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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO había salido del lavabo de la habitación con unos calzoncillos rojos que le cubrían ridículamente sus partes. Julia, asombrada, le miró fijamente a los ojos como queriendo reconocer al hombre que amablemente se había prestado a pagarle un sándwich y una coca cola en la barra del bar del hotel. Llevaba todo el día deambulando de un lado para otro y al atardecer empezó a notar el estómago vacío, no recordaba la última vez que comió, sin dudarlo entró en la primera cafetería y pidió que le sirvieran. Su aspecto no debía de ser habitual en una cafetería de lujo con aire acondicionado y camareros de chaquetilla blanca. Cuando estaba dando los últimos bocados, un hombre maduro, rondando los cuarenta, se sentó en el taburete de al lado. Pronto comenzaron una conversación insulsa. ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste? -Tenía hambre. -Vives aquí o estás de paso. Menudo pelmazo, pensó Julia. Al ir a pagar se dio cuenta de que no llevaba dinero y no le quedó más remedio que soportar y responder las estupideces a las que el tipo de al lado la estaba sometiendo. Julia no llegó a desnudarse, utilizó la lámpara de la mesilla del cuarto del hotel que parecía suficientemente contundente para romperle el cráneo. erró el libro e inmediatamente abrió el cuaderno donde había dejado el comienzo de un relato la noche anterior. Ahora ya sabía cómo debía ser el final. Tenía que matar a su carcelero. Ése debía ser el final, no entendía cómo no lo había visto antes. Era perfecto. Buscaría la manera para engatusar a su carcelero y en el momento más inesperado conseguiría matarlo. Había tardado meses en dar con el dichoso desarrollo de la historia, pero ahora lo veía clarísimo. Era cuestión de días, encontraría la forma de envenenarle. Se trataría de una muerte por ahogo, ella misma se encargaría de que no encontraran el cadáver antes de que el agua salada borrara las huellas del delito. A pesar de sus más que abundantes conocimientos médicos, cuando se trataba de un tema delicado solía pedir consejo a un amigo psiquiatra. En esta ocasión se trataba de proporcionar a la víctima un medicamento que fuera gradualmente debilitando su capacidad co- ronaria sobre todo como resultado de un sobreesfuerzo físico. Él le propuso un fármaco infalible que se absorbería poco a poco y que apenas dejaría rastros en el cuerpo. Cambió, con suma paciencia, los polvos de las cápsulas que le habían recetado a Gerald por el compuesto de las que le había sugerido su amigo médico antes de irse a Moscú invitada por el Instituto Cervantes. Sólo le quedaban quince y fueron éstas las que adulteró. Imaginó que cuando se le acabaran, Gerald se acercaría al pueblo que se encontraba a unos doce kilómetros y compraría un nuevo frasco. Para entonces, ya sería demasiado tarde, el veneno estaría corriendo por sus venas, el daño sería irreparable. Nada podía detener su muerte más o menos inmediata. G C erald, a diferencia de ella, necesitaba del aislamiento absoluto para poder escribir, tenía casi treinta años más que ella, y su única forma de comunicarse con el resto de la humanidad era a través de la escritura, no soportaba el contacto con el resto de los mortales. Muy al contrario de lo que le ocurría a ella. Durante su estancia en Moscú se dedicó a enviarle cartas de amor al apartado de correos que poseían. Mientras las escribía no sabía si estaba escribiendo a un muerto. Cuando regresó encontró la casa abierta como solía estar, encontró todas las cosas en su sitio, tal y como las había dejado, había sólo una carta suya abierta, dos más seguían cerradas encima de la bandeja del recibidor. Él había ido a la farmacia para comprar nuevas píldoras, pero el tarro estaba intacto. Ella no quiso tocar nada y llamó inmediatamente a la policía denunciando la desaparición de su marido. Pasados los trámites necesarios volvió a su ciudad, donde siguió escribiendo como había hecho hasta ahora. Él era el que le había sustraído el contacto con la vida. Todavía hoy sigue siendo un caso sin resolver por la policía. La novela que Gerald leyó antes de que ella iniciara su viaje a Moscú y que tanto le desagradó hasta el punto de proponerle que volviera a empezar y tirara esa bazofia, se había convertido para entonces en un gran éxito de crítica y de ventas. Ahora vive en Roma; cuando echa de menos el mar, se sumerge en él. Al fin y al cabo, es como estar en una habitación sin paredes y se siente a gusto. Las góndolas forman ya parte del paisaje de la Serenísima REUTERS La ciudad enroscada A Venecia todo el mundo viene a esconderse. Le sucedió, de seguro, a algún oficial romano que quiso desertar y no se le ocurrió otra cosa que refugiarse en aquella aldea de palafitos que parecía colgada, allí, en medio de la laguna y que nunca perteneció al Imperio. Pasó después con otros, más ilustres, desde el estrambótico Casanova hasta Wagner, pasando por Diaghilev, que estuvo media vida evitando el agua por culpa de una profecía en la que se le representaba víctima de la misma y murió ahogado en esta ciudad mientras se trasladaba en góndola; Auden, que lloraba ciertas penas en los cafés de la Plaza de San Marcos; Hemingway, siempre en el Harry s Bar bebiendo de gorra; hasta Donna Leon, que ha elegido esta ciudad para que nadie la reconozca como la escritora de éxito que es y lleva allí una curiosa vida de anonimato mientras perpetra crímenes imaginarios. También, cómo no, Javier Marías, que pasó temporadas en la ciudad, quizá trabajando en una traducción, pero con similar sensación de encontrarse escondido, casi desaparecido. Por ello tenemos que traer a cuento la obra de Thomas Mann Muerte en Venecia Y no porque el fervor de los años ochenta por la versión cinematográfica de Visconti contribuya a ello, que también, sino porque pocas veces se ha retratado el alma de Venecia como en esta novela, ese ansia de recorrer laberintos que parecen no llevar a parte alguna y que, sabemos, en el fondo no es más que una huida aplazada de la muerte. Es lo que le ocurre al escritor Gustav Aschenbach que, muy a lo Schopenhauer, filósofo que Thomas Mann adoraba con estremecimiento, encuentra en Venecia no sólo la belleza, sino también la muerte, en inextricable unión. Háganse con un mapa de Venecia o una vista aérea de la ciudad: es inolvidable, porque retrata el alma de la misma. Un dédalo de calles retorcidas que desembocan en una plaza, símbolo del comercio, mientras el mar la rodea en una metáfora de su destino, atravesada por un canal que, por esta vez, no pasa de ser una Calle Mayor, llena de todos los colores de la pintura, sí, pero una Calle Mayor a fin de cuentas.