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ABC MIÉRCOLES 9 8 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL 22 DE AGOSTO A la larga, parece que lo mejor, y tal vez la única esperanza, sea apelar a aquellos musulmanes, iraníes, árabes y otros que no comparten esas percepciones y aspiraciones apocalípticas y que se sienten igual de amenazados que nosotros... URANTE la Guerra Fría, ambos bandos poseían armas de destrucción masiva, pero no las utilizaron, disuadidos por lo que se conocía como DMA, o destrucción mutua asegurada. No cabe duda de que unas limitaciones similares han impedido su uso en el conflicto entre India y Pakistán. En nuestros días, parece estar aflorando un nuevo enfrentamiento de ese tipo entre un Irán que podría poseer armas nucleares y sus enemigos favoritos, bautizados por el difunto ayatolá Jomeini como el Gran Satán y el Pequeño Satán, es decir, Estados Unidos e Israel. Contra Estados Unidos, las bombas podrían ser lanzadas por terroristas, un método que cuenta con la ventaja de no llevar remitente. Contra Israel, el objetivo es lo bastante reducido como para intentar sembrar la destrucción mediante un bombardeo directo. Parece cada vez más probable que los iraníes tengan o vayan a tener muy pronto armas nucleares a su disposición, gracias a sus investigaciones (iniciadas hace unos 15 años) a algunos de sus complacientes vecinos, y a los siempre serviciales gobernantes de Corea del Norte. El lenguaje empleado por el presidente iraní Ahmadineyad parece dar a entender el realismo y, de hecho, la inminencia de esta amenaza. ¿Impedirían las mismas limitaciones, el mismo temor a una destrucción mutua asegurada, que un Irán en posesión de armas nucleares las utilizara contra EE. UU. o Israel? xiste una diferencia radical entre la República Islámica de Irán y otros gobiernos provistos de armas nucleares. Esta diferencia se manifiesta en lo que sólo puede describirse como la visión apocalíptica del mundo de los actuales gobernantes iraníes. Esta visión y expectativa del mundo, intensamente expresada en discursos, artículos e incluso libros de texto, claramente moldean la percepción y, por consiguiente, las políticas de Ahmadineyad y sus discípulos. Incluso en el pasado estaba claro que los terroristas que afirman actuar en nombre del islam no sentían remordimiento alguno al asesinar a un gran número de musulmanes. Un ejemplo notable fueron los atentados en las embajadas estadounidenses del este de África en 1998, que se cobraron la vida de algunos diplomáticos estadounidenses y de un número muy superior de transeúntes locales y neutrales, muchos de ellos musulmanes. Y en los últimos 15 años ha habido muchas otras víctimas musulmanas en diversos atentados terroristas. Por lo general, la frase Alá conocerá a los suyos se utiliza para explicar esa despreocupación aparentemente despiadada; significa que, mientras que a las víctimas infieles, es decir, a las no musulmanas, les espera un merecido castigo en el infierno, los musulmanes serán enviados directamente al cielo. Según este punto de vista, los terroristas en realidad están haciendo un favor a sus víctimas musulmanas al darles un acceso rápido al paraíso y sus placeres: las recompensas sin las pugnas del martirio. Los libros de texto de las es- D cuelas dicen a los jóvenes iraníes que estén preparados para un combate mundial definitivo contra un enemigo maligno, conocido como EE. UU. y que se preparen para los privilegios del martirio. unque es posible, un ataque directo contra EE. UU. es menos probable en un futuro inmediato. Israel es un objetivo más cercano y sencillo, y Ahmadineyad ha dado indicios de pensar de ese modo. Al observador occidental enseguida se le ocurrirán dos posibles elementos de disuasión. El primero es que un ataque que destruyera Israel también aniquilaría casi con total seguridad a los palestinos. El segundo es que semejante ataque provocaría una devastadora represalia de Israel contra Irán, ya que cabe dar por supuesto que los israelíes han realizado los preparativos necesarios para un contraataque incluso después de un holocausto nuclear en su país. El primero de esos posibles elementos de disuasión bien podría ser motivo de preocupación para los palestinos, pero aparentemente no para sus adalides fanáticos en el Gobierno iraní. Como ya se ha mencionado, el segundo elemento de disuasión- -la amenaza de represalias directas contra Irán- ya se ve debilitado por el complejo de suicidios o martirios que afecta a algunas zonas del mundo islámico actual, sin parangón en otras religiones y tampoco, de hecho, en el pasado islámico. Este complejo ha cobrado incluso más importancia en la actualidad, debido a esta nueva visión apocalíptica. En el islam, al igual que en el judaísmo y la cristiandad, existen ciertas creencias relativas a la lucha cósmica al final de los tiempos: Gog y Magog, el Anticristo, el Apocalipsis y, para los musulmanes chiíes, el esperado retorno del Imán Oculto, que culminará con la victoria final de las fuerzas del bien sobre el mal, independientemente de cómo se definan esos conceptos. Sin duda, Ahmadineyad y sus seguidores creen que ese momento A ha llegado, y que la batalla final ha comenzado y, de hecho, está muy avanzada. Puede que incluso tenga fecha, como indican las varias referencias del presidente iraní respecto a dar su respuesta definitiva a EE. UU. sobre el desarrollo nuclear el 22 de agosto. Al principio se habló de finales de agosto pero la declaración de Ahmadineyad fue más precisa. ¿Qué importancia tiene el 22 de agosto? Este año, el 22 de agosto se corresponde en el calendario islámico con el 27. día del mes de Rayab del año 1427. Según la tradición, ésa es la noche en la que muchos musulmanes conmemoran el vuelo nocturno del profeta Mahoma a lomos del caballo alado Buraq, primero hasta la mezquita más remota normalmente identificada con Jerusalén, y luego hasta el cielo y de nuevo a la Tierra (ver Corán XVII. 1) Ésta podría considerarse una fecha apropiada para el fin apocalíptico de Israel y, si es necesario, del mundo. No es ni mucho menos seguro que Ahmadineyad esté preparando unos acontecimientos tan catastróficos precisamente para el 22 de agosto. Pero convendría tener en cuenta esa posibilidad. n pasaje del ayatolá Jomeini, citado en un libro de texto iraní de 11. curso, es revelador: Anuncio contundentemente a todo el mundo que si los devoradores del mundo (es decir, las potencias infieles) desean oponerse a nuestra religión, nosotros nos opondremos a su mundo entero y no cesaremos hasta lograr la aniquilación de todos ellos. O somos todos libres, o recurriremos a la mayor libertad, que es el martirio. O nos estrechamos la mano por la alegría de la victoria del islam en el mundo, o todos nosotros buscaremos la vida eterna y el martirio. En ambos casos, la victoria y el éxito son nuestros En este contexto, la destrucción mutua asegurada, el elemento disuasorio que funcionó tan bien durante la Guerra Fría, no tendría sentido. Al final de los tiempos, habrá una destrucción general de todos modos. Lo que importará será el destino final de los muertos: el infierno para los infieles y el cielo para los creyentes. Para las personas con esta mentalidad, la DMA no es una limitación, sino un aliciente. Por tanto, ¿cómo podemos enfrentarnos a un enemigo así, con semejante concepto de la vida y la muerte? Evidentemente, es posible y necesario tomar algunas precauciones inmediatas. A la larga, parece que lo mejor, y tal vez la única esperanza, sea apelar a aquellos musulmanes, iraníes, árabes y otros que no comparten esas percepciones y aspiraciones apocalípticas y que se sienten igual de amenazados que nosotros, e incluso más. Debe de haber muchos, probablemente incluso una mayoría en las tierras del islam. Ha llegado la hora de que salven a sus países, sus sociedades y su religión de la locura de la DMA. U E BERNARD LEWIS Catedrático emérito de Princeton The Wall Street Journal 2006 Dow Jones Company