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16 Nacional EL DRAMA DE LOS INCENDIOS DOMINGO 13 8 2006 ABC Cuatro años después, los pueblos del Prestige vuelven a ser castigados por una tragedia, la de los incendios, que vecinos y políticos consideran mucho peor que la del chapapote. Aquello, dicen, se solucionó con mucho trabajo, pero esto durará décadas La costa que murió dos veces TEXTO: ANA MARTÍNEZ JOSÉ MANUEL NIEVES FOTO: JAIME GARCÍA CAMARIÑAS MUXÍA CEE. Dentro de cien años, es posible que nadie recuerde ya que la Costa de la Muerte se llama así porque contra sus afiladas rocas y acantilados hallaron el fin incontables navíos desde tiempos inmemoriales. Puede que en el futuro, la muerte a que se refiere ese tétrico nombre no se relacione ya con muertes ajenas, sino con la muerte propia de toda esa región, bendecida por la Naturaleza pero maldita por el hombre. La Costa de la Muerte ha muerto. Dos veces durante los últimos años. La primera fue a manos de una negra mancha de aceite que apuñaló el mar. La segunda, por culpa de una nube, igual de negra, que devora ahora la tierra y envenena el cielo. Hoy, vuelven a resonar los nombres de los pueblos del Prestige aunque por un motivo bien distinto: Muxía, Camariñas, Cee, Corcubión, Finisterre... después del chapapote llegan, aún peor, si cabe, los incendios. Una plaga de destrucción que, además, no es fruto esta vez de un accidente sino la consecuencia de una planifica- ción meticulosa y malvada que desde hace más de una semana hiere a toda Galicia con cien dardos de fuego. Las columnas de humo que se ven desde la carretera forman ya parte del paisaje. Tres, cinco, siete... siempre, se mire donde se mire, hay alguna. Acercarse a cualquiera de ellas supone enfrentarse al mismo paisaje desolado, a las mismas caras de miedo y desesperación, a los mismos esfuerzos titánicos que supone luchar contra un desastre que se puede provocar con el simple gesto de un dedo... Es por la mañana, pero la parroquia de Xaviña, en el concejo de Camariñas, aún no se ha ido a dormir. La batalla contra el fuego ha durado toda la noche y sólo gracias a un esfuerzo sobre- humano las llamas no han llegado hasta las casas. Frente a un grupo de chalés, al lado mismo de la costa, una decena de hombres sigue luchando: Esto empezó hace cuatro días, pero anoche el incendio se quería apoderar del pueblo Albito Diéguez, como los demás, lleva quince horas dándole palos al fuego para frenar su avance. Aquí, a este lugar, no ha venido nadie. Ya sé que solo son siete casas, pero podían habernos ayudado un poco... Ninguno de los demás quiere dar su nombre. Están cansados y, además, desconfían: Aquí no se trata de tres desgraciados que no saben lo que hacen, sino de profesionales del fuego. Y los que han detenido no son más que una fachada. Aún no ha caído ni uno solo de los verdaderos culpables Las columnas de humo que se ven forman ya parte del paisaje. Siempre, se mire donde se mire, hay alguna Paisaje de desolación Seguir avanzando por las pistas forestales y rodear Xaviña significa navegar en medio de la desolación, a través de un paisaje negro y humeante en el que nada sobrevive. ¿Nada? No es cier- to. A veces, de forma inexplicable, un árbol se yergue, aún verde, en medio de las cenizas de los demás. O un trozo de pradera, o de cultivo, aparece milagrosamente intacto en medio de la destrucción circundante. Caprichos, quizá, de un fuego que quiere dejar como