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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO residentes se congregan en la plaza de la urbanización para ir todos juntos a ARREA, y luego, también todos juntos, pasan la tarde en el Centro Comercial La Pera que, según mis informes, ni usted ni su mujer, lamentablemente, conocen. ¿Es que tengo que avergonzarme por ello? -No sea tan orgulloso, señor Aguado, yo sólo trato de ayudarle para que, en un futuro no muy lejano, pueda formar parte de nuestra urbanización, aunque en verdad tendrá que esforzarse mucho porque usted y su mujer son muy raros, señor Aguado: ni siquiera tienen un 4 X 4. ¿Y para qué queremos un 4 X 4 si sólo tenemos un hijo? -Señor Aguado: el noventa por ciento de nuestros residentes tienen un solo hijo, y el resto dos como máximo, pero en ninguna casa falta un 4 x 4. ¿Y a mí que me cuenta? Supongo que irán mucho al campo, porque aquí, lo que se dice campo, no hay. ¿Al campo? ¿Es que quiere usted ofender la dignidad de nuestros ilustres vecinos recordándoles sus ancestros agrarios? -Oiga, oiga, que yo también soy de pueblo y bien orgulloso que estoy de serlo. -No es igual: usted no comulga con los preceptos que rigen la existencia de nuestros residentes, para los que el 4 X 4 es una de de sus señas más preclaras y más elegantes de identidad, señor Aguado. -Mire usted, no sé si el 4 X 4 será preclaro o no, pero de elegante no tiene nada ¿O es que hay algo más ordinario que ver subir a las mujeres, sobre todo a las bajitas, a un 4 X 4? ¡Por favor! ¡si dan ganas de empujarlas el culo para que lleguen de una vez al asiento! -Ay, señor Aguado, qué difícil me está poniendo usted las cosas, ¿por qué no intenta mirar la vida desde nuestro prisma? Ya le dicho que todos nuestros residentes están siempre muy ocupados, y el subirse al 4 X 4 es una buena forma de hacer ejercicio para nuestras señoras que no tienen tiempo para ir al gimnasio... Y hablando de señoras: su esposa necesita un programa intensivo de adecuación al medio de Urbanización Villa Lo Más, señor Aguado, su comportamiento es verdaderamente inadmisible. -No me diga. ¿A quién se le ocurre decir, como ella dijo cuando les enseñé una de las viviendas en venta, que qué bien que el salón tuviera una estantería pladur tan grande porque así podría colocar todos los libros? ¡Hasta los niños de pecho saben que las estanterías pladur sirven para poner las pastorcillas y los caballeros galantes de Lladró, señor Aguado! ¿Y los libros? ¡Parece mentira que sea tan inculto, señor Aguado! ¿Para qué está el trastero? ¿eh? ¿Y todavía se ríe? ¿Pero cómo se atreve a reírse cuando he tenido tanta paciencia con usted? ¡Pues a la mierda la paciencia, gilipollas, que eres un gilipollas! ¡Y además de un gilipollas un hipócrita y un traidor! ¡Anda que si no estuvieras forrado iba a haber perdido mi precioso tiempo contigo! ¿Sabes lo que peor me ha sentado de todo, a mí y a la dirección en pleno de Urbanización Villa Lo Más, bastardo? ¡Tus generosas ayudas a los pobres habiendo tanta necesidad como hay entre los nuestros! ¡Si supieras los sacrificios que hacen diariamente estos héroes anónimos! ¡Su economía staliniana en sus compras en el Día, sus pingües cenas y comidas de hamburguesas y pizzas congeladas, a lo más una manzana como postre! ¡Toda privación les parece poca con tal de poder pagar su chalé adosado en Urbanización Villa Lo Más y su 4 X 4! ¡Y eso por no hablar del mal rato que pasan nuestras féminas cada vez que una fémina de su trabajo estrena un vestido, un reloj o unos zapatos, o simplemente luce su escote en verano! ¡Y pensar que todavía hay quien censura que estas mártires saquen tiempo del poquísimo tiempo libre del que disponen para criticar a sus compañeras! ¿qué otro consuelo les queda a estas infelices, a estas abnegadas matronas, a estos pendones de nuestra causa, que practicar la inocente distracción de inventarse que Futana se ha puesto pechos, o despellejar a Mengana porque se ha liado con un magrebí, o comentar entre ellas la falda tan fea de Perengana? ¡Bastante tienen con mantener el tipo sabiendo como saben que sólo están ahí por enchufe! ¡Pobrecitas mías! ¡Con qué temple, con que gallardía soportan su cruz! ¡Y luego dicen de Jesucristo! ¡Todos estos hombres y mujeres, y no esa chusma indigente de la que habla el Nuevo Testamento, son los que merecerían estar en los altares! ¡De hecho, ya hemos enviado nuestra solicitud al Vaticano y... ¡señor Aguado! ¡señor Aguado! Vista del Partenón, en la Acrópolis ateniense AP La ciudad trágica El destino de Atenas es trágico, haciendo honor al sublime género que inventó. Luz de nuestra civilización, como aún hoy se dice, almacén de antigüedades en la dominación romana, aldea llena de bellísimos escombros desde entonces, pero adoptando formas nuevas en las que ocultar su belleza, como cuando los catalanes hicieron del Partenón la Seo dedicada a la Virgen María, mucho antes de que terminara usándose para usos más infames hasta llegar al espacio vacío y admirado que es hoy. Atenas es como Roma, salvo que con un destino más juvenil, más poético. Por eso tiene poco que enseñar salvo el aire y su color, que es el mismo que respiró Sócrates cuando buscaba un plátano de sombra donde cantaban las cigarras. Por eso tiene tanta importancia que recordemos aquí la única novela que escribió el poeta Yorgos Seferis, laureado con el Nobel en 1968, Seis noches en la Acrópolis porque en ella Atenas da cuenta de su trágico destino como ciudad moderna. Seferis era de Esmirna y en esta novela se asiste al trauma histórico de la pérdida en 1922 del Asia Menor, después de tres mil años de continuado helenismo. Seferis, que soñó un día con Ramón Gómez de la Serna montado a lomos de un elefante, canta un helenismo irrecuperable, nada nostálgico, y muy alejado de la que se presentaba a los turistas por aquel entonces, no digamos el de hoy. Seferis asistió, junto a unos jóvenes Henry Miller y Lawrence Durrell, al grito de Katsimbalis en la Acrópolis, que hacía que cantaran al unísono los gallos del Ática, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial y de que la esvástica ondeara encima del teatro de Dionisos. Demasiada simbología para una ciudad que, a duras penas, ha salido de un largo letargo que el turismo no ha ayudado a disipar. En el libro de Seferis, Atenas adopta aires de laberinto surreal, de pesadilla digna de ser cantada por Dante. Sólo por esto, por otorgarnos el don de describir una ciudad tan alejada de su tópico turístico, merece la pena ligar el nombre de Seferis al de Atenas, y ello si logramos hacer caso omiso de su poesía, que es grande y difícil. Como la ciudad que amó.