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10 8 06 FIRMAS RELATO Una habitación sin paredes POR PAULA IZQUIERDO Licenciada en Psicología, es autora de La vida sin secreto El hueco de tu cuerpo Cartas de amor salvaje Anónimas Picasso y las mujeres y La falta Ha obtenido el premio de narrativa breve de la UNED por Sin prisa or fin podía volver a escribir. Dos meses después de haber empezado la promoción de su última novela, regresaba a lo que en un principio creyó sería la tranquilidad de su recién estrenado estudio, donde los días tendrían otro tiempo, otra dimensión. Habían sido dos meses de viajes, ruedas de prensa y presentaciones. Lo que era un anhelo iba cobrando forma real. Primero fueron cuentos para niños, luego poemas en revistas más o menos anónimas, después una novela surrealista que no tuvo ninguna repercusión y ahora este éxito inesperado con la última novela: Vida de una sexo adicta Su editor estaba eufórico, él no creía en una venta masiva, ella mucho menos. Tal vez era el tema del cuento lo P que había entusiasmado al público, su título probablemente también. Una vez hablando con un conocido, comentó: Yo compro los libros, no por su autor, ni por su aspecto, sino por el título... al fin y al cabo cuando estoy en mi biblioteca lo que leo son los títulos... y éstos siempre me sugieren algo Aquella confesión le pareció bastante superflua, pero tal vez era un hecho generalizado entre los lectores aficionados. Una vez, hablando de sus deseos de escribir, alguien contestó: -Hay mucha gente que pretende escribir, pero cuando han contado su vida más o menos mediocre, se les agota la fuente de inspiración y abandonan. Claudia pensó en el argumento de la novela que siempre había querido escribir, y efectivamente había algo de sí misma, tan sutilmente entremezclado con la fantasía que hasta ella dudaba dónde empezaba ésta y acababa lo autobiográfico. -Tienes razón, sin embargo, no es suficiente motivo para no intentarlo. La vida puede ser tan aburrida como para no contarla o por el contrario sacarle tanto partido que sea una infinita fuente de inspiración. Al fin y al cabo, nadie duda de que sea la vida la materia prima de los narradores. Siempre había creído que los escritores debían de tener un rincón suyo, íntimo, donde poder desafiar a Mercurio, rebuscar en los recuerdos, y dar rienda suelta a las palabras. A Claudia le pareció curioso descubrir que algunos escritores- -como había leído en un articulo de una revista de moda- -poseyeran costumbres y manías muy arraigadas para poder escribir: una hora del día, silencio a su alrededor, orden, desorden, un amuleto, una foto, velas, diccionarios, una determinada forma de vestir, libros fetiche a su alrededor y miles de extravagancias más. Ella no necesitaba nada, cuando escribía el entorno era su cerebro, todo provenía de él, los objetos no eran, no existían; sólo precisaba estar cómoda y tener cigarrillos sufi- cientes. No le gustaban las interrupciones pero más que por su novela era porque tenía la misma sensación que cuando te despiertan de un sueño asombroso, luego regresar a él se hace difícil. Su marido siempre había querido vivir cerca del mar, ella se había criado en una ciudad sin costa pero pronto empezó a compartir los deseos de él, gracias a que le enseñó los encantos y las ventajas de vivir al lado de la playa. En cuanto tuvieron oportunidad se trasladaron a aquella isla. laudia acababa de cumplir 28 años, había nacido en la capital de su país- -este es un dato biográfico que no influyó en su vida o al menos eso creía- llevaba tres años casada cuando publicó su primera novela. Era una mujer ingenua, inteligente y actual- -si por actual se entiende el que hubiera estudiado una carrera y trabajado en ella hasta que decidió dedicarse por entero a escribir- Como toda mujer de su generación, sufría una falta de identificación cultural; había sido educada para desempeñar el rol de mujer inteligente y trabajadora, pero ni lo había vivido en su propio entorno familiar ni su marido había sido educado para realizar las tareas propias de mujeres La diferencia de edad era uno de los motivos más evidentes para que así fuera. Era un dilema convivir con tantas y tan variopintas educaciones e ideas. Todo un mundo de contradicciones Desde que había vuelto, Claudia se había propuesto sentarse cada día delante del ordenador e intentar escribir al menos cinco páginas. Pero aquel día tenía la mente en otro sitio, no podía concentrarse. Alcanzó el libro que había sobre la mesa, lo abrió al azar y comenzó a leer. ¿Julia, qué estas esperando para desnudarte? El hombre bronceado por el sol C La vida puede ser tan aburrida como para no contarla o por el contrario sacarle tanto partido que sea una infinita fuente de inspiración Ahora ya sabía cómo debía ser el final. Tenía que matar a su carcelero. Ése debía ser el final, no entendía cómo no lo había visto antes