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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO es usted médico. Me vestí como pude. Abrí la puerta con cuidado y me asomé al pasillo. Fuera estaba el encargado del vagón, hablando con un hombre que no paraba de gesticular. -Perdone- -le dije a este último- si está usted buscando a su mujer, sepa que ya está bien. ¡Pero habráse visto cinismo mayor! -exclamó él. En ese momento, salió Verónica, cabizbaja, deshecha en llanto y cubriéndose la cara con las manos. Se fue corriendo hacia su cabina. El marido no sabía si salir detrás de ella o partirme antes la cara. Por suerte, el encargado lo contuvo y le pidió que fuera a atender a su mujer. -En cuanto a usted- -me dijo a mí- vergüenza debería darle. Aprovecharse así de la situación. Ande, váyase a la cama, que no quiero volver a verlo hasta que lleguemos a Madrid. Me encerré en la cabina abochornado y, a la vez, lleno de indignación, por no haber sido capaz de aclarar bien las cosas. Tenía miedo, además, de que el marido volviera, y permanecí al acecho durante un buen rato. Estaba a punto de dormirme, cuando oí que llamaban a la puerta. -Ábrame, por favor, soy yo, Verónica. -Váyase. Déjeme en paz- -le contesté con tono malhumorado. -Escuche. Tengo algo importante que decirle. Serán sólo unos segundos. Le espero en la plataforma, al final del vagón. había empezado a arrepentirme de no haber aceptado su teléfono. Esperé unos minutos, antes de irme a dormir. Cuando entré en la cabina, descubrí con asombro que ella estaba allí. Se había metido desnuda en mi cama y se hacía la dormida. ¿Qué podía hacer? ¿Montar un número? ¿Salir corriendo? ¡Qué demonios! -me dije- Si no lo hago, estaré lamentándolo toda la vida Así que comencé a acariciarla. Pero su piel estaba fría. Sobresaltado, la volví hacia mí. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba muerta y de que no era Verónica. Me parecía todo tan absurdo que pensé que se trataba de una pesadilla. De repente, sonaron unos golpes insistentes en la puerta. Eran el encargado y el marido de Verónica. ¿Qué le ha hecho usted a mi mujer? -comenzó a gritar éste cuando vio el cadáver atravesado en la cama. -No sé lo que ha pasado- -les informé- Esa mujer estaba muerta... La Biblioteca de Alejandría, en Egipto uando llegamos a Madrid, me estaban esperando varios agentes de la policía judicial. No hice ninguna escena ni formulé ninguna protesta. Lo único que quería era alejarme cuanto antes de ese maldito tren. Mientras subíamos por las escaleras mecánicas, giré ligeramente la cabeza para cerciorarme de que lo dejaba atrás. Y, en ese instante, la vi saliendo del vagón. Ahora, tenía el pelo negro, llevaba gafas y vestía un traje de chaqueta, pero era ella, estoy seguro. Era Verónica. Traté de decírselo a los agentes, pero no me hicieron caso, pues yo sólo era un perturbado. En el juicio, no les costó mucho declararme culpable. Los forenses señalaron, además, que habían encontrado restos de semen en el cuerpo de la víctima, y que, una vez hechas las pruebas oportunas, se comprobó que era mío De mi preservativo, más bien protesté yo) Desde entonces, no hago más que darle vueltas al asunto dentro de la celda. Lo que yo creo es que la supuesta Verónica, de estatura y complexión muy similares a las de la víctima, era, en realidad, la amante del marido de ésta y que ambos habían planeado asesinarla. Para ello, tan sólo necesitaron una peluca rubia, un buen testigo y un pardillo como yo que cargara con el crimen. Lo demás pueden deducirlo ustedes solos, si es que han leído con atención mi relato. AP C La ciudad sepultada Alejandría es una ciudad que no existe. Su leyenda, su mito, yace sepultado en el mar, y lo que se contempla hoy día es un amasijo de casas coloniales europeas en la Corniche venidas a menos, muy a menos, y una enorme profusión de casas a la usanza egipcia, aunque, eso sí, sin llegar al abigarramiento de las del Cairo, que son una alegoría en sí mismas. En esas mansiones donde se atisban adornos modernistas descoloridos, zaguanes habitados donde antes existían espacios diáfanos, vagaba mientras se dirigía a la oficina el mayor poeta moderno en lengua griega, Constantino Cavafis, capaz de crear, él solo, una leyenda más a la ciudad que recibió el nombre de un rey legendario, tanto que se ha convertido ya en algo irreal, como Heracles. Pero esa leyenda, que está asociada a la ciudad, es la del mismo Cavafis, que el europeo culto quiere ver como la primera experiencia oriental, exótica, a las puertas mismas de Grecia. Esa supuesta permisividad en las costumbres, que no era otra cosa que la sumisión del miserable ante aquel cargado de dinero y poder, fascinó a los viajeros europeos que por allí se acercaron en el XIX, como Flaubert, pero con Cavafis entramos ya en otro exotismo que posee el encanto del vicio más prohibido, el de los fumaderos clandestinos y una homosexualidad no confesada pero admitida de una manera u otra. Eso es lo que atrajo a escritores como E. M. Forster a aquella ciudad, donde se toparon con aquel hombre que hablaba en sus poemas de una civilización tan huidiza que sus restos sólo cabe encontrarlos hoy en las alcantarillas. y de una sensualidad que aquellos sentían de forma tiránica pero no se atrevían a confesárselo. Cavafis, en su secreta adicción y en los sobreentendidos, es Alejandría misma. Por eso, cuando años más tarde, otro inglés, Lawrence Durrell reinventó de nuevo la ciudad en aquella célebre tetralogía narrativa, no le cupo otro remedio que incluir la sombra de Cavafis, aun fuera bajo pseudónimo. Supremo homenaje a aquellos que por extraños vericuetos se funden con el alma de una ciudad. Quizá porque su carácter es capaz de fundirse con el paisaje. D udé mucho antes de salir. Por una parte, quería saber cómo se encontraba; por otra, no me apetecía volver a tropezarme con su marido. En cualquier caso, era mejor hablar con ella de una vez que tenerla rondando por la cabina. La encontré fumando un cigarrillo; aún tenía los ojos enrojecidos. -En primer lugar- -me dijo, con la voz quebrada- quiero pedirle perdón por todo lo que ha pasado. También me gustaría darle mi número de teléfono, por si quiere que nos veamos en Madrid, en mejores circunstancias. -Acepto sus disculpas y le agradezco que quiera darme su teléfono- -le repliqué yo- pero es mejor dejarlo así. Ahora, le ruego que se marche. La vi alejarse con gran alivio, pero también con una punzada en el pecho. Me habría sido muy difícil resistir la tentación de volver a acostarme con ella. De hecho, ya