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11 8 06 FIRMAS RELATO Las bofetadas POR PABLO D ORS Nieto del filósofo Eugenio d Ors, sacerdote de vocación y teólogo, ha publicado El estreno (libro de relatos) Las ideas puras (obra con la que resultó finalista del premio Herralde 2000) y Andanzas del impresor Zollinger e niño siempre tenía miedo de que la maestra abriera alguno de mis cuadernos y descubriera algún error: una mancha de tinta, una falta ortográfica, una caligrafía ilegible... Este temor no era infundado, pues eso era de hecho lo que sucedía siempre que mis profesores- -cualquiera de los muchos, casi incontables, que tuve durante la llamada enseñanza primaria- -abría uno de mis cuadernos. No importaba la página por la que lo abriera ni cuál fuera el cuaderno (el de Lengua, el de Geografía, el de Matemáticas... mi caligrafía era ilegible, cometía abundantes faltas ortográficas y no podía evitar que algún manchón de tinta embadurnase los márgenes, puesto que éramos obligados a utilizar unas estilográficas con las que, además de mis dedos, ensuciaba buena parte de mis cuadernos hasta dejarlos casi inservibles. Durante las clases yo estaba atento a cualquier eventualidad, y no ya por interés en las materias que se impartían (ninguna llegó realmente a interesarme) sino porque sabía que las bofetadas de los profesores, así como las insoportables bromas de mis compañeros, podrían llegarme de donde menos lo sospechase. Los chicos de mi clase la tenían tomada conmigo, aunque todavía más, por fortuna, con un tal Thomas Mindernickel, que era el auténtico chivo expiatorio del curso. Yo quedaba como suplente- -por así decir- para cuando Mindernickel no venía al colegio (cosa que sucedía con frecuencia, pues era más bien enfermizo) Aunque las bromas de mis amigos (durante largos años estuve llamándolos, pese a todo, mis amigos eran terroríficas, a quien yo más temía era a los profesores, que aprovechaban cualquier descuido por nuestra parte para propinarnos sus bofetadas. En realidad, yo era uno de los que más bofetadas recibía; y no porque fuera un mal estudiante o porque mi comportamiento dejara que desear, sino porque me sentaba en el primer banco de la primera fila. Era, por tanto, quien más a mano tenían. Yo no había escogido ese sitio; aquél era el puesto que me correspondía por orden alfabético: aquel lugar- -el maldito primer banco de la primera maldita fila- -fue el que me correspondió durante todos los tristes y largos años que pasé en aquella escuela de provincias. Al no poder abofetearnos a to- D dos- -conforme habría sido su deseo- para intimidarnos, los profesores abofeteaban sólo a uno, que solía ser yo. ¡Eso por estar distraído! me decían tras la bofetada. O, ¡por mirar a las musarañas! una razón que también se esgrimió más de una vez. Por aquel entonces, yo no sabía bien lo que eran las musarañas; y ni siquiera hoy estoy seguro de saberlo con precisión. El caso es que mis profesores de la llamada primera enseñanza (luego fue diferente, acaso peor) me abofeteaban sin cesar, obligándome a llevarme la mano a la cara, fuera antes de que la bofetada se produjese o después, en el vano intento de calmar la picazón. ás que el dolor en sí (mucho más soportable de lo que antes de recibir aquellas bofetadas imaginaba) lo que más me fastidiaba de aquellas injustas bofetadas es que llegasen cuando menos las esperaba. Más aún: por mucho que las esperase, ¡nunca logré adivinar el momento en que iban a producirse! Así que me sorprendían, humillándome muchísimo por su carácter imprevisible. Por esta razón, en cuanto veía que un profesor o profesora bajaba de su M tarima (sobre todo las profesoras, que eran las que más me pegaban) me cubría las dos mejillas para así amortiguar el posible golpe. Pese a mis precauciones, no podía impedir quitar las manos del rostro alguna vez, fuera para pasar de página, para abrir el estuche o para ordenar la cartera, que solía tener incomprensiblemente desordenada. Para mi desgracia esos eran los momentos, precisamente ésos, que aprovechaban mis profesores. Tal era la coincidencia entre mis escasos descuidos y sus intolerables bofetadas que parecía como si estuvieran esperando estos brevísimos instantes de flaqueza para flagelarme como sólo sabe hacerlo un adulto con un niño. Todo esto me llenaba de una rabia e impotencia infinitas. Porque eso era lo más enojoso, la impotencia. Yo no podía levantarme, como habría sido mi deseo, y pelearme con el profesor o profesora que me había abofeteado. Yo sólo podía quedarme El último día del año, en la última clase, cuando ya creía haberme librado de aquellas brutales bofetadas, recibí la última, tan inesperada e inmerecida como todas las demás