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4- 5 40 LOS VERANOS DE Rolando Villazón, ¡viva México lindo! El tenor mexicano conquistó al público que se acercó al Festival de Perelada con un repertorio de ópera que culminó en una romanza de zarzuela sobresaliente POR PABLO MELÉNDEZ- HADDAD FOTO: JORDI MESTRE ace un par de años, cuando faltaban pocos minutos para que se levantara el telón de una gala operística en el Metropolitan Opera House de Nueva York, una popular soprano española muy relacionada con la prensa rosa le dijo, medio indignada y medio histérica, a una colega chilena que se aprestaba a cantar la romanza De España vengo con mantón y abanico: Oye, ¡que la española soy yo! La zarzuela es patrimonio de todos, de los hispanohablantes, de los americanos, de los europeos, de los asiáticos... Si alguien lo duda, que se lo pregunte al tenor mexicano Rolando Villazón, que la noche del martes despidió su debut en la XX edición del Festival Internacional Castillo de Perelada (Gerona) con una impresionante versión de No puede ser de La Tabernera del puerto una de las obras maestras de Pablo Sorozábal. Con este pedazo de romanza, interpretada con generosidad, absoluto desparpajo y dejándose el alma en el escenario, el carismático cantante acabó de ganarse a un público que venía dispuesto a disfrutar de la siempre gratificante entrega de esta nueva estrella del firmamento lírico internacional, que continúa su ascenso al olimpo gracias a un talento desbordante, a una ambición artística sin límite, a un olfato teatral innato y a una desenfrenada pasión por lo que hace. El cantante mexicano llegó a Perelada para demostrar cuánto le gusta cantar, dándolo todo desde ese Il mio tesoro en el cual expuso un eximio control de línea, fiato coloratura, reguladores, fraseo, canto legato Todo sencillamente de fábula. Rolando Villazón emocionó con su contenido Lensky, impactó con un extrovertido Don José y causó el delirio con ese Lamento de Federico que se guardó sorprendentemente para el final, joyas de un programa innovador y bien planteado en el que sólo cojearon la trillada obertura de aquella ópera innombrable y ese final que echó en falta una gran escena de bravura, porque no era la ocasión para acabar en tono menor. Villazón encandiló sobre todo H Una escena del Réquiem de Boris Eifman, basado en Mozart BALLET DE BORIS EIFMAN Dos homenajes POR JULIO BRAVO FOTO: EFE Rolando Villazón, en Perelada porque sobre el escenario dejó muy claro que cuando lo pisa está dispuesto a jugarse el tipo por su arte y a elevarse en medio de ese huracán de pasión que mueve su entendimiento. A estas alturas de su desarrollo vocal, es realmente una pena que no lo seduzca más el bel canto romántico, un estilo que domina a la perfección y que podría ayudar a engrandecer, tal y como demostró con I lombardi Marco Armiliato, desde el podio y ante una correcta Filarmónica de Praga, apoyó al tenor en todo momento, sin destacar especialmente en las piezas instrumentales como en esa lectura rutinaria de una pieza tan histriónica como es el Intermezzo de Manon Lescaut Después de un amago de despedida, a la que el público renunció con estruendo, Villazón regaló tres propinas, la última de las cuales fue esa inolvidable No puede ser un botón de muestra de un repertorio, el zarzuelístico, que el cantante mexicano ha hecho suyo y que acaba de plasmar en un disco guiado por la sabia batuta de Plácido Domingo. Hace ya diecisiete años que Boris Eifman pisó por vez primera suelo español (el teatro Alcalá Palace de Madrid) con su compañía, llamada entonces Ballet de Leningrado. Existía la Unión Soviética, sumergida en plena perestroika y el Muro de Berlín no había caído aún. Eifman era por aquel entonces el enfant terrible del ballet soviético, acababa de recibir el plácet -algo reticente- -de las autoridades culturales de su país y sus coreografías mostraban un camino todavía inédito por aquellos pagos. Hoy, el trabajo de Boris Eifman ya no sorprende, pero mantiene el sello de calidad que ya hace diecisiete años era uno de sus principales objetivos. En Santander dejó huella el pasado año con dos obras, Anna Karenina y Don Juan y Molière y sus responsables han querido repetir este año con un programa doble, compuesto por Las tres musas, homenaje a Balanchine y Réquiem sobre la inmortal pieza de Mozart. Eifman creó Las tres musas para el New York City Ballet (la compañía que fundara y dirigiera George Balanchine) El coreógrafo ruso ha trabajado en diversas ocasiones allí, lo que muestra el respeto y el aprecio por su obra. Se estrenó, con el título de Musagète el 18 de junio de 2004, y el coreógrafo lo adaptó posteriormente para su compañía. Eifman nunca ha escondido su admiración y su fascinación por George Balanchine, el creador que transformó y revolucionó el ballet clásico a mediados del siglo pasado. Apoyado en la música de Bach (un compositor muy presente en la obra de Balanchine) Eifman ha trazado una pieza nostálgica, que arranca con un anciano Balanchine que se levanta de su silla de ruedas para recordar su trayectoria a través de las musas que le inspiraron (la última fue Suzanne Farrell) Pasos a dos de una hermosa intensidad se suman a escenas de conjunto donde Eifman muestra su calidad y su maestría. Pero es en el dramatismo, en su magnífico sentido escénico, donde encuentra el coreógrafo su mayor arma expresiva. Hay guiños y citas a las obras de Balanchine, a quien encarna con poderío Oleg Markov. La segunda parte de este programa, inédito en España, es el Réquiem un homenaje a Mozart (se estrenó en 1991, otro año de celebraciones mozartianas, como éste) Eifman no ha dibujado esta obra con la inspiración y el pulso de anteriores coreografías. Basado especialmente en números de conjunto (la compañía es espléndida) no posee la profundidad que reclama la portentosa partitura; a la coreografía le falta en muchos momentos naturalidad y fluidez, y no llega a prender en ningún momento la chispa de la emoción.