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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO donde estaba, quieto y callado, con la mano en el carrillo ardiendo y humillado como nunca más he llegado a estarlo en la vida. ¿Por qué me pega? -pregunté una vez sin pensar, harto de aquella injusticia, tan sistemática como incomprensible para mi mente infantil. P ero la profesora no me contestó. Se limitó a mirarme con indiferencia, acaso con extrañeza, como si mi pregunta estuviera completamente fuera de lugar. Esa profesora, la señorita de Religión (una de las que más abofeteaba, dicho sea de paso) prosiguió la clase impertérrita. Yo no podía comprender cómo podía aquella mujer abofetear tanto, al tiempo que se emocionaba tan visiblemente al hablar de Dios; pero, al parecer, mi señorita no sentía ningún escrúpulo por esta incoherencia y nos abofeteaba a todos con total impunidad, casi como si le gustara o, al menos, como si aquello formara parte del deplorable oficio de enseñar. Aquellas bofetadas (y no había clase de Religión en que no se produjeran al menos dos o tres) tenían una particularidad respecto a las que se propinaban en Geografía o Matemáticas, y es que eran las que más resonaban. ¡Plas! estallaban, y todos levantábamos los ojos de nuestros cuadernos. Estábamos aterrorizados. O, ¡Plas, plas! en esa ocasión habían sido dos los golpes; al parecer, al pobre Thomas Mindernickel (y aquel era el día que regresaba a la escuela tras una larga convalecencia) le habían cruzado la cara. Aquel año yo apenas recibí bofetadas cruzadas, y no porque- -como presumo- -los profesores no me las hubieran querido dar, sino porque casi nunca tenía las dos mejillas descubiertas, por lo que aún queriéndolo no podían. Por todo lo dicho, yo estaba siempre muy tenso en la escuela, con los nervios en punta, esperando en qué momento y con qué motivo (porque nunca renuncié a buscarlos) me llegaría la bofetada. Esta atención mía se redoblaba cuando, por casualidad, habían pasado varias jornadas sin que ningún maestro, ni siquiera la señorita de Religión, me hubiera abofeteado. Aquello era inadmisible, me decía yo, iniciado desde muy niño en la crudeza de la vida; la bofetada llegaría de un momento a otro, me lamentaba, concentrándome al máximo para que no me enganchara despreve- nido. Por este supremo y constante esfuerzo de concentración, acababa las clases agotado. El último día del año, en la última clase, cuando ya creía haberme librado- -al menos hasta después del verano- -de aquellas brutales bofetadas, recibí la última, tan inesperada e inmerecida como todas las demás. Me la propinó la profesora de Geografía, quizá por la fuerza de la costumbre. Ahora bien, yo no reaccioné como otras veces, llevándome la mano a la mejilla y tratando de calmar su ardor, mientras me sorbía las lágrimas y deseaba ser invisible. Poseído por una fuerza desconocida- -la fuerza amasada durante meses de humillaciones- salté de un brinco de mi banco y devolví la bofetada con idéntica fuerza (si no mayor) La maestra quedó petrificada. Nadie había hecho nunca en aquella escuela algo así: yo mismo había quedado estupefacto y paralizado. No se oía nada, ni una mosca. Todos estaban mudos, expectantes. Las rodillas me temblaban. Antes de que su rostro se descompusiera por la convulsión del llanto- -que ya empezaba a asomar en sus ojos- la profesora de Geografía salió del aula en una carrera; y fue entonces cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase y el fin del curso. Tal vez también el fin de mi infancia y mi liberador y definitivo ingreso en la adolescencia. odos mis compañeros irrumpieron entonces en un grito de victoria. Y uno a uno, sin excepción, fueron pasando junto a mí para felicitarme con elogios y dulcísimas palmaditas en la espalda. No había duda: en pocos segundos me había convertido en el colegial más popular, en el más valiente, en el más apreciado y valorado por todos. Inesperada e involuntariamente, yo era en un héroe: todos me miraban con respeto, con admiración, y yo sentía perfectamente todas esas miradas sobre mi cuerpo, y las registraba con avidez. Fue en ese instante cuando comprendí que la vida tenía otra cara, de la que yo había sido privado hasta entonces; fue ahí cuando entendí que yo podía ser alguien, puesto que tenía poder. El orgullo me henchía el pecho hasta dificultarme la respiración. Y una rabiosa alegría se apoderó de mi ser, haciéndome comprender que abandonaba el bando de las víctimas para ingresar por fin, y por la puerta grande, en las filas de los verdugos. Estatua de Francisco Pizarro en Lima AP La ciudad donde no llueve El Perú fue inmortalizado en la moderna literatura por alguien que no había pisado el país y que, además, era norteamericano: Thorton Wilder. Pero en El puente de San Luis Rey los tipos humanos y la atmósfera de un país quedan supeditados a una visión donde se prescinde de cualquier atisbo de realidad. Todo lo contrario que Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, donde uno puede seguir casi al minuto la miserable realidad de una ciudad que no sabe de ella misma. Pero Vargas no es de Lima, por eso quizá estaba tan atento a cualquier detalle, ya que todos le despertaban motivos. Pero, para cantar una ciudad, el descuido es necesario; el pequeño, se entiende. Y para describir una ciudad que ya no existe, que estaba congelada en el tiempo, por lo menos en su tiempo, nada mejor que asistir a su recreación en Un mundo para Julius la primera novela de un muy joven Alfredo Bryce Echenique que, nostalgia va, nostalgia viene, con frases sentimentales que tienen un algo de cursi o de guachafo, como dicen allá, ha llegado a sustituir una Lima real que a partir de entonces a nadie le interesó. Bryce se llama de segundo nombre Marcelo porque su madre adoraba a Proust y quería que su hijo llegara tan lejos como el francés. No estoy seguro del parangón, pero sí de que, al igual que éste, ha llegado a recuperar un tiempo ya ido por siempre. La Lima de Bryce es la de Miraflores y el Country Club y los boleros bailados y susurrados a media tarde. Es, también, el retrato de una generación que ha fracasado del mismo modo que fracasan todas: las mata el tiempo. Pero el escritor ha llegado a congelar aquella atmósfera, y eso es impagable. Tanto que en esa enorme ciudad donde no llueve nunca, donde se construyen nuevos barrios cada día, donde nada perdura porque nada importa, los limeños siguen reconociéndose en un libro que nos habla de una huella, de una sombra. Quizá por eso se lea. T