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ABC MARTES 15 8 2006 47 FIRMAS EN ABC ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS JONDO Una voz que nace de lo más hondo del sentimiento amoroso o de la protesta o del drama personal, a veces airada, siempre eficaz y estremecedora en sus soleares, en sus tientos, en sus seguirillas, en sus martinetes... E N olvidados cajones de mi casa veraniega me he topado con una nada desdeñable colección de viejas grabaciones en audiocintas, tan obsoletas ya, en las que estoy escuchando, con cierta fruición melancólica, un variopinto conjunto de canciones populares de los sesenta y setenta, y ver- sos de Benedetti, Blas de Otero, Gerardo Diego o León Felipe, que se grabaron en aquellos tiempos, idos para siempre ¡ay! pero que nos ofrecen vestigios de lo que vivimos y gozamos. También se entremezclan canciones irónicas o protestatarias de Nacha Guevara y de Raimon junto a fragmentos de ópera y conciertos y sinfonías de diverso calado sentimental, conversaciones tiernas e inconexas con mis hijos y los amigos de mis hijos, cuan- MANUEL VILLAR ARGAIZ PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA EL LEGADO DE FÉLIX RODRÍGUEZ DE LA FUENTE C ON un Queridos amigos de la Fauna Ibérica Félix Rodríguez de la Fuente lograba sentar delante del televisor a millones de españoles. Fue uno de los personajes más emblemáticos de una España maltrecha que, a pesar de todo, mantenía los ecosistemas naturales mejor conservados de Europa. No sólo fue un enamorado de la Naturaleza sino que desde muy pequeño sintió la necesidad de comunicar y transmitir esa pasión al resto de personas. Fue así el ecologista más auténtico, su palabra llegaba a todos y, a pesar de su fama, disfrutaba del contacto con los niños sabedor de que el futuro pasaba por la concienciación de las nuevas generaciones. Grandes naturalistas, guardas forestales o biólogos, entre estos últimos me incluyo, deben su temprana vocación a su figura. Por encima de sus más de 500 programas de televisión, innumerables participaciones en radio o sus ambiciosas enciclopedias, su extraordinario mérito residió en que sus ideas fueron revolucionarias y extraordinariamente modernas. Contracorriente y en una época en que muchas de las especies de nuestra fauna eran catalogadas como alimañas, nos mostró y convenció acerca de la importancia de su conservación como el tesoro más valioso para futuras generaciones. Palabras que Nadie como él comprendió que en la Biosfera todo se encuentra conectado, que ningún ecosistema es lo suficientemente remoto para escapar al impacto del resto de especies en boca de cualquier otro hubieran sido banales y en ocasiones hasta horteras, en Félix Rodríguez de la Fuente eran evocadoras, comprometidas y sobre todo apasionadas. Pero además, fue el naturalista más humanista. En su irrepetible serie El hombre y la Tierra otorgaba al hombre un papel primordial en el ciclo natural. Nadie como él comprendió que en la Biosfera todo se encuentra conectado, que ningún ecosistema es lo suficientemente remoto para escapar al impacto del resto de especies y de ahí que su amor a la Naturaleza no excluyese a su especie más evolucionada. Veinticinco años después de su fallecimiento, España, nuestra Naturaleza, sigue en deuda con Félix Rodríguez de la Fuente. En París un gran museo reconoce la labor de divulgación y defensa a ultranza de mares y océanos llevada a cabo por Jaques Cousteau. En España y para Félix Rodríguez de la Fuente, con un par de calles o a lo sumo un busto en el zoológico de Madrid y alguna fundación, como se dice vulgarmente ¡va que arde! Todos los que tuvimos la fortuna de compartir un mismo tiempo con él tenemos la obligación moral de reclamar un verdadero museo o centro natural a la altura de su figura. En Madrid él vivió y trabajo intensamente, pero sus filmaciones se extendieron por toda la Península Ibérica siendo pocos los lugares de interés ecológico que no quedaron registrados por las cámaras de su equipo. Por ejemplo, el parque natural de Cazorla, Segura y las Villas, el mayor del país, fue escenario de algunas de sus filmaciones más sobresalientes: los paisajes calizos, el celo de la cabra montés o la berrea del embalse del Tranco. Andalucía, quizás a través de su consejería de Medio Ambiente, tiene la oportunidad única de recoger un testigo que parece haber quedado en el olvido por las administraciones centrales. La creación de un gran Museo en este espacio natural sería un proyecto ilusionante que, no sólo completaría la oferta turística de una región de paisajes agrestes y naturaleza exuberante, sino que con seguridad se convertiría en uno de los centros más visitados de nuestra geografía. Félix Rodríguez de la Fuente, el amigo de los animales, dejó de ser hombre para convertirse en leyenda y aunque su recuerdo es imperecedero en la mente de los que lo conocimos a través de la pequeña pantalla, las generaciones presentes y futuras merecen acercarse a lo que significa el legado de un naturalista irrepetible. do tenían ocho, diez, doce años, y hacíamos excursiones automovilísticas, conversaciones con fondo de ruidos de motores, de ladridos, de música de los Beatles o de los Luthiers, sus preferidos en aquellos días de luz y paisajes. Pero lo que más hondo me ha llegado, lo que ha despertado fibras de mi corazón que creía dormidas sine díe, o tal vez para siempre, ha sido el hallazgo de varias cintas de flamenco, cante jondo de verdad, sin mistificaciones ni arreglos, desnudo de tecnología y de megáfonos, en las que solamente la voz y la guitarra, en dueto sin par, son protagonistas. La voz honda, bronca, poderosa, de José Menese, cantaor de raza, con quien compartí veladas inolvidables en casa de unos amigos, allá por años setenta y uno o setenta y dos, en Tenerife, y las prodigiosas guitarras de Melchor de Marchena o de Enrique de Melchor, su hijo. Una voz que nace de lo más hondo del sentimiento amoroso o de la protesta o del drama personal, a veces airada, siempre eficaz y estremecedora en sus soleares, en sus tientos, en sus seguirillas, en sus martinetes, junto a una guitarra que gime, que grita, que ríe o que llora, en perfecta simbiosis con la voz, que se estremece de su propio alto y profundo sentir y nos contagia sus vibraciones y despierta, como cantaba Alberti, ese toro metido en la sangre que tiene mi gente Anoche, mientras escuchaba un programa radiofónico, alguien de cuyo nombre no puedo, ni quiero, acordarme, hizo una profesión de fe en el flamenco pero, válgame el cielo, qué guitarra prosaica y descafeinada acompañó una voz sin temple y sin jondura una voz sin matices ni inflexiones, una voz anodina y plana que te anulaba el sentimiento y te irritaba con su mediocridad. Soy andaluza, sí, de pura cepa, por los cuatro costados, abuelos y bisabuelos cordobeses y jaeneros, y en mi tierra escuché desde niña, las voces de don Antonio Chacón, Antonio Mairena, Pepe Marchena, la Niña de los Peines y la de la Puebla, o Pericón de Cádiz. Sus voces y el fervor o emoción que levantaban permanecían, como he dicho, olvidadas en el desván, tan poco visitado, de los recuerdos infantiles y adolescentes. Y esta otra voz de José Menese, ya de mi plenitud adulta, ha venido de nuevo a mis oídos y a mi corazón inesperadamente, en un momento de mi vida en que las emociones recuperadas se vuelven más intensas y consoladoras, hasta, diría yo, mejor comprendidas y mejor juzgadas. Y vuelvo a utilizar versos albertianos, versos que saludaron a Menese, cuando grabó su primer disco, y que describen mucho mejor de lo que yo intento hacerlo, mi propio sentimiento: Tan solo penando sin saber que un día una voz que me viene de lejos me consolaría