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8- 9 40 LOS VERANOS DE Playas de Tetuán Para quienes viajen en verano a la ciudad, no está de más recordar que a escasos kilómetros de la ciudad (Tetuán está tan sólo a 10 kilómetros de la costa) disponen de numerosas playas y de todo tipo de servicios. Las más cercanas son las de Martil, pero también pueden recomendarse las de Rincón de Mdiq y Cabo Negro. En toda la costa hacia Ceuta se suceden las playas. Son cómodas y el mar, muy tranquilo. ico España O cé an nt tlá oA Tánger Tetuan Fés Rabat MARRUECOS Islas Canarias Marraquech Agadir Zagora Argelia Sahara Occidental Mauritania Mali 0 Km 150 El ayuno durante el Ramadán se sigue cada vez más a rajatabla y el hiyab se impone como indumentaria entre las tetuaníes Aprovechando que tenía más tiempo y este estado de actividad amortiguada de sus gentes, que le daba a Tetuán un aire más sosegado que de costumbre, aproveché para conocer mejor la ciudad moderna, levantada con el afán rectilíneo y cuadriculado propio del urbanismo colonial. Calles paralelas, avenidas que sirven de eje y confluyen en plazas circulares y bien trazadas, como la antigua de Primo de Rivera, hoy de Mulay el Mehdi. En el llamado Ensanche Español de Tetuán trabajaron destacados arquitectos, que dejaron en sus calles una huella aún hoy bastante visible. Junto a la gracia de la estación ferroviaria, en un estilo historicista que fusiona la arquitectura tradicional marroquí con el gusto europeo, hay edificios más funcionales, como los de viviendas o dependencias oficiales. Pero hay una pretensión de armonía, como atestigua por ejemplo la homogeneidad de alturas, y una sucesión sugerente de estilos, desde el neoherreriano de los Pabellones Varela hasta el racionalismo tardío de la estación de autobuses o el edificio de La Equitativa. Pasear por esta parte de Tetuán viene a ser como retroceder a una ciudad andaluza de los años 40, y en algunas de sus confiterías aún perdura el mismo ambiente deliciosamente rancio. Otro de los alicientes de esta zona son las vistas, bien sea hacia la parte alta de la ciudad, bien hacia el impresionante macizo montañoso del Gorgues, que llena con su mole pétrea la perspectiva de muchas de las calles descendentes del Ensanche. cio real y el edificio de la antigua Alta Comisaría española. Desde allí se entra por la calle Tarafin, una de las más hermosas de la medina, no lejos de una de sus plazas más características, la de Souk (o Zoco) el Hut el Quedim. En esta zona suroriental de la medina, la más próxima al palacio, se hallan el barrio judío y el barrio aristocrático. Algo común en las medinas marroquíes: tanto los notables como los hebreos estaban cerca del poder, del que los unos eran auxiliares y los otros, protegidos. Más al oeste están los barrios más populares y una plaza que es el gran espacio de encuentro: Souk el Foki, cuya apertura contrasta vivamente con lo intrincado del resto de la medina. Aventurarse solo y sin guía por las callejas es una experiencia que no cabe recomendar a los timoratos. A medida que uno avanza va creciendo la sensación de desorientación, hasta llegar a un punto en que parece imposible encontrar sin ayuda el camino de salida. Después de tomar tres o cuatro callejones cegados, e ir a parar a portales oscuros e inquietantes, puede muy bien cundir el pánico. Pero la estructura de la medina, en apariencia caótica, obedece a unas leyes, y pronto, si el caminante pone atención, puede desvelarlas. La mejor ayuda es el desni- Calles vacías En Ramadán, a la caída de la tarde, las calles de Tetuán, como las de cualquier ciudad marroquí, se vacían rápidamente. La gente vuelve a casa para celebrar en familia la ruptura del ayuno, que tiene lugar tan pronto como se pone el sol. Para compensar la privación de toda la jornada, se prepara una sucesión de manjares que abre la harira, una recia sopa de legumbres y verdura que reconstituye al más alicaído. En esa hora algo fantasmagórica, encontré una buena oportunidad para redescubrir la medina. Para ello, desde la ciudad española, lo mejor es dirigirse a la más señorial de sus siete puertas, Bab Ruah (o la puerta de los vientos que se abre junto a la plaza Hassán, donde se encuentra también el pala- Paseando por la medina se pueden descubrir rincones asombrosos, que mantienen el encanto que apresara con sus pinceles el pintor español Mariano Bertuchi vel. Por mucho que uno se pierda, sabe que bajando acabará por llegar a la muralla. Cuando uno se da cuenta de eso, puede abandonarse al placer de callejear y al azar de los pasos. Así puede descubrir rincones asombrosos, que mantienen el encanto que apresara con sus pinceles el pintor español Mariano Bertuchi, gran retratista de Tetuán. Este tercer viaje, además de para proyectar una mirada más detenida y profunda sobre la ciudad, me serviría para constatar una realidad más bien amarga. En Tetuán hay un Instituto Cervantes y un colegio español, el Jacinto Benavente, que tratan de mantener viva allí la herencia española. También hay una universidad con una buena facultad de Filología Hispánica, y se proyecta construir una universidad hispanomarroquí. Pero todo esto no sirve para ocultar que el rastro de lo que un día fuimos allí los españoles se va debilitando poco a poco, y que los esfuerzos y los recursos invertidos parecen pocos para oponerse a la inercia con que se impone el olvido. Tetuán parece sumida en una decadencia somnolienta a la que sus antiguos conquistadores (y también artífices) son indiferentes. Los ilusos imaginamos otro mundo, en el que la dura frontera de la pobreza quede abolida y españoles y marroquíes podamos festejar juntos, desde la diferencia, la memoria común. ¿Llegaremos a verlo?