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6- 7 40 LOS VERANOS DE J. P. Quiñonero Camilo J. Cela es un monumento literario El escritor novela en La locura de Lázaro (Ediciones Espuela de Plata) a Celia Jiruña Carón (CJC) heredera de Quevedo y Valle, aventurera carnal con Picasso y Nobel TEXTO: ANTONIO ASTORGA FOTO: ERNESTO AGUDO MINGUS... HUMOR CRÓNICO Dos alternativas POR J. I. GARCÍA GARZÓN elia Jiruña Carón nació en una noche de ánimas en pena, entre una inmisericorde lluvia en el valle del Juzo, rubita, diminuta, desamparada... Su vida será una tragedia más cerca de la tradición bíblica contemporánea encarnada por Faulkner. La tragedia bíblica habla de la tragedia de vivir, tras el destierro del Paraíso explica Juan Pedro Quiñonero. ¿Es Celia un trasunto de CJC? No. Mi CJC fue fotografiada por Lewis Carroll, adolescente, desnuda. Y tuvo una aven- C tura carnal con Picasso. Su mejor amiga fue una actriz que hizo cine con Truffaut y Visconti. Se casó en París apadrinada por Miguel Pérez Ferrero (que fue corresponsal de ABC y confidente de los Machado y Baroja) tuvo amoríos con Lo- li- ta (la joven mariposa de la novela de Nabokov) La vida de Celia no tiene nada que ver con Camilo. Mi personaje viene de los cuentos de hadas Celia escribía a las golondrinas unas oscuras cartas donde trataba de brujas y arpías a varias hermanas de su orden... Unas misi- Juan Pedro Quiñonero homenajea a Cela en La locura de Lázaro vas que vienen de Gómez de la Serna, que las redactaba desesperado en el destierro, esperando que las golondrinas las llevasen a su tierra: Cuando las cartas de Ramón llegaban a Madrid eran recibidas a palos, con veneno, entre risas de gente zafia e ignorante. Mi Celia no conoció a Ramón. Pero sus cartas a las golondrinas son el gesto de desesperación de una adolescente que sueña con la libertad Toda la obra de Celia es algo así como el reverso de los libros de Cela que más admira Juan Pedro Quiñonero, con La colmena en el principio del verbo: El título del libro de Camilo no corresponde exactamente a su contenido. En una colmena vive una comunidad laboriosa. En La colmena los seres humanos están caídos en una trampa que se parece muy mucho a una almadraba: un cepo donde la vida arponea a unos y otros, sin piedad Celia escribe La almadraba Del frondoso árbol de Cela jamás nadie podrá hacer leña, ni los que de él han bebido y le acuchillaron a traición a su muerte como cadáver exquisito Camilo es un monumento en la historia de las literaturas españolas. Lo de cadáver exquisito me parece un calificativo miserable denuncia el periodista. Asoma un ministro de Cultura en la novela. ¿Semprún se dará por aludido? Mi ministro de Cultura estuvo en Buchenwald, cuando los nazis entregaron la gestión administrativa de ese campo de concentración a los comunistas allí encerrados. Robert Antelme, que fue amigo de Semprún, ha contado sus íntimas reservas ante el comportamiento ético de los comunistas, en Buchenwald. Los oficinistas comunistas elegían para los nazis los reclusos que los nazis reclamaban para realizar trabajos de los que no se volvía nunca. Semprún ha escrito muchos libros para maquillar esa historia Se ha comparado el estilo de La locura de Lázara heredero del mejor Quevedo y Valle: Que es demasiado comparar. Todos los escritores españoles debemos algo a Valle y Quevedo. Esa deuda no comporta ningún valor particular. Me han podido influir Proust, Nabokov y Faulkner... Dos alternativas en el doble sentido de opciones y de espectáculos que se ofrecen en salas alternativas, esas pequeñas islas luminosas donde la creación escénica se atreve a decir su nombre. Cuarta Pared presenta Mingus, Cuernavaca del francés Enzo Cormann, sobre los últimos momentos de una rotunda criatura del bestiario jazzístico, el contrabajista Charles Mingus (1922- 1979) gran compositor y osado arreglista, glotón de música y mujeres, que, aquejado de una esclerosis atrófica, se retiró para ocultar al mundo su decadencia física. El montaje sitúa a Mingus, en silla de ruedas y devastado por la enfermedad, en una pista circense con su esposa como maestra de ceremonias. El contrabajista, encarnado con vigor histriónico por Chete Lera, desbarra, sumergido en una melopea verbal, recuerda a viejos compinches como Art Tatum o Lester Gordon, acosa a la enfermera que lo cuida... Un animal herido aferrado a su apetito genésico como salvoconducto ante la muerte. Un cuarteto interpreta en directo temas de Mingus, y a veces tapa las voces de los intérpretes, que se hacen oír con un aparatoso micrófono inalámbrico. El texto de Cormann, reiterativo, tintineante de desgarrados abalorios poéticos, se hace largo como una agonía; la de Mingus mismamente. En la Sala Triángulo proponen un menú liviano. Humor crónico se llama y lo sirve el grupo Uno y Tos, que revisita la risa inmediata del slapstick y se recrea en juegos verbales. Un guiso agradable con aliño de ingenio, en el que, entre otros números, un tipo que quiere asesinar, aunque ni sabe si tiene valor para ello, realiza una divertida paráfrasis de los versos de santa Teresa: El cielo no quiso darme el don del asesinato, vivo sin vivir en mí y muero porque no mato