Pensó en su traje blanco, en su perfección inmaculada, y supo que la decisión que tomara en ese momento iba a ser, sin ningún género de dudas, la más importante de su vida. Por algún motivo, se preguntó si los periódicos del día siguiente hablarían de aquel suceso y si su nombre iba a ser parte de esa noticia. E Imagen nocturna de la avenida 9 de julio de Buenos Aires AP E La ciudad inclinada La Buenos Aires de Onetti es una ciudad para fugarse. En esta Buenos Aires la lluvia es oblicua, casi horizontal, viene del puerto y trae aires de hierros viejos, herrumbrosos, donde bien puede apreciarse el moho y la incipiente decadencia, perpetua y vigilante, de una nación que se quería resplandeciente. Frente a ella, casi engulléndola, ese río que es casi mar y del que Ramón Gómez de la Serna, al contemplarlo, sólo atinó a decir que en su tierra los ríos tenían dos orillas. Y al otro lado, Montevideo, la ciudad más provinciana e ilustrada del mundo donde los duelos de honor han sido prohibidos ayer mismo, la educación es una bicoca, gratis, y buena, y se vive en una espera eterna. En el barco que cruza el río de una ciudad a otra es seguro que se haya producido la creación de uno de los enormes paisajes de la literatura latinoamericana: Santa María. ¿Es Buenos Aires? o, por el contrario, ¿tiene rasgos inconfundibles de la pequeña Montevideo? Ya Onetti nos lo ha dejado entrever en sus cuentos, esos seres que deambulan por Avenida de Mayo cuando se cruza con Diagonal, la multitud de sombras y ruidos que cercan la diminuta habitación de un piso desvencijado no puede estar más que en la ciudad grande, urbana, desmesurada, a punto de derrumbarse y que se sostiene por la inercia. Lejos estamos de San Telmo, de las calles pintadas de inverosímiles colores donde el bandoneón balancea canciones de dolor y explotación que el tiempo ha hecho cursis, lejos del barrio donde Borges pasea con estudiado método de ciego y sí cerca de los seres dolientes de Roberto Arlt, de donde Onetti fijó su piadosa humanidad. Este Buenos Aires no es, sin embargo, la otra cara de la moneda del folleto turístico y que quiere erigirse en único verdadero. La ciudad de Onetti es más sagaz y compleja. Y cabe el folleto turístico y el tango y la nostalgia y la falsa milonga porque de todo hay en esa enorme ciudad donde cabe el mundo entero. N