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9 8 06 FIRMAS RELATO Mi abuela niña POR ANTONIO FONTANA Antonio Fontana es periodista. En 1997 publicó su primera novela, De hombre a hombre Con la segunda, El perdón de los pecados quedó finalista del premio Café Gijón 2003 n la casa de Don Ramón de la Cruz, que adornaba su fachada con dos balcones y un mirador, nació mi abuela materna, María del Carmen de la Matta Hontana, un 19 de noviembre, no se sabe muy bien si de 1918 o de 1919. Al número 65 de aquel paseo madrileño se habían trasladado, allá por 1914, Luis de la Matta y de la Cortina y Panchita Hontana Cabello, sus padres. Una curiosidad: la mañana de 1906 que Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg contraían matrimonio, la bisabuela Panchita y su tata aguardaban el paso del desfile en el tumulto de la calle Mayor. Como medio Madrid, se habían unido a la muchedumbre que aquel 31 de mayo celebraba la boda regia; como medio Madrid, albergaban la esperanza de divisar a los protagonistas del enlace en el recorrido del cortejo entre la iglesia de los Jerónimos y el Palacio E Real. El ramo de flores de Mateo Morral, uno de los cientos que volaban sobre la carroza, cayó desde el balcón de un cuarto piso que, según las posteriores pesquisas, pertenecía a una casa de huéspedes. Años después, Panchita recordaría la explosión de la bomba, la humareda, los gritos, el piafar y los relinchos de los caballos, el pánico, la avalancha de gente, las persianas y los cristales rotos, la sangre. La sangre en los adoquines es lo que mejor recordaría Panchita, la sangre de los heridos mezclándose con la sangre de los muertos, ya fueran curiosos o miembros de la escolta. Explicaba Panchita que la larga cola del vestido de la novia, de más de tres metros, amortiguó el impacto de la metralla y salvó la vida de los Reyes. Pero regresemos a Don Ramón de la Cruz. Tanto María del Carmen como sus hermanos- -Isabel, la mayor; Luis, el menor- -crecieron en aquella casa del barrio de Salamanca que parecía la parada del autobús: a papá, mamá y los tres niños había que sumar las hermanas de Panchita- -la tía Carmen, la tía Lola y la tía María- la hermana de Luis- -la tía Concha, alias Veneno- el primo José Luis, hijo de la tía Carmen; un tal tío Pepe- ¿tío del bisabuelo? ¿tío de la bisabuela? -y un señor de melena blanca y barba de apóstol al que los adultos, con mucha educación y reverencia, llamaban Pepe Purquis. Digo yo que lo del apellido sería para distinguirlo del otro Pepe. iembros de la familia eran también el perro Pamplinas, dueño de unas orejas larguísimas que arrastraba por el suelo, y la gata Dinora, un felino blanco de mirada azul. Hasta tal punto se los tenía en consideración que, en la improbable pero no imposible circunstancia de que la vivienda fuera a quedarse vacía, el último en abandonarla dejaba encendida la radio para que los animales se sintieran acompañados. En cuanto al servicio de aquella familia, se reducía a Pepina, el ama de cría del bisabuelo Luis, una gallega reconcentrada que, andando el tiempo, se transformó en chacha para todo. El 17 de enero de 1927, a los treinta y tres años, muere el bisabuelo Luis. De tuberculosis. Mi abuela tiene ocho o nueve años, depende de si apostamos por 1918 o por 1919 como fecha de su nacimiento. La bisabuela Panchita se defiende trabajando de manicura. Entre las clientas cuyas residencias visita, marquesas y alguna Primo de Rivera. Más que arreglarles las uñas, Panchita les da charleta. A cambio, las señoronas, con exquisito tacto, deslizan sobrecitos en el interior del bolso de la bisabuela. En estos círculos no se habla de dinero, sería una ordinariez. Tampoco de la falta de dinero. En 1928 operan a Panchita. De un bulto en el pecho. Es el principio del fin: a pesar de las radiacio- M En 1928 operan a Panchita. De un bulto en el pecho. Es el principio del fin: a pesar de las radiaciones, la salud de la bisabuela Panchita irá cayendo en picado Con esas curvas peligrosas y esos labios apretados y esas cejas como olas y esa cinturita de alambre, ¿quién no va a fijarse en mi abuela?