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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Grass y las SS Una confesión tardía Su reconocimiento de haber pertenecido a las SS hitlerianas ha provocado numerosas reacciones en Alemania: para la mayoría, la confesión llega tarde. Y los hay desilusionados: Es el fin de una referencia moral TEXTO: ABC FOTO: AP José Bros, en un momento de El rapto en el serrallo de Mozart en el cuerpo de élite nazi: Un muchacho de 17 años. ¡Dios mío! eso era comprensible Por su parte, el escritor Dieter Wellershof advertía en el diario Koelner StadtAnzeiger en contra de una condena moral de Grass. El escritor Walter Kempowski dijo al Tagesspiegel que llega un poquito tarde aunque también valía aplicarle a Grass el evangélico Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra En cambio, el biógrafo del novelista, Michael Juergs, reconoció a ese mismo diario que estaba desilusionado personalmente y opinó que se trataba del fin de una referencia moral Michael Wolffsohn, conocido historiador alemán, declaró al digital Netzeitung que tan largo silencio le restaba valor a la obra moral de Grass, porque lo que va a quedar son sus palabras, no sus obras Por último, el temible crítico literario alemán Marcel Reich- Ranicki despachó el asunto con un lacónico: No voy a decir ni una sola palabra. No estoy obligado a decir nada EFE L a confesión del premio Nobel de Literatura alemán Günter Grass de haber pertenecido en su juventud a las SS hitlerianas ha sucitado diversas reacciones, unas críticas, pues tal confesión ha llegado muy tarde y otras, más benévolas, salvando al autor por su juventud, informa Dpa. El presidente de la Academia de las Artes de Berlín, Klaus Staeck, considera que la integridad moral y política de Grass siguen intangibles, aun después de esta confesión. Yo no hago ninguna diferenciación entre la persona y su obra declaró. A su vez, el crítico literario Hellmuth Karasek estima que Grass habría arriesgado el Nobel si hubiera admitido antes su pertenencia a las SS. La Academia Sueca, que es una entidad muy sensible, no habría concedido nunca el premio a una persona de quien se supiera que militó en su juventud en las SS. Además, lo mantuvo mucho tiempo en secreto aseguró, aunque comprendía por qué Grass se enroló EL RAPTO EN EL SERRALLO El alambique de la ópera POR ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE obre qué principios se sustenta el espíritu del teatro mozartiano? La respuesta es heterogénea. Así lo demanda el desconcertante sincretismo estético que atenaza al mundo y en el que conviven con igual fortuna los más variados extremos. De un lado, el sagrado lugar de Salzburgo, donde se dice que ya es costumbre cantarle a Mozart entre desfiles de lencería, morbosillos encajes camino del altar, cuerpos desnudos y explícita sexualidad. Del otro, algunos escenarios más modestos enrocados en las catacumbas de la esencia. Sin ir más lejos, la Quincena Musical de San Sebastián, que este año ha homenajeado a Mozart con El rapto en el serrallo tal y como lo explicara escénicamente, hace ya tres décadas, Giorgio Strehler. Lo realmente sorprendente es, cómo a mediados de este inquietante 2006, puede entusiasmar al público un teatrillo tan singular: con su baquetada tarima de madera, sus paneles deslizables pintados al pastel, la embocadura dorada, el telón corrido a mano y hasta los negritos de cara pintada y medias oscuras. Quizá porque bajo la sencillez y la aparente simplicidad se dibuja un ambiente y unos personajes que son personas, además de respetar los códigos del género. Un ejemplo: llega la brillante aria de Konstanze, Martern aller Arten suena la orquesta, ¿S se abre el telón, Mariola Cantarero avanza hasta el proscenio y, por primera y única vez, la luz se proyecta hacia ella, que, dicho sea de paso, resuelve su intervención con notable fuerza, intensidad y abundancia de recursos; con un estupendo control de una voz que suena ahora más metálica y que necesita calentarse para amansar su desabrida apariencia inicial. Se comprende el éxito, por mucho que la actual adaptación escénica de Filippo Tonon se resienta de un punto de alegría y haga que algunos personajes como el Osmin de Bjarni Thor Kristinsson se salven por la interpretación musical antes que por una gestualidad caricaturesca. En este sentido, habría que mirar también al foso, aunque fuera de reojo, para observar al veterano Leopold Hager convirtiendo en algo reposado a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, siempre prudente, leve como la luz que se proyecta desde el escenario y, por instantes, al rebufo de los cantantes. Por eso, dominando la escena, ha estado aquí José Bros, haciendo alarde de volumen, homogeneidad, grandeza y de esa franqueza que allana la expresión. A su lado, Ruth Rosique, poniendo gracia y buen gusto, además de Mario Alves, un Pedrillo de muy estimable compostura. Pero sobre este reparto de enjundia un devoto de Mozart como Strehler. Sin duda, un hombre de otro tiempo que también es éste. En 1997 apareció una esvástica pintada en la puerta de su casa en Lübeck