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17 8 06 CRÍMENES SIN RESOLVER Una bufanda en el coche Unos cazadores vieron dos coches parados en la carretera, invadiendo parte del carril izquierdo Sheila Barrero, de 22 años, regresaba a su casa tras una noche de trabajo, diversión y copas. En el alto de La Collada, paso entre el valle de Laciana (León) y Asturias, alguien la adelantó, subió a su coche, la disparó en la nuca y aparcó luego el turismo CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ El cuerpo apareció en el interior del coche. Las únicas señales de lucha son una media rota y hematomas en el muslo derecho y en el gemelo izquierdo Bufanda encontrada en el asiento trasero 1 Una de las hipótesis es que, después de disparar, el asesino decidiera aparcar el coche en el área de descanso Trayectoria de la bala Bolso 2 Móvil Desplazó el cadáver de Sheila para poder ocupar su lugar, de ahí las manchas de sangre en el asiento del copiloto El único disparo se realizó desde el asiento trasero, a cañón tocante. El proyectil impactó después en el cristal y en el salpicadero El casquillo del disparo mortal apareció en el interior del coche de la víctima. La munición es de un calibre pequeño (6,35) y bastante común La misteriosa bufanda negra, con un escudo bordado, no tiene dueño conocido, aunque es de la zona FERNANDO RUBIO ELENA SEGURA l fin de semana del 24 y el 25 de enero de 2004 un intenso frío, húmedo, calaba hasta los huesos en el valle de Laciana, una comarca minera ahora en dificultades por la crisis en el sector. Villablino, el pueblo más importante de la zona, no era una excepción. Sheila Barrero no había nacido allí, sino en Degaña (Asturias) situada a tan sólo unos kilómetros de Villablino, pero trabajaba en un pub de ese pueblo leonés, lo que la hacía ser muy conocida. Entre semana, la chica, que había estudiado Turismo, estaba empleada en una agencia de viajes de Gijón, pero completaba sus ingresos con el pluriempleo del local de copas. Era, por tanto, una joven normal, de su tiempo, no muy alta pero sí atractiva. El viernes 23 Sheila viajó desde Gijón a su casa de Degaña a bordo de su Peugeot 206. Esa misma noche trabajó en el pub. Al día siguiente, su padre la acompañó a un taller de Villablino para que realizaran una revisión al turismo. Luego, padre e hija regresaron a su casa. Sheila, pues, se había quedado sin coche para ir a trabajar. Por eso quedó con unos amigos para que la fueran a buscar a su casa a las diez y media de la noche. Así lo hicieron, y al llegar a Villablino, junto a un grupo de amigos y amigas, se dirigieron a un local a comer una hamburguesa. A medianoche ella se fue al pub, mientras el resto del grupo seguía la ronda. Pasadas las tres de la mañana se produjo un hecho anecdótico pero clave en el posterior desarrollo de los hechos. El hijo del dueño del taller llegó al local con su novia y al ver a Sheila le dijo que ya tenía arreglado el coche, que estaba estacionado fuera y además le dio las llaves. La joven, lógicamente, se lo agradeció porque ya no tenía que molestar a nadie para volver a su casa. E Sobre las cuatro de la madrugada, los amigos de Sheila llegaron al pub donde ésta trabajaba y allí permanecieron hasta las siete de la mañana. Luego, para rematar la velada, se fueron a tomar otra copa, aunque ella sólo consumió coca- cola. El cansancio hacía ya mella y dijo que se volvía a casa. Dos de sus amigos se ofrecieron a llevarla en coche hasta donde ella tenía aparcado el suyo. Luego, los dos vehículos, uno detrás de otro, fueron hasta Caboalles de Abajo, donde por fin se separaron. Ellos enfilaron hacia el alto de Leitariegos; ella se dirigió hacia el puerto de La Collada. En ese momento, los chicos se dieron cuenta de que uno de los faros del Peugeot 206 de Sheila no funcionaba, así que se lo advirtieron y le pidieron además que les llamara al llegar a su casa para quedarse tranquilos. l alto de La Collada está a menos de diez minutos del cruce de Caboalles, sobre todo para una chica como Sheila a la que le gustaba pisar el acelerador. Además, conocía la carretera palmo a palmo, por lo que la llovizna y la escasa visibilidad- -esa mañana no fue plena hasta las nueve menos veinticinco- -tampoco le suponían una dificultad especial. Pero pasaban las horas y la joven no llegaba a su casa. El padre, en principio, no se preocupó porque pensó que se habría quedado a dormir en Villablino, con su hermano, ya que aún creía que no tenía coche. Cuando su madre le llamó para preguntar por Sheila, éste respondió que no estaba allí. La mujer, inquieta, telefoneó a su hija. No hubo respuesta. Ese día, como todos los domingos, la familia se juntaba a comer en Degaña. El hermano de Sheila, su cuñada y su sobrina pasaron por La Collada a las doce y media y él se percató de que un coche similar al de la joven estaba aparca- E