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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO nes, la salud de la bisabuela Panchita irá cayendo en picado. Duerme mi abuela en la alcoba principal, en una cama turca junto a la cama de matrimonio en la que yace la enferma. La niña hará lo que esté en su mano para aliviar los dolores de su madre. Aprender a poner inyecciones, por ejemplo. La morfina es lo único que calma el sufrimiento de Panchita, así que otra cosa que hace la abuela Carmen es aumentar, cuando lo considera oportuno y en contra del consejo médico, la dosis de morfina. Esto es como el amor, debe de pensar la niña: hoy más que ayer, pero menos que mañana. Qué angustia la de mi abuela niña, oír en la oscuridad del dormitorio la marea de esa respiración fatigada que crece y decrece y que quizá no se reanude. Qué angustia aguardar las palabras Hija, no aguanto más que anuncian una nueva crisis. Qué angustia saber que después de cada inyección, cuando los ojos de mamá se cierran agradecidos, el dolor simplemente se ha retirado para afilar sus cuchillos, a la espera del próximo asalto. Puede que ustedes se pregunten por qué es mi abuela, y no su hermana mayor, la encargada de administrarle la morfina a Panchita. Resulta que Isabel, de natural aprensiva, se desmaya en tales trances. O hace ver que se desmaya, no está muy claro. n cuanto al resto de los parientes, vayamos por partes: los dos Pepes fallecieron tiempo atrás; y las ratas- -perdón: las tías- -han ido abandonando el barco. Salvo la tía Carmen, que permanece al pie del cañón. Pero la tía Carmen es ver una jeringuilla y santiguarse. Ella esas cosas, ni tocarlas. ¿Quién nos queda? José Luis, el hijo de la tía Carmen- -un crío- Luisito, el tercero de los hermanos- -demasiado pequeño- y Pepina, la buena de Pepina, que se pasa los días encerrada en la cocina, guisando y llorando. Así le sale la comida de salada. Las desgracias nunca llegan solas: al perro Pamplinas habrá que sacrificarlo. Últimamente no deja de gruñir y de enseñar los dientes. No permite que mi abuela se acerque al lecho de su ama, y menos con una aguja hipodérmica. El cáncer vence la partida y Panchita muere el 16 de mayo de 1933, a los treinta y ocho años. Mi abuela tiene catorce o quince, según queramos nosotros. Y de repente mi abuela niña ya no es tan niña. De repente mi abuela niña se ha transformado en una mujer, y qué mujer. Si uno la ve de lejos, con la melena tapándole media cara, le encuentra un asombroso parecido con Veronica Lake. Pero cuando la tenemos cerca, de Veronica Lake nada: a quien se da un aire la abuela Carmen es a Loretta Young. Con esas curvas peligrosas y esos labios apretados y esas cejas como olas y esa cinturita de alambre, ¿quién no va a fijarse en mi abuela? L E a tarde que evoco, unas amigas y ella acababan de entrar en una cafetería del centro. De Preciados, de Callao, de por ahí. Cafetería Arlequín, creo que se llamaba. En el interior de la Cafetería Arlequín, confidencias y risas. En el interior de la Cafetería Arlequín, cubitos de hielo tintineando en los refrescos, y alguna que otra copa para las más atrevidas. En el interior de la Cafetería Arlequín, humo de cigarrillos y luces tenues. Y una de las chicas del grupo que amaga unos pasos de baile al compás de la música de la máquina de discos. ¡Ah, las juke- boxes Por un níquel la felicidad cantaban Los Cinco Latinos. ¿O no eran Los Cinco Latinos? Un hombre observa a Loretta Young desde las sombras de la Cafetería Arlequín. Se le ha parado el corazón, pero él no lo sabe. El hombre mira a Loretta Young con ojos de golosito. Desde su mesa, Loretta Young espía a este hombre, aunque reconozcamos que lo hace con más disimulo que él. Qué guapo piensa entre sorbo y sorbo Loretta Young. Quien, al rato, pretextando una excusa para ir al baño, se pone de pie, se ajusta la falda e, invirtiendo una cantidad de tiempo exagerada en esta maniobra, se encamina hacia el pasillo de los lavabos. Donde el hombre la aborda y la requiebra: Tiene usted los ojos negros y rasgados, como mis calzoncillos El piropo provoca las carcajadas de Loretta Young, que siempre ha sido de risa fácil. Animado por su reacción, el hombre le pide una cita para mañana, aquí mismo, sí, en la Cafetería Arlequín, ¿dónde mejor? en medio de estas sombras y de esta música. Nuestra Loretta Young particular y el hombre de la Cafetería Arlequín se casan tres meses después. Mi abuela ha cumplido diecisiete años; mi abuelo, treinta y dos. El tranvía es uno de los protagonistas de la ciudad BELÉN RODRIGO La ciudad navío Lisboa es la promesa nunca cumplida de un pasado mejor, pero del que uno nunca sabe a qué atenerse. Vaya un ejemplo: después del terremoto que asoló la ciudad, Pombal construyó el barrio de la Baixa en una muestra de urbanismo ilustrado que aún hoy es el ejemplo más acabado del mismo en el mundo. Pues bien, en el lugar emblemático del barrio, en la plaza más representativa de la ciudad, en el Rossío, se yergue la estatua de Pedro IV, el gran rey de Portugal. Tan acabada muestra de tener todas las cosas en su sitio no va con los portugueses que tienen el alma bañada de literatura oral y de viajes marítimos, de cuentos ancestrales y de un sentido de la realidad meritorio, pero algo miserable: cuentan, entonces, que esa estatua no es la de Pedro IV, sino la de Maximilano de México, fusilado antes de que el encargo llegara a su destino, por lo que se lo quedaron. Y esta historia era una de tantas que pueblan la ciudad y que encantaban a Pessoa. No es extraño que la ciudad y el poeta se acoplaran tan bien. Eran almas gemelas. Por eso, hablar de Lisboa y de Fernando Pessoa es, en cierta manera, lo mismo. Semejantes en sus ambigüedades, en sus personalidades escindidas, en su secretismo, en cierta displicencia, en cierta elegancia, en cierto paroxismo falsamente provinciano. Recorrer Lisboa es ir acompañado de cinco o seis personalidades distintas y que pertenecieron todas a una misma persona, discreta hasta pasar desapercibida, como la ciudad misma. De ahí que aquellos que han querido cantarla en nuestros tiempos hayan usado epítetos como la ciudad blanca y cosas así, en un intento forzado por explicar su carácter ausente. Tabucchi, que tiene la ventaja de ser extranjero y, por tanto, mirar los tópicos sin vergüenza, ha sido el autor que ha sabido reflejar con más éxito la Lisboa de hoy, pero quizá sea Cardoso Pires el que haya dado en la diana. Cardoso ve a Lisboa como un diario de a bordo. Es una ciudad navío que navega sin saberlo. Como lo quería Pessoa, castizo hasta la médula y que había nacido en Suráfrica y había sido educado en inglés. Puro destino marítimo.