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13 8 06 RELATOS VIAJEROS Tetuán (II) En el corazón de la medina Patrimonio de la Humanidad desde 1998, la joya de la ciudad es su antigua medina, que en su mayor parte data del siglo XV y es la más grande de todo Marruecos POR LORENZO SILVA ESCRITOR FOTOS: LUIS DE VEGA La laberíntica medina seduce al visitante ntes de proseguir, hagamos un poco de historia. Puede tener a veces su aliciente no saber nada del lugar al que uno llega, observarlo con la desnudez de la ignorancia y reducirlo a las impresiones físicas y primarias que reciben nuestros sentidos. Quien tal haga con Tetuán no saldrá necesariamente defraudado, tal es la intensidad de sus luces y sombras, de sus olores y sonidos, de la atmósfera recogida de sus callejones o la ensoñación a que invitan sus perspectivas. Pero no está de más anotar de dónde viene la ciudad y qué conoció en siglos pasados, porque de esa sustancia también se alimenta su misterio. En su biografía de un tetuaní ilustre, Abd el- Jaleq Torres (descendiente de españoles y uno de los artífices de la independencia marroquí) Jean Wolf refiere que el origen remoto de Tetuán se encuentra en la vecina Tamuda, situada a unos cuatro kilómetros en la margen derecha del río Martín, donde ya en época prerromana debía haber un núcleo bereber, sometido por la fuerza a la autoridad de Roma por un tal Suetonio Paulino en el año 40 antes de Cristo. Tetuán propiamente dicha sería fundada a principios del siglo XII sobre las ruinas de un asentamiento anterior, engrandecida por el sultán Abu Tabit a principios del siglo XIV y restaurada otra vez por orden de Mulay Alí ben Rachid, a finales del siglo XV, tras la destrucción infligida por los portugueses de Ceuta en 1437. Es de esta última época de donde data el corazón de la ciudad, tanto en su aspecto físico como humano. La reforma arquitectónica acometida, que daría lugar a la medina tal y como la conocemos hoy día, vino acompañada por una importante renovación de la población. En el 888 de la Hégira, o lo que es lo mismo, 1484, miles de refugiados de las ciudades andaluzas de Motril, Baza, Ronda, Loja y A Granada, conducidos por el jefe militar granadino Abulhassan Alí al Mandri, eligen Tetuán para reconstruir sus vidas. A ellos se sumarán pocos años después los judíos expulsados por orden de los Reyes Católicos y en 1501 el contingente principal de moriscos granadinos, que abandonan la Península Ibérica tras la abolición de la religión islámica por las autoridades cristianas. Con ellos traerán su cultura, su música (desde entonces, Tetuán es el centro de la música andalusí) y sus costumbres, que harán de la ciudad un enclave andaluz en el norte de África. La princesa Sida Al Horra Su máximo esplendor lo conocerá Tetuán en el siglo siguiente, de la mano de un personaje singular, la princesa Sida Al Horra, nacida en 1495 como fruto de la unión de Mulay Alí ben Rachid con una cristiana gaditana, de Vejer de la Frontera. Desde pequeña mostró un gran carácter, hablaba perfectamente castellano y árabe y conocía bien la psicología de los cristianos. Vivió en Tetuán desde joven, asimilando el refinamiento de la cultura andaluza, y acabó desposando al jefe de la ciudad, Al Mandri II, en cuyo cargo le sucedió al enviudar. Nombrada después gobernadora de la región, se alió al célebre pirata otomano Barbarroja, que la ayudó a construir barcos corsarios con los que fue la pesadilla de españoles y portugueses desde su base en la desembocadura del río Martín. Como un siglo después los piratas de origen morisco de Salé y Rabat, la princesa encarnó la venganza de Al Ándalus contra los cristianos que lo habían conquistado y desterrado a sus gentes al exilio africano. Tres siglos más tarde, Tetuán volvería a entrar en la Historia al ser tomada como rehén por los españoles para forzar la ampliación de los límites territoriales de Ceuta y Melilla, desde las angostas ciudadelas