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4 Opinión MIÉRCOLES 16 8 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil CHINA, LOS SIMPSON Y LA AMENAZA AMARILLA NTES fueron las restricciones en el uso de internet y ahora la prohibición para la difusión a determinadas horas de las series extranjeras de dibujos animados. Con mucha frecuencia se producen restricciones a la libertad religiosa y, por supuesto, cualquier atisbo de oposición política está rigurosamente proscrito. El caso es que China no supera los vestigios del sistema autoritario, aunque hace ya tiempo que el maoísmo, como versión autóctona del comunismo, se ha convertido en una reliquia histórica. También en Occidente. Las autoridades de Pekín optan por un modelo de desarrollo económico sin libertades políticas que genera un notable crecimiento y el surgimiento de clases medias dispuestas a consumir productos de primer nivel. China es el Estado más poblado del mundo, con unas posibilidades espectaculares de crecimiento. Sin embargo, las autoridades deben entender que la economía capitalista, fuente de prosperidad, no surge en un contexto donde se persiguen las libertades públicas y la autonomía individual. La sociedad abierta es un todo indivisible, aunque los herederos del dogmatismo comunista pretendan establecer caminos diferentes para la política y la economía. Es probable, no obstante, que la presión de las nuevas clases exija a medio plazo la apertura de un régimen prisionero todavía de las querencias del pasado. Las trabas impuestas a la libertad de expresión no deben pasar inadvertidas para el mundo occidental, aunque gobiernos y empresas prefieren a veces mirar para otro lado con tal de no perder los buenos negocios que ofrece el gran país asiático. El régimen de Pekín mantiene una postura estrictamente nacionalista en cuestiones de política exterior, tales como Taiwán o el Tíbet, y procura torpedear en los foros internacionales a Japón, su enemigo tradicional. La doctrina oficial es el llamado ascenso pacífico según la cual China pretende comportarse como una potencia solidaria y cooperativa. En la práctica, estas buenas palabras no van acompañadas de realidades tangibles. Ahora resulta que los niños de aquel país- -cerca de 250 millones- -no podrán contemplar en las pantallas de televisión al ratón Mickey o a la familia Simpson en horas de máxima audiencia con el objetivo de apoyar la producción interna de dibujos animados. Aunque parezca un asunto estrictamente cultural, resulta muy significativo de la forma de actuar de unos gobernantes que hasta hace poco, por ejemplo, negaban la existencia de casos de gripe aviar y ahora resulta que reconocen- -con un mes de retraso- -la existencia de una nueva víctima humana, por no hablar de las dificultades que en su día se pusieron a la OMS para detectar la epizootia. China es sin duda pieza clave para el futuro de este siglo. De ahí que Occidente no pueda ni deba pasar por alto las medidas restrictivas contra la libertad con la única pretensión de hacer buenos negocios a corto plazo. En este caso los Simpson no son, precisamente, la amenaza amarilla. A ESPAÑA EN EL LÍBANO E SPAÑA debe estar en el Líbano, pero no de cualquier manera. Enviar allí 700 soldados supone participar en una operación internacional de alto riesgo y dentro de un conflicto que no ha terminado todavía. De hecho, los 15.000 cascos azules que serán desplegados en la frontera sur se situarán en el ojo mismo del huracán, de modo que los peligros que asumen nuestros militares son evidentes. La resolución 1.701 es una oportunidad para la paz, pero no es la paz. La tensión entre los contendientes no se ha relajado y hay demasiadas excusas en el ambiente para que se pueda romper el alto el fuego en cualquier momento. Es cierto que los bombardeos cruzados entre Israel y las milicias terroristas de Hizbolá han cesado, pero no lo es menos que las armas siguen expectantes ante cómo evolucionarán los acontecimientos. Sobre todo si Siria e Irán, sobre quienes pesa la acusación de manejar a distancia a los milicianos, insisten en sembrar cizaña. Por eso, España debe abordar su participación en el contingente dotando a la decisión de la oportuna formalidad, sin que se hurte a la opinión pública la radiografía precisa del conflicto en el que nos involucramos directamente y exponiendo con claridad cuáles son los riesgos a los que se van a exponer nuestros soldados. Nadie discute que España- -como parte activa que es dentro de la comunidad internacional- -debe contribuir a que fructifique la paz en el Líbano. Sin embargo, ha de hacerse de acuerdo con los compromisos asumidos por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, esto es, dando la cara ante el Pleno del Congreso de los Diputados. Nuestro país va a verse inmerso militarmente en una de las zonas más peligrosas del planeta. Lo que sucede en el Líbano no puede equipararse al Congo. No hablamos de garantizar un proceso de apertura democrática, sino de otra cosa. Estamos ante la verificación de un alto el fuego entre Israel y las milicias terroristas de Hizbolá. De ahí que no pueda despacharse el asunto por la puerta de atrás de una comisión parlamentaria ni, mucho menos, minimizando la peligrosidad del despliegue español en el Líbano. Ya pasó cuando se convalidó nuestra presencia militar en Afganistán y, desgraciadamente, los hechos han ido demostrando con muertos y heridos que las tropas allí enviadas no están desarrollando labores humanitarias, sino combatiendo a los talibanes, conmilitones ideológicos de los milicianos que operan en suelo libanés. Anteayer, sin ir más lejos, un nuevo ataque causó varios heridos leves entre nuestros soldados desplegados en suelo afgano. A lo que hay que añadir que, después de un año, siguen sin aclararse las dudas que pesan sobre las causas de la muerte de diecisiete militares españoles en la tragedia del Cougar. Ya es hora de que el Gobierno deje atrás los complejos de la izquierda antimilitarista en la que se educaron la mayoría de sus miembros y se muestre a la altura de la responsabilidad que la comunidad internacional quiere poner en sus manos. Parece que el Gobierno está tratando de evitar un debate de fondo, en el que, como ocurriera en el asunto de Afganistán, el PP se consolide como su principal soporte. La comisión parlamentaria tiene, inevitablemente, menos presencia mediática que el Pleno de las Cortes y permite que la coincidencia con los populares sea más discreta Rodríguez Zapatero tiene que asumir que gobierna una sociedad abierta y no puede desperdiciar esta oportunidad de restablecer parte del crédito internacional perdido desde su precipitada salida de Irak. Para ello debe comprometerse ahora con la consecución de la paz en el Líbano, aunque sin renunciar a que los ciudadanos sepan la verdad de lo que allí se ventila y los riesgos que por eso asumen nuestros soldados. Así se hace posible la paz: sin avergonzarse ante ella y mirándola de frente con la responsabilidad de quien toma decisiones sin renunciar a la censura, si procediera, de sus ciudadanos. RESISTENTE ECONOMÍA N el segundo trimestre del año, la economía española registró un crecimiento del 3,6 por ciento en tasa interanual (0,9 por ciento intertrimestral) según el avance facilitado por el INE. El dato es coherente con las estimaciones del Banco de España y supone el crecimiento más vigoroso de la década, una décima por encima del trimestre anterior. La composición de esa subida presenta un perfil más favorable que el anterior, con moderación de la demanda interna, compensada con el aumento de las exportaciones. Se confirman las expectativas más favorables y un sesgo saludable hacia la moderación del consumo interno y una cierta corrección del desequilibrio exterior. Los datos españoles coinciden en el tiempo con los correspondientes a Alemania, que por primera vez en la década muestra una incipiente recuperación, con una tasa interanual de crecimiento para el trimestre del 2,4 por ciento y, lo que es mejor, del 0,9 por ciento en términos intertrimestrales. Esta recuperación se debe a una mayor demanda interna, lo cual es una buena noticia para los exportadores españoles. Los datos de la zona euro para el segundo trimestre también muestran una tendencia favorable hacia una recuperación económica de la zona. Recientemente el Gobierno español rectificó sus previsiones económicas y elevó una décima las expectativas de crecimiento para este año, que puede concluir en términos semejantes o ligeramente mejor que los anteriores. Son buenas E noticias que revelan una trama económica y empresarial sólida y con mejor capacidad de adaptación. Las cuentas públicas se benefician de esa situación con una mejora de los ingresos presupuestarios que mitigan la propensión al gasto público y permiten el actual equilibrio presupuestario. Estos datos no deben concluir en conformismo, ni alentar la indiferencia por el futuro. La economía española tiene problemas que están diagnosticados y que pasarán una factura cuando cambie la tendencia del actual crecimiento sostenido. El primero de ellos es la inflación, traducida en pérdida constante de competitividad. No es un problema que se vaya a resolver por sí mismo o por inspiración externa; requiere un conjunto de medidas políticas para las que hace falta coraje, además de ideas claras. Precisamente es en las etapas de crecimiento cuando esas medidas pueden ponerse en práctica con menos costes y sacrificios. Y es evidente que la economía española mejora con la competencia y la libertad. El catálogo de decisiones y necesidades es conocido y está suficientemente debatido. Este Gobierno no ha malgastado la herencia recibida, pero no ha sido pródigo a la hora de añadir potencialidades que amplíen el horizonte de las expectativas a las que puede aspirar la sociedad española. El viento que viene de Europa es alentador, la fatiga del consumo local, especialmente en el sector inmobiliario, puede ser compensada en parte por la demanda de una Europa con mayor crecimiento.