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15 8 06 FIRMAS RELATO Albuquerque negro POR BLANCA RIESTRA Doctora en Filología Hispánica por La Sorbona, debutó en la novela con Anatol y dos más Con La canción de las cerezas obtuvo el premio Ateneo Joven de Sevilla y con El sueño de Borges el Tigre Juan. Dirige el Instituto Cervantes de Albuquerque S i van a Albuquerque, estado de Nuevo Méjico, en temporada de monzones, es posible que se sientan aquejados por alguna dolencia de las llamadas del espíritu El territorio es irregular: montañoso por el norte, y, por el oeste, plano y desértico, con tres volcanes extintos. Siendo como es una encrucijada de carreteras, les recomiendo que se detengan allí al menos una noche. Bien es cierto que los amigos de la naturaleza debieran demorarse algún día más, pues es de rigor bañarse, al menos una vez en la vida, en el lago Conchití y ascender en un atardecer de martes hasta el pico Chupacabras, pero no mucho más. En cuanto a los amantes de lo oculto, también encontrarán cosas que observar en este destino inesperado. Yo mismo llegué a Burque un día de julio, por carretera, desde la vecina ciudad de Phoenix- -vecina aunque se encuentra a casi diez horas de distancia- Permitirán que me haga llamar Johnny Ramírez, aunque este no sea mi verdadero nombre. Sin embargo, no mentiré al decirles mi edad y profesión: tengo cuarenta y cinco años y soy abogado. En cuanto a mi aspecto, siempre he sido un hombre bien parecido a pesar de tener un defecto en un pie. Esta particularidad, que me incomodó mucho en mi juventud, ya no me perturba. legué, pues, a principios de julio a esta ciudad, con una pequeña maleta negra y, en el bolsillo, un sobre rígido con documentos y algo de dinero. Venía a cumplir el encargo de un amigo muy querido y excelente cliente cuyo nombre no mencionaré. A menudo he pensado que no es bueno poner por escrito acontecimientos extraordinarios, pero si, a pesar de todo, uno se ve tentado a hacerlo, más vale atenerse a lo general y evitar datos reales. Digamos, pues, que ese amigo, un hombre grueso y adinerado, que se enfrentaba a una enfermedad terminal, me envió en busca de su única hija, a quien no veía desde hacía más de veinte años, fruto de sus amores con una mujer de vida disoluta en la ciudad de Burque. Mi amigo me dio pobres indicaciones pero abundantes incentivos económicos. Además, pese a la prisa que hubiese aconsejado su estado, me recomendó, que lejos de precipitarme en mi empeño, fuese cauteloso, mezclándome con la población de la zona, célebre por su carácter remiso y poco dado a lo superfluo, hasta convertirme en uno de los suyos. Pero tampoco te demores demasiado me dijo. De los nuevomejicanos se ha dicho, que como los cangrejos, caminan hacia atrás: yo no sabría si rebatirlo o confirmarlo. Tan sólo sé que, en llegando a Albuquerque me pasmaron los anocheceres L Digamos, pues, que ese amigo, un hombre grueso y adinerado, que se enfrentaba a una enfermedad terminal, me envió en busca de su única hija. Había en el sobre veinte billetes de cien dólares y una estampa de un santo mejicano: el señor de Rauel, puesta allí quién sabe por qué extraña razón.