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ABC SÁBADO 12 8 2006 Internacional 27 VIENTOS DE GUERRA EN ORIENTE PRÓXIMO Beirut sufre los ataques israelíes cada vez más cerca de los barrios habitados La capital libanesa recibió ayer el bombardeo más intenso de la guerra b A pesar de las octavillas que el Destruido otro de los puentes hacia Siria L. L. C. BEIRUT. Al menos 12 personas murieron y 18 resultaron heridas en el ataque aéreo lanzado ayer por la aviación israelí contra uno de los últimos puentes que permiten el acceso hacia el paso fronterizo con Siria desde Abudiyeh, en el norte del país, que es hoy la única salida por tierra del Líbano. Las fuerzas hebreas actuaron del mismo modo contra la que fue otra de las carreteras de conexión con el país vecino a través del puesto de Masnáa, el más próximo a Damasco, que ya fue inutilizado en días sucesivos al comienzo de los combates. Los cohetes israelíes también afectaron a tres vehículos cerca de Baalbek, y acabaron con la vida de una persona, según los Servicios de Seguridad. Estos ataques de ayer, que elevan ya a más de un millar el número de víctimas mortales provocadas por el conflicto sólo en el Líbano, se registraban el mismo día en que el representante de Política Exterior de la UE, Javier Solana, llegaba a Beirut para examinar las posibilidades de un alto el fuego con el primer ministro libanés, Fuad Siniora, con quien tenía previsto entrevistarse otra vez anoche, tras el encuentro que ya mantuvieron el pasado julio. Solana, que posteriormente viajará a Israel y a los territorios palestinos, aterrizaba ayer en la capital libanesa poco después de que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, asegurara que el Consejo de Seguridad está cerca de concluir un acuerdo sobre el proyecto de resolución elaborado por Estados Unidos y Francia. Ejército hebreo lanza para avisar de la inminencia del ataque, aún hay gente que no se marcha de los barrios donde opera Hizbolá LAURA L. CARO. ENVIADA ESPECIAL BEIRUT. Eran las cinco y ocho minutos de la madrugada cuando una detonación descomunal hizo temblar ayer los cimientos del corazón de Beirut hasta hacer estremecer la espina dorsal de la ciudad. Minutos antes, se habían sentido otras sacudidas que hicieron vibrar los cristales y después seguirían los impactos hasta contarse más de veinte operaciones antes de que amaneciera del todo, pero la de las cinco y ocho de la mañana fue un trueno brutal capaz de encoger el alma. Por la televisión, puede que los bombardeos sobre la capital de Beirut parezcan todos lo mismo: treinta días con treinta ataques. Pero lo cierto es que cada vez son más intensos, se acercan más y más al centro, densamente poblado, y cada vez se salen más de los límites de los barrios chiíes del sur, los que ya se han vaciado por el terror. Los espectrales. Allá donde Israel está a punto de sacar agua del subsuelo de tanto ahondar a golpe de misil porque- -dicen- -en los bloques inhabitados se esconden los de Hizbolá. Y todavía no ha llegado la invasión masiva que ha jurado Olmert y que de sólo imaginarse también hace temblar. Más panfletos de aviso Tiembla Beirut, ninguna vez como la de la madrugada de ayer viernes, y tiemblan sus gentes. La andanada de cohetes fue a impactar en los suburbios de Shiyah, Bourj al- Barajueh y Hay All- Sullom, aledaños a la zona cero que es Haret Hreik, donde la tarde anterior los aviones que lucen la estrella de David habían sembrado las calles con panfletos en los que los vecinos podían leer en lengua árabe que por su propia seguridad deben evacuar inmediatamente estas áreas y salir de las zonas desde las que elementos de Hizbolá lanzan actos terroristas Y el pánico se apoderó de familias enteras que, sin más tardar, cogieron a sus hijos, cogieron a los mayores, las cuatro cosas imprescindibles, todas sus vidas en una bolsa de plástico y se arrojaron despavoridos a las avenidas a subir a cualquier precio a los autobuses blancos y rojos que una empresa privada tuvo el reflejo de fletar a tiempo. A tiempo de sacar de allí, rápido y gratis, en varios viajes, a tanta gente como hubiera podido morir aplastada por el trueno que sobrevino de madrugada. Porque Israel cumple. Por eso tiembla Beirut. Esto es como una ruleta rusa se dice con una risa que no viene a cuento uno de los hombres que, a Libaneses desplazados duermen en un parque convertido en refugio en Beirut media mañana, con los bloques de casas reducidos a palillos a su alrededor y todavía desprendiendo olor caliente a humo negro y a catástrofe, tiene ánimo casi suicida para jugarse la vida en la puerta del Café Maatouk. Abierto en la calle fronteriza entre el Haret Hreik fantasma y el Shiyah, descerrajado esta misma noche por las explosiones, donde los de Hizbolá custodian cada esquina y llegan de inmediato a cortar el paso hacia el interior a cualquier periodista porque hoy, advierten secos, no se puede pasar. Pueden hacer fotos rápidamente, pero tienen que marcharse con la misma celeridad. De sobra saben que están en la diana. Y aciertan, porque tan sólo una hora y media después la aviación hebrea vuelve a atacar, quizás otra vez en el mismo Shiyah. Sólo nos arrodillamos ante Dios, nunca ante los hombres. Lucharemos hasta morir. Nos llegue hoy o mañana la muerte, será el paraíso prometido. Escríbelo así ordena a gritos Mustafá con su pistola estratégica- AFP mente colocada a la derecha del cinturón, lista para desenfundar en cualquier momento. No reconocemos más amo que Dios y no hay otro enemigo excepto Israel. Sus bombas no nos asustan, nunca nos sacarán de aquí y un día conocerán el infierno escribe, para después volver a mandar. No se marchan de su hogar Apenas unos metros más allá, a sus 33 años, Yihad mete en el maletero de su coche todo lo que ha conseguido rescatar de su casa, que todavía tiembla, pero aún sigue en pie. Se va al noroeste, al valle de la Beká, blanco de los bombardeos todos los días, pero que de le- Sólo nos arrodillamos ante Dios, nunca ante los hombres. Lucharemos hasta morir jos le parece menos peligroso. Al paso sale Siam, una mujer desastrada de ojos volados y origen brasileño que lleva diez años viviendo en el Líbano, y que masculla que ella no se marcha, que no le pregunte por el bombardeo que ha vivido sin moverse de su cama, que se queda porque ahí encima, con los toldos desgarrados en mil jirones por la rabia de la onda expansiva, está su hogar. Y no hay nada más que hablar. En el parque Sanaya de Beirut- -zona cristiana del centro, todavía intacta pero que ya retumba por la cercanía de las bombas- -se agolpan las familias desalojadas de Shiyah, de Bourj alBarajueh y de Hay All- Sullom, muchas a su vez desalojadas antes de Haret Hreik. Dos veces desplazadas. Familias que, como la de Hasán Mohammed Trade, que llegó en los autobuses gratuitos con sus hijos y con la pequeña que todavía llora, que tiemblan sin techo ya que se les caiga encima de miedo. A que todo vuelva a estremecerse.