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ABC MARTES 15 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA NACIÓN SIN ESTADO E LA INTERNACIONAL EN EL MÓVIL de chatarra en alguna playa asiática. Son como lápidas resquebrajadas en un camposanto de símbolos históricos: el panteón de la derecha, para la economía planificada; el de la izquierda, el más tétrico, para la superioridad moral de la izquierda. En los años sesenta y setenta, algunos progres con ánimo de épater tenían en casa algún disco de canto gregoriano como para dar a entender que la estética- -incluso la de oscurantismo cristiano- -les seducía de vez en cuando más que la ideología. Entonces también sonaba mucho el Adagio de Albinoni. A inicios del siglo XXI, la oficialización del socialismo como status quo consiste en hacer sonar La Internacional cuando te llaman por el móvil. En todo eso cuentan bastante las modas y, sobre todo, el peso de los mimetismos. Es como el cabello corto o largo. Ahora triunfan las cabezas rapadas y las gafas de sol ameboides. En los inicios del cristianismo, Ambrosio tuvo que dictaminar que había que llevar el pelo más largo en invierno que en verano. Siempre hubo estafas y falsarios. Máximo el Cínico, obispo de Constantinopla, fue inicialmente muy criticado por sus largos rizos, aunque gustasen a las damas, hasta que se descubrió que llevaba una peluca. Es más o menos lo que ha ocurrido con Günter Grass. Otro paradigma cae hecho trizas, después de haberse creído ser el faro tutelar de toda una sociedad, el guardián de la memoria. Guardián tan solo de la memoria del prójimo. Hay quien descuelga por internet La Internacional para darla por el móvil y luego le sale del álbum de su memoria perdida un himno de las SS. No vayamos a echar las campanas al vuelo quienes siempre sentimos cierta prevención ante la tosca superioridad de Grass y además nunca conseguimos llegar al final de sus libros. Son cosas de la naturaleza humana, cepos de la Historia, fallas tectónicas de la moral, sombras de la finitud existencial. Siempre le quedaría a Günter Grass la ocurrencia de donar para una buena causa el dinero que lleva ganado con el premio Nobel. vpuig abc. es P RETENDER todavía la superioridad ética y la hiperlegitimidad histórica de la izquierda es como emperrarse en llevar uno de esos peluquines resecos y alicaídos que nos dejan al descubierto cuando sopla la tramontana. A quienes acataron en actitud de genuflexión y ánimo compungido las broncas que el escritor Günter Grass periódicamente formulaba como conciencia moral de Alemania les habrá caído muy mal que su predicador fuera antes miembro de las SS fundadas por el hitlerismo. De tanto tardar en reconocerlo, Günter Grass ha tenido tiempo para obtener el premio Nobel de Literatura. La Academia sueca, tan políticamente correcta, no hubiese concedido el Nobel a un ex miembro de las SS convertido en escritor de izquierda con aspecto de leñador airado y tan sobrado de autoridad moral que incluso le daba lecciones tremebundas al canciller Kohl, el artífice de la Alemania VALENTÍ unida. Por algo así no tuvo el Nobel el PUIG escritor Ernst Jünger, de mucha más grandeza y potencia literaria que Grass. En una mañana de inicios de agosto, en la sala de espera business del aeropuerto de Barcelona, sonó de repente un teléfono móvil con el lema sonoro de La Internacional Ya pocos viajeros, como no sean los sindicalistas clandestinos del aeropuerto de El Prat, identifican esa charanga proletaria, tan sólo oficial en remotos países con poblaciones sin riesgo de excesos de colesterol. Atendió al móvil su dueño, identificable como personalidad del PSOE felipista, de viaje tal vez entre dos conciliábulos globales sobre el futuro del socialismo en un mundo que ya no reconoce los compases de La Internacional a no ser que los tararee Madonna. Como de repente Günter Grass revela la fraudulencia y decrepitud de lo que quiso ser espíritu incorruptible del SPD, La Internacional usada para sintonía de móvil tiene algo de cementerio de buques desguazados, ingentes acumulaciones L verdadero problema territorial de España no es la hipotética ruptura de la nación, sino la manifiesta desarticulación progresiva del Estado. El Estado no sólo ya es residual en Cataluña, como sostiene Maragall, sino que se ha vuelto insignificante en España, licuado en un magma taifal de competencias autonómicas que sostienen una cierta apariencia de normalidad funcional cuando se trata de distribuir recursos- -bajo el mecanismo clientelar, eso sí, de un caciquismo de nuevo cuño- -o prestar servicios de rutina administrativa, pero que naufraga cuando toca enfrentarse a desafíos de verdadera envergadura crítica. Los incendios, la delincuencia organizada o las oleadas de inIGNACIO migrantes dejan patas CAMACHO arriba todo el enorme tinglado de las autonomías, que se ahoga en una abismal ineficacia, mientras el desamortizado aparato estatal, adelgazado hasta la escualidez, carece de la adecuada capacidad de respuesta porque ya es sólo el esqueleto de una organización desnutrida. El presidente Zapatero cree haber encontrado en el Ejército la panacea para recomponer la ficción de un suprapoder operativo ante las emergencias, sin darse cuenta de que con ello sólo viene a reconocer la desaparición efectiva de una estructura civil y política que pueda llamarse nacional con un mínimo de propiedad semántica. Recurre a la milicia porque es el único elemento de cohesión que el Estado conserva tras haber renunciado a cualquier clase de criterio homogéneo en la distribución de sus competencias. Lo demás es una mera carcasa vacía, una caja hueca que carece de cualquier noción de coherencia y de la imprescindible unidad que requiere la noción misma del poder. Los ministerios se han convertido en poco más que suntuosos gabinetes de estudios, cuyos titulares viven rodeados de una pompa de gran fuerza simbólica, pero en la práctica apenas si poseen autoridad para coordinar la jaula de grillos del entramado sectorial autonómico, reforzado en los nuevos estatutos por el concepto de la bilateralidad. Un ministro del Gobierno puede decir misa si le place, pero sus decisiones reales están en manos de los consejeros del ramo, dueños y señores de los recursos, del presupuesto y de las órdenes para gastarlo en según qué prioridades. El resultado es que algo tan simple como apagar unos fuegos o acoger a unos puñados de negritos hambrientos requiere poco menos que una resolución de la ONU. Hay que poner de acuerdo a una legión de concejales, consejeros, funcionarios regionales, consejos comarcales, organismos autónomos. Cuando las papas queman de verdad, como en Galicia, el presidente echa mano del Ejército para que obedezca de inmediato y se ponga manos a la obra. Pero no se puede militarizar una Administración dispersa que actúa con el impulso de una centrifugadora. Los nacionalistas, siempre tan miopes, se equivocan en su retórica de campanario: la verdadera nación sin Estado es España.