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14 8 06 FIRMAS RELATO Un viaje muy agitado POR LUIS GARCÍA JAMBRINA Es autor de los libros de relatos Oposiciones a la Morgue y otros ajustes de cuentas (1995) y Muertos S. A. (2005) Recientemente, ha aparecido una selección de sus cuentos en Rumanía e despertaron unos golpes en la puerta de mi cabina. Al principio, pensé que era el encargado del vagón del tren- hotel, que venía a avisarme de que ya estábamos cerca de Madrid, pero, tras encender la luz, comprobé que aún faltaban varias horas. ¿Sí? -grité hacia fuera intrigado. Como nadie contestaba, me levanté de la cama y abrí lentamente la puerta. Delante del umbral no había nadie. Así que asomé la cabeza con precaución. Fue entonces cuando la vi. Estaba en el pasillo, tres cabinas más allá, acodada en el marco de una ventanilla y balanceándose sobre la punta de los pies. Vestía una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos muy ajustados. ¿Usted tampoco puede dormir? -me preguntó al tiempo que se giraba hacia mí. -Me pareció oír que llamaban a la puerta- -le expliqué yo, algo turbado. M -Es posible que haya sido yo sin querer. Hace un momento, cuando volvía del lavabo, un movimiento brusco del tren me hizo perder el equilibrio y debí de golpear contra su puerta. Créame que lo siento. -Por mí, no se preocupe. No estaba soñando nada importante- -le dije, para quitarle importancia al asunto y hacerme el simpático. -Me llamo Verónica- -se presentó, acercándose a mí. -Encantado. Yo soy Luis. ra rubia, con los ojos castaños y una de esas sonrisas francas y alegres que lo desarman a uno. Cuando la tuve cerca, noté que un escalofrío me recorría la espalda. Luego, tuve que agarrarme al marco de la puerta, para no caer. -Ya que lo he despertado- -me dijo- lo menos que puedo hacer es ofrecerle una copa. Voy a mi cabina a buscar una botella. E No fui capaz de decir que no. En realidad, no hubiera podido pronunciar palabra. Mientras esperaba, traté de adecentar un poco la cabina. Cuando estaba terminando de estirar la manta sobre la cama, llegó Verónica. Traía una botella de whisky bien mediada y unos vasos de plástico. -No vaya usted a creer que soy bebedora. Lo utilizo sólo como somnífero. Mientras llenaba los vasos, yo apenas me atrevía a moverme. Tenía miedo de que fuera un sueño y, en cualquier momento, pudiera despertarme. ¿Vive usted en Madrid? -me preguntó. -No, no. Vivo en Coruña. Voy a Madrid por razones de trabajo. De repente, el tren redujo la marcha y ella fue a caer sobre mí. Noté que la situación le divertía e, incluso, le agradaba. Debíamos de estar llegando a la estación de Ávila. Durante la parada, el alcohol hizo que fueran desapareciendo las inhibiciones. Cuando volvió a arrancar el tren, ya estábamos en la cama. -No olvide ponerse un preservativo- -me dijo con una voz apenas audible, como pidiendo disculpas. Estábamos fumando un cigarrillo, recostados sobre la almohada, cuando oímos voces al otro lado de la puerta. Eran dos hombres, y uno de ellos parecía muy alterado. -Es mi marido- -me susurró ella asustada. ¿Su marido? -Viajo con él. Se tomó la media botella de whisky que faltaba y pensé que no se despertaría. -Y ahora, ¿qué hacemos? -Tenemos que salir. Si no, es capaz de poner todo el tren patas arriba. Mejor, salga usted primero y dígale que me encontró llorando en el pasillo y que estaba intentando tranquilizarme. Él se lo creerá. De vez en cuando, me dan ataques de ansiedad. Dígale que Fue entonces cuando la vi. Estaba en el pasillo, tres cabinas más allá, acodada en el marco de una ventanilla y balanceándose sobre la punta de los pies. Estábamos fumando un cigarrillo, recostados sobre la almohada, cuando oímos voces al otro lado de la puerta. Eran dos hombres, y uno de ellos parecía muy alterado.