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ABC MARTES 15 8 2006 23 Las autoridades de Heathrow ordenan a las compañías que reduzcan sus vuelos un 30 por ciento Primeras fotos de Fidel Castro en la cama de un hospital con motivo de la visita de su amigo Hugo Chávez ABC acompañó ayer a los miles de desplazados que esperaban al cese de hostilidades para invadir las carreteras en una marcha triunfal camino del sur. Las banderas de Hizbolá tiñeron de amarillo un regreso festivo en torno a los carteles del héroe: Hasán Nasralah La marcha de la victoria al río Litani LAURA LÓPEZ CARO. ENVIADA ESPECIAL URI GROSSMAN Sargento mayor del Ejército israelí, caído la víspera del alto el fuego El niño de la última sílaba J. C. MEVASSERET ZIOM. Nada más nacer su hijo mayor, el brillante novelista israelí David Grossman comenzó a escribir cuentos para niños. Uno de ellos siempre ha destacado por encima de los demás: El lenguaje especial de Uri Grossman nos cuenta en este libro cómo un niño de dos años, Uri, sólo usa la última sílaba de las palabras para comunicarse con su familia. Sus padres no pueden entenderlo pero Yonatan, su hermano mayor de 5 años, que es capaz de comprender el lenguaje de los bebés y de los adultos, le hace de traductor, Uri y Yonatan, los dos protagonistas de la historia, son dos de los hijos de David Grossman. Yonatan, el mayor, estaba el domingo de vacaciones en Colombia. Uri, el niño de la última sílaba, sargento mayor del Ejército, comandante de un carro de combate, murió a sus 20 años, -cumplía 21 en dos semanas- -el pasado sábado, en el sur del Líbano, al atravesar un cohete de Hizbolá la carrocería del tanque. Uri estudió en la Escuela Experimental de Jerusalén y luego se incorporó al Ejército de Israel. Su servicio militar finalizaba en noviembre. Después viajaría por todo el mundo y a su vuelta estudiaría teatro. Tenía un gran talento para la interpretación, un maravilloso sentido del humor y un alma llena de vida y sensibilidad Con este comunicado se despidieron de Uri sus padres, David y Mijal, y sus hermanos Yonatan y Ruth. De Uri, el hijo de un padre que habló alto contra la etapa final de la guerra, el niño de la última sílaba. BEIRUT QASMIYE. Hace 33 días empezaron a huir porque estalló la guerra. Ayer, los libaneses del sur decidieron que había estallado la paz y, casi sin esperar a las ocho de la mañana a que se estrenara el alto el fuego, se lanzaron como una marea incontenible en una marcha victoriosa en dirección al río Litani. Al grito de ¡Ganamos! coches con el techo cargado de docenas de colchones de espuma de los que se reparten como ayuda humanitaria, coches con los maleteros desbordados de bultos atados con cordeles improvisados, coches con generadores oxidados, coches con niños con los ojos como platos que ven a su alrededor una espiral ingente de vehículos atascados, coches con jaulas de pájaros asfixiados por el humo denso, coches con viejos de mirada infinita perdida en el mar de este retorno atropellado, coches tirados en las cunetas con los radiadores reventados por cuatro horas de camino en primera, amagando y parando sin poder avanzar. Coches, coches, coches. Cada hora salían 1.100 coches sólo de Beirut- -según la ONU- -y todos enarbolaban festivos las banderas amarillas de Hizbolá, los carteles en el capó y en los cristales, todos del líder reverenciado, Hasán Nasralah- la victoria divina rezaba uno- -cuyo rostro de clérigo imperturbable parecía dirigir ayer con orgullo este desfile de vuelta a la tierra de proporciones bíblicas. No sé cómo está mi casa, creo que estará en pie... hemos estado acogidos con familiares en Beirut Mahdi, con el asiento de atrás a tope de hijos pequeños alucinados como si estuvieran en una feria, contesta excitado porque se acaba de encontrar con sus vecinos de Tiro dos filas de coches más allá. Han tardado dos horas y media en llegar a Sidón, un trayecto que en condiciones normales apenas lleva cuarenta minutos. Pero las carreteras están destrozadas por las bombas que muchos ven por primera vez y que aprovechan para fotografiar bajándose de los vehículos. Están tan enredados en el atasco y se muestran tan incapaces de ordenarse en el asfalto, que tienen apagado el motor. Atrapados en esta romería de locos, donde aturden los cláxones y suenan en las radios músicas revolucionarias que cantan las glorias del Partido de Dios, se oye el motor de un helicóptero casi encima. En los corros comentan despreocupados que Israel ha roto la tregua, que hay un muerto en la frontera. Uno se pregunta si nadie ha calculado la fragilidad del cese de hostilidades, si nadie ha valorado el riesgo de meterse en una trampa de coches como esta... tan apetecible para una masacre final. Por fortuna es un helicóptero sin la menor pinta de militar- ¿será la ONU? -y, con sus dos esposas y su jauría de niños, Ahmed bromea diciendo que si no llega hoy a Nabatiye, donde parece que no queda piedra sobre piedra, ya llegará en los próximos diez días A su lado, al volante de un camión, Nahim se ríe de su cargamento de patatas: son para los combatientes de Hizbolá El último obstáculo En el barrio de Al Gazani, a la salida de Sidón, uniformados palestinos reparten caramelos. El Ejército trata de ordenar el tráfico. La gente sacude los brazos saludando de pura euforia, se van a su casa y a lo peor ya no tienen casa. Unas planchas metálicas sobre el río Litani son el último obstáculo hacia su tierra, que espera todavía humeante y teñida de muerte. Setenta kilómetros en cinco horas, y llegan al Litani en marcha de victoria, de colchones y de banderas amarillas. Embriagados por su buena suerte y su alegría. Dando gracias a Hizbolá. Niños libaneses hacen signos de victoria mientras viajan hacia el sur del país de regreso a sus hogares AP