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28 Internacional LUNES 14 8 2006 ABC Este año la producción de coca en Colombia subió un 8 por ciento y alcanzó un total de 86.000 hectáreas Sólo 34 funcionarios administran y dan buen uso a más de 40.000 bienes incautados a los delincuentes tan sólo estar en un lugar que fue de un capo de la droga. Sólo en Cali, por ejemplo, hay 2.000 inmuebles que pertenecieron a los narcotraficantes. Aunque hoy en día están en manos de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) los problemas superan la realidad. Apartamentos de 1.450 metros cuadrados que los arriendan a mil dólares porque nadie tiene la cantidad de muebles para llenarlos. O la réplica de la Casa Blanca que hoy día es un cascarón de cemento gris habitado por el estiércol de las vacas que pastan cerca al lugar. Una plaza de toros en la Hacienda Nápoles, propiedad de Pablo Escobar hasta su asesinato en 1993 ABC Lujo y decadencia En otras ciudades del país la situación es igual de absurda. La caballería Lady D, a las afueras de Bogotá, es una propiedad evaluada en dos millones de dólares qué perteneció a Elizabeth Montoya de Sarria, asesinada en 1997 por confesar que el Cartel de Cali le había entregado seis millones de dólares a la campaña del presidente Ernesto Samper (1990- 1994) La hacienda, con caballerizas privadas para 200 caballos, se la entregaron al Ejército. Y la casa, con vidrios blindados, mantiene intacto un estilo lleno de excesos: comedor para 24 personas, sala de juegos, ocho habitaciones con baños privados, saunas y jacuzzis, paredes forradas en seda y mesas de centro con esculturas de mármol. Será por eso que en las oficinas de la DNE en Bogotá la risa se ha convertido en la mejor forma de manejar frustraciones. Sólo hay 34 funcionarios para administrar y darle buen uso a más de 40.000 bienes, que van desde aviones donde iba la droga, barcos, dinero en efectivo escondido tras las paredes o bajo los colchones hasta lingotes de oro, precursores químicos para procesar la coca, hasta bultos de cebollas, joyas, billetes aéreos, objetos personales, obras de arte, porcelanas. Una vez detuvimos un camión cargado con una tonelada de papel higiénico. Bajo las cajas iba la coca. ¿Qué hacer con eso? Sigue en una bodega pudriéndose afirma el abogado de 35 años, Juan Camilo Guzmán, subdirector jurídico de la DNE. Esos bienes que tenemos son sólo el 20 por ciento de lo que, se calcula, tiene el narcotráfico en Colombia explica Guzmán. ¿Y entonces por qué trabaja en esto si el narcotráfico parece una empresa perdida? Por hacer patria todos los días. Porque creo que con un grano de arena se construye un océano Como todos los que trabajan en esta guerra: la fe mueve montañas. Y eso está moviendo a Colombia. Las cuatro de la mañana es la hora débil de los delincuentes. Por eso a los narcotraficantes los arrestan de madrugada. Los nuevos mafiosos colombianos son más desafiantes que los antiguos, forman grupos pequeños sin historial criminal ni lujos Las madrugadas de los narcos ALEJANDRA DE VENGOECHEA CORRESPONSAL BOGOTÁ. Quienes saben de flaquezas humanas dicen que las cuatro de la mañana es la hora débil de los delincuentes. Por eso a los narcotraficantes en Colombia los arrestan de madrugada. A esa hora lo olvidan todo. Un narcotraficante se vuelve frágil de madrugada explicaba uno de los comandantes de la Policía, antes de partir hacia un operativo que terminó con 30 personas capturadas acusadas de lavar 2,5 millones de dólares. De madrugada llegamos a la casa de Carlos Mario Gómez, un comerciante de 36 años. Lo acusaron de haber lavado 48.000 dólares y de ser uno de los herederos de los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, jefes del Cártel de Cali que, junto con el Cártel de Medellín, liderado por Pablo Escobar (asesinado en 1993) manejaron en los ochenta el 90 por ciento del mercado de la cocaína mundial. Gómez vivía en un condominio de sobrias casas en Cali, al sur oriente de Colombia. La fiscal encargada del caso, que tomó tres años en investigaciones, llamó al timbre primero, golpeó después, telefoneó para despertarlo de una vez y para siempre. La puerta se abrió. Gómez apareció en calzoncillos verde quirófano. No me esposen. Soy un hombre sereno masculló. La fiscal parecía aburrida. Un preso más en un negocio que no se detiene: este año la producción de coca en Colombia subió un ocho por ciento y llegó a un tope de 86.000 hectáreas, pese a la fumigación y la erradicación sin tregua. Sentado en su oficina de Bogotá, el director de inteligencia de la Policía, general Óscar Naranjo, dice que los nuevos mafiosos son más desafiantes que los antiguos: no son carteles, sino 180 baby- cartels con no más de quince personas, especializados en finanzas y en conquistar paraísos fiscales sin ser detectados, sin historial criminal, ni lujos. No tienen control territorial, se mueven por el mundo entero, son invisibles explica Naranjo. Como Carlos Mario Gómez, el hombre que aquella madrugada de mayo salió de una casa que por fuera no era nada y por dentro lo tenía todo. Las casas de la mafia ¿Dónde había quedado el carro de Al Capone que Pablo Escobar, en ese entonces el séptimo hombre más rico del mundo, había traído desde Chicago? ¿Y las casas con pistas de hielo, túneles de escape, vajillas en oro? Había que ir a la Hacienda Nápoles, a cuatro horas en coche de Bogotá. Desde que la compró, a finales de los setenta, Escobar construyó trece lagos artificiales, un hospital, casas para su millar de empleados, caballerizas, una pista para sus aviones, la plaza de toros, un casino, un parque con animales prehistóricos en hierro- -el Jurasic Park- -y cuatro kilómetros de carreteras pavimentadas y señalizadas para su toque final: un zoológico. En aviones privados aterrizaron en Nápoles canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África. De eso, sin embargo, sólo quedan los hipopótamos. Pero se los están comiendo. Los desplazados que allí viven mataron uno de los 16 animales. Embalsamaron cabeza y patas para venderlas. Todo lo que perteneció a Escobar se vende a precio de oro explicaba Francisco Sánchez, un funcionario que está a cargo de lo poco que queda: la casa de Escobar, donde los políticos llegaban a negociar y las mujeres se bañaban en piscinas de champaña, parece un queso gruyere de tantos huecos que le han abierto los buscadores de tesoros, esperanzados en encontrarse un escondite con dólares. Dicen que van a construir aquí una cárcel. Mientras tanto soy guía turístico: todos quieren ver lo que fue la finca de Escobar concluye Sánchez. Y es que con las propiedades del narcotráfico de antaño, está ocurriendo una paradoja: aunque valen una fortuna, se están cayendo a pedazos porque pocos se arriesgan a invertir, vivir o