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14 8 06 RELATOS VIAJEROS Tetuán (y III) Días de Ramadán El rastro de lo que un día fuimos los españoles en Tetuán se debilita poco a poco; los esfuerzos y recursos invertidos parecen pocos para oponerse a la inercia con que impone el olvido POR LORENZO SILVA ESCRITOR FOTOS: LUIS DE VEGA partir de la tercera vez, uno siente que el lugar es algo suyo. Mi tercer y hasta la fecha último viaje a Tetuán tuvo lugar a finales de 2004, coincidiendo con el mes de Ramadán. Y esta circunstancia marcó en buena medida mi estancia allí, que fue por otra parte la más larga. En los siete años transcurridos desde 1997, fecha de mi primer encuentro con la ciudad, la realidad marroquí había ido evolucionando en múltiples aspectos. Al monarca entonces reinante, Hassán II, le había sucedido su hijo, Mohamed VI, que si bien en un principio pareció impulsar un proceso modernizador y de apertura, rehabilitando a los perseguidos políticos de la época más dura del reinado de su padre (los conocidos como años de plomo marcados por las torturas, ejecuciones extrajudiciales y cárceles secretas) con el transcurso del tiempo se instaló en una especie de plácido continuismo de los privilegios hereda- A dos (como su progenitor, siguió nombrando a los ministros clave, al margen de los resultados de las urnas) En cuanto a las contradicciones de la sociedad marroquí, dividida entre el embeleso ante la prosperidad europea, alimentado por las remesas de los emigrantes, y el peso de la tradición, representado por la pujanza de los partidos islamistas (que ganarían las elecciones si éstas fueran realmente libres) se veían agudizadas. Junto a un incipiente desarrollo económico, resultaba más que notorio el avance de las ideas integristas, y el mes de Ramadán era una buena ocasión para comprobarlo. Tradicionalmente, los marroquíes siempre fueron unos mu- sulmanes bastante laxos. No en vano vivían en el confín occidental del imperio, rasgo geográfico al que remite el nombre árabe del país, Maghrib al Aqsá. Sus prácticas religiosas, al amparo de la distancia, eran más descuidadas que las de sus hermanos de Oriente. En mis prime- ros viajes a Marruecos, pude ver que muchos marroquíes se tomaban con notable flexibilidad los mandatos coránicos, comenzando por la prohibición de beber alcohol, y que muchas mujeres se abstenían de cubrirse la cabeza o incluso vestían como cualquier occidental. Pero aquel Ramadán de 2004 observé que el ayuno se seguía a rajatabla, y que el hiyab era la norma indumentaria entre las tetuaníes que habían superado la pubertad, con contadas excepciones. Paranoia antimusulmana De todos modos, y más a la vista de la paranoia antimusulmana desatada en Occidente tras el 11- S, conviene situar el fenómeno en sus justos términos. La mayoría de los creyentes en Alá son tan rigurosos en la práctica de sus obligaciones religiosas como tolerantes y respetuosos con quienes no profesan su fe. Aun estando en Ramadán, los infieles teníamos, por ejemplo, donde poder almorzar en Tetuán. Yo lo hice en la Casa de España, un lugar donde el tiempo parece congelado en los años del Protectorado, y adonde van los pocos supervivientes de la colonia española de la ciudad. Sus camareros musulmanes servían las mesas con admirable estoicismo y sin que el ayuno mermara su amabilidad, aunque disminuyera sus energías. Un grupo de escolares, con Tetuán al fondo, durante los actos de recuerdo del primer aniversario del 11- M