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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO sangrantes y las carreteras vacías. Parecía que algo estaba suspendido en la distancia color sepia, algo como un subtítulo que mis ojos no alcanzaban a leer. Siguiendo pues los consejos de mi infortunado amigo, alquilé una habitación en el Stardust Motel, cerca de la confluencia entre Central Avenue y Broadway. Sobre la cama de agua, iluminada por los neones del vecino dinner conté y reconté cien veces el dinero contenido en aquel sobre. Ya, aquel primer día, empezaron a rondarme ideas raras. Había en el sobre veinte billetes de cien dólares y una estampa de un santo mejicano: el señor de Rauel, puesta allí quién sabe por qué extraña razón, quizás para proteger el dinero de malos pensamientos. No supe bien qué hacer. En el piso de abajo residía un jugador profesional de billar: salía, siempre, a eso de las siete, bien aseado y con su funda alargada, rumbo a alguna de las salas del centro. Al final del pasillo, vivía una familia de jornaleros, y en el rellano, una vidente vieja y gritadora que recibía en su cuarto a las clientas, casi todas, indias y chicanas. El primer día conduje hasta el agotamiento, en busca de personas, casi todas ya difuntas, que hubiesen conocido a mi cliente, hasta que, al final, localicé, sin muchas dificultades a Violeta, la hija natural del emplazado. Violeta no era una princesa inca, sino una mujer ya entrada en años que regentaba una freiduría cerca de downtown. El segundo día, un dealer de coches que la conocía bien, accedió a presentarme a la heredera. Supongo que me hice pasar por viajante de comercio, tratante de ganado, vendedor de piezas de tractor, ya ni lo recuerdo. Violeta me estrechó las manos con suspicacia mal disimulada. Al tercer día, sentado sobre un banco frente al parque de Morningside, empecé a pensar en escapar. Me dije, podría quedarme con el dinero y no regresar nunca Mi cliente- -que no era tan buen amigo como he asegurado- -moriría pronto y su herencia era un manjar apetecible para alguien como yo. Me dije una y mil veces que ya nada me esperaba en las calles de Phoenix. Tenía la extraña sensación de haber penetrado en las antesalas del infierno. Casi me gustaba aquel vértigo impúdico. Llovía torrencialmente y soplaba aullador el viento de la frontera. El patrón del motel, un indio muy severo llamado Mr. Patul, me dijo en un inglés práctica- mente ininteligible que, en aquella época del año, se multiplicaban los delitos de sangre en la ciudad de Burque. Quizás fuese el aire picante, pensé, quizás las lluvias furiosas. Yo no me sentía bien. Me sentaba durante horas en la freiduría, contemplando como Violeta fregaba los fogones, sin acertar a comunicarle mi mensaje, sin acertar tampoco a escapar. Dormía durante el día y al atardecer iba a escuchar corridos a una sala de fiestas de la calle Menaul. Violeta había heredado la pesada figura de su padre y una especie de perversa blandura que imaginé provenía de su madre. El decimoquinto día, la llevé a cenar al dinner de la esquina. El vigésimo día la besé en la boca delante de su casa. El trigésimo día, ya había decidido que tenía que matarla. S in embargo, en la larga noche de agosto, dejando sobre la mesilla el resobado ejemplar de News of the world una rémora de vergüenza y quizás un regusto de miedo, me hicieron marcar el número de mi cliente y amigo. Aunque era de madrugada, me contestó enseguida, al segundo timbre, con una voz tensada por los dolores del cáncer que lo mantenía en vela. Aún estás a tiempo, -me dijo- escapa, no dejes que al ciudad te atrape. Huye pronto. Envía los documentos por correo a nombre de mi hija. Pero tú, coge la carretera, sin mirar atrás. Si por desgracia, te vuelves y ves los ojos de Albuquerque que te alcanza en forma de torbellino negro y omen negro, estarás perdido Así fue como conseguí huir de la ciudad de Burque en mi Chevy alquilado, atravesando las llanuras anaranjadas y los polvazares azules. Mi cliente quedó complacido cuando me supo a salvo en Phoenix. A él, le quedaban pocos meses. Yo, por mi parte, tenía el convencimiento de haber cumplido con mi deber, de no haber sucumbido a la deshonestidad ni a la codicia. Nunca le conté que había enterrado lo que quedaba del cadáver en una de las mesetas que rodean Gallup ni que los perros de la reserva me habían perseguido. Aquella noche, recé un padrenuestro y tuve la impresión de que el cielo al fin me sonreía. Una de las manos de la mujer se transparentaba bajo la tierra como si fuese luz. Su padre murió poco después. La Fuente del Pretorio es una de las joyas de Palermo ABC La ciudad del secreto Palermo es una ciudad donde viven algunos puñados de aristócratas y centenares de miles de sirvientes. La definición, de Leonardo Sciascia, sobre una ciudad que sobrevive casi intacta desde los tiempos en que normandos y árabes se la disputaban, no deja lugar a dudas en cuanto a lo que puede esperarse de ella, de su fascinación y de su irredimible realidad, como una metáfora de toda Sicilia. Y, aunque es verdad que, antes de Sciascia, el mundo encontró la imagen que quería de la isla y de la capital, y que luego el cine llevó a su paroxismo popular con sus fascinantes Claudia Cardinale, Alain Delon y Burt Lancaster- -éste último en su increíble papel de Príncipe de Salina- no lo es menos que El Gatopardo no es tanto Palermo como Sicilia y que la ciudad es sólo para el Príncipe un lugar donde hay que estar. Pero en Sciascia Palermo vive ya no como centro de una isla que a veces le da por tener sueños evanescentes de independencia, sino que la ciudad posee un alma que la hace única. El secreto es su modo de estar en el mundo y, por eso, conviene que volvamos a echar un vistazo a aquella novela de Sciascia, El Consejo de Egipto donde Fray Giuseppe Valla se inventa un códice árabe que tiraría por tierra el derecho ancestral de la vieja aristocracia rural a favor de la Corona, asentada en la muy lejana Nápoles. Aquí se encuentra el retrato definitivo de una Palermo que se dedica, por tejemanejes de abades y caballeros, a falsificar la historia. Pero, ¿cuándo no fue así? Cualquier historia es una falsificación, parece decirnos Sciascia, menos la anónima, forjada por el trabajo y el sufrimiento. Ahora, cuando esta ciudad se conoce por otros exotismos, cuando la Mafia se ha convertido en curiosidad casi turística, lo que es significativo, es cuando debemos recurrir a los retratos que de Palermo nos ha dejado este escritor siciliano, tan grande como Pirandello, su paisano, y que, como él, sabía que el hombre es un hilo frágil enredado en una trama de acero.