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S 6 12 8 06 16 S 6 LOS SÁBADOS DE El autor toma como punto de partida una frase de Ortega y Gasset para andar el camino del verano, un camino plagado de vulgaridad, ordinariez, adocenamiento y grandes y generosas dosis de instinto gregario. Pero no todo son sombras en la época estival, también hay lugar para los gozos, en especial el disfrute de la familia, del tiempo libre y del feliz empeño de conocerse mejor a uno mismo SANTIAGO ÁLVAREZ DE MON PROFESOR DEL IESE Luces y sombras del verano a mezcla de calor, rotura de hábitos y costumbres consolidadas en la rutina del curso anual, el ocio que se resarce de su escasez invernal, planes improvisados al albor de un reloj descontrolado... contribuyen a hacer del verano una estación propicia para la observación de conductas que en su espontaneidad retratan bastante fielmente al ser humano. El verano no sólo nos desnuda físicamente, también muestra otras facetas de nuestra forma de ser. Sin afán de generalizar injustamente, me acerco al análisis de algunas conductas en la compañía siempre grata y estimulante de Ortega: La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiere. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto En la dictadura sofocante de la vulgaridad, el colectivo prima sobre la persona, la moda sobre el espíritu, el ruido sobre el diálogo, la alienación sobre la educación, los excesos sobre la moderación, lo mediocre y chabacano sobre lo delicado. En el verano, si te descuidas, el hombre masa se hace fuerte y arrampla con todo, como estos incendios criminales que asolan la querida y otrora verde Galicia. Algunos paisajes humanos con los que tropiezan mis ojos distraídos. Hoy mismo, por ejemplo; escenario, la playa. Primera dificultad, un aparcamiento abarrotado, parece la Gran Vía madrileña una noche de sábado. La forma de aparcar de algunos conductores egocéntricos hace difícil encontrar una plaza. Segunda sorpresa, botellas, colillas, plásticos, desperdicios se suceden con generosidad, falta civismo. La búsqueda de tumbona y sombrilla es una guerra sin cuartel, casi se disparan las hostilidades. Metidos ya en faena, entre cremas, paseos y chapuzones- ¡quién pudiera dejar la costa en una brazada! -tropiezas con bañistas que inevitablemente captan tu atención. Aun a fuer de ser calificado de elitista y retrógrado, ¡madre mía, qué pesadilla! El espejo matinal debiera ser un consejero fiable a la hora de elegir indumentaria. Si la juventud es el tiempo ideal para un despliegue L Las playas son auténticos hormigueros generoso de cuerpos lozanos y musculados, la madurez invita a vivir hacia dentro, a recogerse interiormente para indagar otras dimensiones de la belleza humana. Saber vivir tiene mucho que ver con estar en armonía con la edad de cada uno- -ahí estriba la pujanza psicológica de personas que no se pelean con sus años- -y ello incluye discernir el vestuario más apropiado. Hay tiempo y espacio para todo, el bañador, el biquini, la bermuda, pero, por favor, también para el denostado pantalón. Unos lo llamarán naturalidad, desinhibición, ausencia de prejuicios... a mí, sinceramente, me parece una falta de gusto preocupantemente contagiosa. En otro momento del día escucho una conversación de golfistas avezados. Mientras discuten sobre maderas, hierros y el maldito putt, co- EFE Tiempos MODERNOS El hombre moderno es hormiguita, amante de colas; dónde va la gente, donde va Vicente. Se trata de ser un ciudadano al día, en consonancia con su época. Corolario final de este triunfo del hombre vulgar, lo que Valery llamó la civilización de los solos Masa y soledad, los dos rostros del conflicto larvado que el ser humano mantiene consigo mismo mentan las trampas de jugadores que se quitan golpes en sus recorridos centenarios (centenarios porque superan los cien golpes en dieciocho hoyos) Son aficionados, juegan entre amigos, ningún incentivo económico por medio, ausencia total de presión, y se engañan a sí mismos para vergüenza ajena de sus compañeros de partido. Por la tarde, presencio un campeonato de tenis para jóvenes. No sé qué me sorprende más, si la mirada, respiración, alaridos y tics de algunos chavales que se creen en la hierba de Wimbledon, o la actitud de hooligans de algunos padres para los que todo lo que no sea ganar es un fracaso. Es curioso, esta sociedad acomodaticia y amodorrada para cuestiones esenciales se muestra fogosa y agresiva en nimiedades. Por la noche, cena en el restaurante obligado. El efecto imitación, típico de los niños, en adultos me deja atónito. El hombre moderno es hormiguita, amante de colas; dónde va la gente, donde va Vicente. Se trata de ser un ciudadano al día, en consonancia con su época. Corolario final de este triunfo del hombre vulgar, caldo de cultivo ideal para los gestores de la res pública, lo que Valery llamó la civilización de los solos Masa y soledad, los dos rostros del conflicto larvado que el ser humano mantiene consigo mismo. Verano, tiempo para la vulgaridad, también para la excelencia. Ésa es la buena nueva que su estructura bipolar nos depara. Dos regalos muy valiosos. El primero, en su seno guarda momentos felices para la convivencia con familiares y amigos. Esa charla que en el ajetreo cotidiano se pospone sine die, en verano encuentra su instante. Parece como si el sol, ladrón de energía, sabiéndose culpable, nos regalase calma y empatía para mirar a nuestra gente con ojos más comprensivos. Segundo, ya lanzados, hasta nos atrevemos a entablar esa conversación interior sistemáticamente aparcada. ¡Qué paciencia tenemos para lo trascendente y qué prisa para lo superfluo! Si persevero en conocer, aceptar y transformar pensamientos y sentimientos antes paralizantes, mi mejor yo se desprende de un ego estúpido, y se mezcla con la sociedad de la que se sabe parte integrante. Happy end, viva el verano, hasta su lado más chapucero me acerca al hombre.