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ABC SÁBADO 12 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA CLEMENCIA P EL FUEGO DE CAÍN URANTE muchos años he veraneado en Verín, provincia de Orense, a cuyas aguas medicinales era mi abuelo muy aficionado. No había verano que las llamas no arrasaran los montes próximos, malogrando nuestras excursiones. Eran, casi siempre, incendios provocados, a veces por una imprudente quema de rastrojos, a veces por rencillas vecinales, con frecuencia urdidos por desaprensivos que así trataban de forzar la recalificación de terrenos o la tala de algún bosque que les rindiera un beneficio inmediato. En aquellos incendios se abrasaron muchas de mis ilusiones de infancia: aquellos paisajes, que a mis ojos crédulos semejaban una sucursal modesta del paraíso, poco a poco se fueron quedando mochos y agostados; los regatos y los arroyos dejaron de fluir montaña abajo, entre otras razones porque ya no había árboles que les prestaran su abrigo; y, en fin, los parajes que en JUAN MANUEL otro tiempo habían cobijado secretos DE PRADA manantiales se tornaron pedregosos y resecos, como estampas tiznadas del Apocalipsis. Quizá lo que más me sublevaba de aquel estropicio, repetido cada verano, era la conformidad resignada de los lugareños. Aceptaban los incendios como si de una plaga bíblica se tratara. Tampoco entendía que los responsables del destrozo quedaran siempre impunes: aquella aceptación fatalista de la calamidad, que con frecuencia tenía sus ribetes de connivencia sorda, parecía hundir sus raíces en un ancestral pacto de silencio. Nunca me he creído demasiado esa quimera del pirómano que, como aquel fantoche de la Antigüedad que prendió fuego al templo de Diana para perpetuar su fama, se excita ante la visión coruscante de las llamas. Salvo excepciones patológicas, los incendios los causan desaprensivos a quienes guía un interés pecuniario; y tras la acción de estos desaprensivos subyace una cetrina conspiración de miedo, o una complicidad colectiva menos D heroica que la de Fuenteovejuna. Detrás de un monte quemado, siempre hay un ventajista que saca tajada; y, en derredor, un séquito de pobres diablos que callan, mendigando unas pocas migajas. En la chocante acumulación de incendios que en estos días abrasa Galicia parecen concurrir circunstancias nuevas, de índole más atávica o vengativa, en las que aletea la sombra de Caín. A los incendiarios ni siquiera parece animarlos un interés pecuniario, sino el puro y simple apetito de destrucción. Incluso se airean imputaciones que, en caso de resultar calumniosas, merecerían una purga entre los incapaces con poltrona ministerial encargados de difundirlas. Se atribuye la responsabilidad de estos incendios a miembros despechados de los retenes anti- incendios, que al parecer habrían sido relevados por desconocer la lengua gallega, instrumento imprescindible para comunicarse con las llamas y averiguar sus intenciones. Aquella España de cesantes que pintase Galdós en Miau alcanza así su expresión más cuajada, caricaturesca y desquiciada en esta España plural, donde hasta a quienes se emplean en trabajos eventuales y pésimamente remunerados se les exige una ejecutoria de limpieza de sangre y un certificado de adhesión al ideario del Régimen. Y para que no falte la guinda al desaguisado, ahora sabemos que los mandatarios gallegos, quienes- -a imitación de su promotor en el Palacio de la Moncloa- -no parecen abrigar otro propósito que borrar del mapa los logros de sus predecesores, se han apresurado a desactivar las medidas de emergencia arbitradas por Fraga, sin preocuparse de proponer otras que las sustituyan. Todo, como se ve, exhala un tufillo de astracanada casposa que sólo el humo de la chamusquina consigue mitigar. Pero ni siquiera la indecencia y la chapucería de nuestros gobernantes bastan para exonerar de culpa a los incendiarios. Galicia arde, convertida en una gran barbacoa caníbal; y el espíritu de Caín pasea su sombra sobre la tierra calcinada. IDAMOS perdón. En nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso, y postrados de hinojos en dirección a La Meca, entonemos la tardía palinodia de nuestros muchos pecados. Y pidamos perdón, en primer lugar, por ser libres. Por disfrutar de una sociedad abierta que nos permite elegir nuestro albedrío de conciencia. Por creer que la democracia es el mejor sistema político y el más evolucionado código de moral civil. Por confiar en los valores de la cultura occidental como depositarios del más refinado avance histórico. Por permitir y entender la igualdad de los hombres y las mujeres, por abolir la pena de muerte, por no cortar las manos de los ladrones y por sentirnos satisfechos de una justicia laica basada en la ley positiva y en los derechos individuaIGNACIO les. Por abjurar del fanaCAMACHO tismo teológico, por no odiar a los que profesan otra fe y por anhelar una discreta felicidad terrenal sin esperar el paraíso anticipado del martirio. Pidamos luego perdón por los pecados cotidianos de nuestra decadencia moral. Por los programas de variedades, por el cine de acción, por la investigación científica, por el arte sacro, por la música profana, por el alcohol, por el jamón, por la minifalda, por el biquini, por los perfumes de Chanel y por la libertad sexual. Y por Leonardo da Vinci, por Rubens, por Miguel Angel Buonarrotti, por Milton y Rabelais, por Neruda y Elliot, por Beethoven y Mozart, por el Partenón y por Venecia, por la catedral de Burgos, por Notre Dame, por la torre Eiffel, por la cúpula de Santa Maria dei Fiore, por los campos de lavanda en la Provenza, por los atardeceres del Pireo y por los rascacielos que quedan en pie en Nueva York. Y por Woody Allen, que es judío, y por Spielberg, que también lo es, y por los días de vino y rosas y por el último tango en París. Y por Shakespeare, que llamaba moros a los amigos de la Alianza de Civilizaciones, y por Cervantes, que estuvo en Lepanto y fue cautivo en Argel. Pero esto no basta. Hemos de pedir clemencia y perdón por preferir San Francisco a Damasco, Madrid a Omán, Londres a El Cairo y Munich a El Ryad. Por usar gabardina en vez de chilaba, gorras de Nike en vez de turbantes y mocasines en vez de babuchas. Y por votar en vez de asentir, y por pensar en vez de obedecer, y por amar en vez de odiar, y por avanzar en vez de retroceder, y por vivir en la modernidad en vez de en el Medievo, y por respetar en vez de imponer, y por tolerar en vez de prohibir. Por ser, en definitiva, libres en vez de esclavos, y querer seguir siéndolo. Y aun todo eso no es suficiente. Porque cuando lo hayamos hecho, cuando hayamos abjurado de nuestra civilización y de nuestras creencias, cuando hayamos apostatado de nuestra fe religiosa o civil, cuando nos hayamos retractado de nuestras certezas, cuando nos hayamos arrodillado implorando la misericordia de Alá, nos matarán del mismo modo, sin ninguna piedad ni un ápice de compasión. Porque somos distintos y porque no sólo buscan la sumisión sino el exterminio de la diferencia.