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ABC LUNES 14 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA MEMORIA DE HOJALATA E EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS UANDO ya está a punto de cumplir los ochenta años- ¡a buenas horas, mangas verdes! el escritor alemán Günter Grass reconoce que militó en las Waffen- SS, auténtico ejército paralelo surgido en el seno de la organización nazi, fundado por el propio Heinrich Himmler, líder de las SS, la guardia pretoriana de Hitler. Conviene especificar que las Waffen- SS, que llegaron a aglutinar una fuerza de más de novecientos mil hombres, agrupados en treinta y ocho divisiones de combate, fueron condenadas, durante el proceso de Nuremberg, como integrantes de una organización criminal, por su vinculación directa con el Partido Nacional- Socialista. En las actas de dicho proceso, podemos leer que las SS fueron usadas para propósitos criminales, incluyendo la persecución y el exterminio de judíos, brutalidades y asesinatos en campos de concentración, excesos en la administración JUAN MANUEL de los territorios ocupados y el malDE PRADA trato y asesinato de prisioneros de guerra De dicha condena colectiva sólo se salvaron los soldados rasos. De este modo, los veteranos de las Waffen- SS no pudieron acceder a los derechos que, tras la rendición incondicional del Tercer Reich, se les reconocieron a otros combatientes alemanes que habían servido en las filas de la Wehrmacht, la Luftwaffe o la Kriegsmarine. Digamos que, para ser reclutado por el ejército alemán, bastaba con haber alcanzado una determinada edad (que se fue rebajando, a medida que las carnicerías en el frente del Este aumentaban y la defensa de una Alemania agónica se hacía más perentoria) para ingresar en las Waffen- SS, en cambio, se precisaba aportar una declaración de fe nacional- socialista. El ingreso en dicho cuerpo requería una severísima instrucción previa que incluía el adoctrinamiento político; quienes presentaban solicitud no eran exactamente voluntarios sino más bien nazis convenci- C dos y confesos. En honor a la verdad, debemos añadir que, durante los años finales, cuando la necesidad de reemplazos era más imperiosa, el ingreso en las Waffen- SS se relajó notoriamente, e incluso se generalizó el reclutamiento forzoso. Seguramente, la incorporación del joven Grass no exigió especiales muestras de adhesión al régimen que caminaba a marchas forzadas hacia su desmoronamiento. En la entrevista publicada por el Frankfurter Allgemeine Zeitung Grass afirma que a los quince años había intentado sin éxito enrolarse en un submarino, pero que por su corta edad fue rechazado; dos años más tarde, sería llamado a filas e inscrito en la Décima División Armada Frundberg con sede en Dresde, la ciudad salvajemente bombardeada por la aviación aliada. Grass aduce que se ofreció voluntario para salir del confinamiento que sentía como adolescente en casa de sus padres Podemos aceptarlo, haciendo un esfuerzo de credulidad; más inverosímil resulta su siguiente afirmación: Sólo cuando llegué a Dresde me di cuenta de que estaba en las Waffen- SS Quizá un descargo de conciencia tan poco convincente se explique si recordamos que, por aquellas fechas- -finales de 1944- era vox populi que los Waffen- SS habían participado en masacres y perpetrado todo tipo de atrocidades en los campos de exterminio. Por supuesto, no estamos insinuando que Grass sea un criminal (ni siquiera para el criterio de Nuremberg, a fin de cuentas era soldado raso) Pero esta confesión tardía de su pertenencia al cuerpo más temible y desalmado del ejército alemán exhala el inequívoco tufillo de la chamusquina. Sobre todo si consideramos que Grass ha fundado en buena medida su reconocimiento literario sobre su condición de sermoneador moral y conciencia crítica de Occidente Grass viajó al corazón de las tinieblas; y durante sesenta años nos lo ha ocultado. La impostura siempre ha sido el género literario predilecto de ciertos santones de la izquierda. L mayor riesgo de la memoria histórica es que la carga el diablo. En el armario del tiempo, en las fosas del recuerdo, espera a veces una amarga sorpresa. Mucha gente que ha empezado a cavar en el jardín de su identidad familiar o colectiva se ha acabado llevando sobresaltos ciertamente desagradables, porque la Historia no es siempre como nos la han contado ni como creemos merecerla, y hay ocasiones en que uno busca el rastro de un heroísmo y halla el de una infamia. Costa Gavras hizo una gran película- La caja de música -sobre la ambigua zozobra moral de esa clase de viajes por el túnel del tiempo. Y Günter Grass acaba de destripar el íntimo y abrumado secreto de IGNACIO su propio tambor de hojaCAMACHO lata, que era, efectivamente, de hojalata moral: fue un joven nazi. Y no un nazi cualquiera: de las SS. El aldabonazo de Grass, brillante conciencia crítica del siglo XX alemán, ha dejado un poco huérfana y perpleja a la izquierda europea, que de repente ha encontrado un notable agujero de honestidad en la peana de uno de sus más sólidos mitos. Porque incluso desde la más amplia benevolencia retrospectiva, lo mínimo que se pregunta cualquier espíritu capaz de pensar por su cuenta es por qué ha tardado tanto el novelista en abrir el pesado armario de esta confesiónespeluznante. Y resultadifícil no pensar en dos potentes razones, ambas de escasa ejemplaridad: una, que de cantar antes lagallina se habríaquedado con toda probabilidad sin premio Nobel, y la otra, que esta revelación casi póstuma se produce en el marco de la promoción de su inmediata autobiografía, Pelando la cebolla El pecado juvenil de Grass no es venial, y sólo la conciencia colectiva de su país, herida profundamente por el drama del Holocausto, podrá decidir si tiene o no perdón; si no fuese un icono de la izquierda, ya estaría lapidado por el rasero implacable de la propaganda. Tampoco resta un ápice de calidad a su formidable obra literaria, pero desde luego sí relativiza en gran medida el rigor ético de sus juicios históricos. Sobre todo, por la ocultación, imposible de no relacionar con su larga expectativa del Nobel. Un truco doloroso si se piensa en el largo elenco de figuras- -Borges quizá sería la másllamativa- -despreciadas por la Academia de Estocolmo por su tenaz incorrección política. Lo que el joven adolescente Grass hizo o dejó de hacer a los 17 años bajo el uniforme pardo es cosa que le compete a él y a su conciencia; probablemente, el tiempo y la Historia hayan corrido ya de sobra ese telón si no mediaron actos criminales en el libreto de su escaso papel al servicio de la locura hitleriana. Pero es el silencio de seis décadas, voluntario y en cierto modo culpable, lo que chirría y extiende sobre el prestigio del gran escritor una sombría nube de duda que pone en cuestión su encarnadura de rectitud. La otra lección es general, y afecta al núcleo del proceso de memoria histórica: cuando se pelan las cebollas del pasado, no es difícil que broten las lágrimas del fiasco.