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46 MARTES 8 8 2006 ABC FIRMAS EN ABC RUSSELL P. SEBOLD ENSAYISTA RECORDANDO LA VIEJA RESI Lo que yo echo de menos es el aire de balneario decimonónico destartalado que tenía la vieja Residencia... A Resi es la venerable institución madrileña llamada Residencia de Estudiantes; es decir, la de Dalí, Buñuel y Lorca, que tanto se evoca en los estudios sobre la generación del 27. Mas no me propongo añadir una nueva referencia a la bibliografía histórica y literaria acerca de esta casa, sino simplemente recordar algunas impresiones personales sobre tan entrañable hospedería a lo largo de los largos lustros que la frecuento. Conocí la Residencia, aunque imperfectamente, durante mi remota segunda estancia en España. El año era 1958, y varios colegas distinguidos llevaron a este hispanista novel a visitar allí a nuestro ilustre compañero de la tertulia del Café Lion d Or, padre López de Toro, entonces subdirec- L tor de la Biblioteca Nacional. Para la España de Franco, López de Toro era un clérigo tan liberal como amable; era contertuliano, en el Lion d Or, de unos monjes belgas que francamente había que considerar como rojos. Vivía en la Residencia gente que no tenía órdenes sagradas, pero a la hora a la que nos sucedió llegar, andaban por las salas y pasillos tantos frailes y sacerdotes- -además, visitábamos a un sacerdote- que yo me convencí de que era una residencia destinada a clérigos de las profesiones literarias. En fin, fiel a esta falsa impresión, no osé solicitar habitación en la Residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas hasta 1975. En ese año se conservaban aún algunos de los rasgos monásticos de la casa. Sobre la cabecera de la cama de cada huésped estaba colgado un crucifijo. Se quitarían al año siguiente, pero durante varios años, por si se resucitara el Caudillo, se dejaría la silueta de ellos que la mugre había ido grabando en las paredes. Tampoco era infrecuente, en los primeros años de la democracia, ver en la Resi a sacerdotes que vestían aún la tradicional sotana talar; y a este grupo ha- ÁNGEL DE FRUTOS SALVADOR PSICOANALISTA DALÍ ENCUENTRA A FREUD TEFAN Zweig recibe esta carta de Sigmund Freud sobre Salvador Dalí: Debo darle las gracias, de verdad, por la iniciativa que tuvo de acercar hasta mi casa a los visitantes de ayer, ya que hasta ahora me había inclinado a considerar a los surrealistas, que parece ser me habían elegido su santo patrono, como unos locos integrales (digamos en un 95 por ciento, como el alcohol) El joven español, con sus ojos ingenuos y fanáticos y su innegable maestría técnica, me mereció una valoración diferente La entrevista Dalí- Freud tuvo lugar en Londres, donde Freud estaba exiliado, el 19 de julio de 1938, en plena Guerra Civil. La obra freudiana fue una temprana pasión de Salvador Dalí. Hacia 1923, con diecinueve años, recién llegado a la Residencia de Estudiantes, sabe probablemente del primer libro de Freud traducido al castellano, Psicopatología de la vida cotidiana, leído por sus amigos Luis Buñuel y Federico García Lorca, Un año después, lee, como si le fuera la vida en ello, el segundo libro traducido, La interpretación de los sueños. El prólogo de este libro se cierra con la frase, que pudo llegarle al joven pintor, espero que... no pretenderán negar la libertad de pensamiento (Gedankenfreiheit) también S a la vida de los sueños (Traumleben) De igual modo, la frase final: Diríamos, en cambio, que el sueño nos revela el pasado, pues procede de él en todos los sentidos. Sin embargo, la antigua creencia de que el sueño nos muestra el porvenir no carece por completo de verdad. Representándonos un deseo como realizado, nos lleva realmente al porvenir; pero este porvenir que el soñador toma como presente está formado por el deseo indestructible conforme al modelo de dicho pasado Un pasado muy traumático le contempla al joven Dalí. Unos años antes, en 1921, pierde a su amigo y aliado Pepito Pichot y, lo que es más decisivo, se le muere su adorada madre, doña Felipa Domenech. Su muerte le hace escribir que se jura arrebatar a su madre a la muerte con las espadas de la luz, que algún día brillarían... en torno a mi glorioso nombre Un nombre que está en la gloria es el de su hermano, Salvador Dalí, muerto con un año. El pintor nace diez meses después de morir aquel. El dolor de la madre y del padre es tal, que han sustituido muy pronto la pérdida irreparable. Atropellados, en vez de sobrellevar su pena, la dejan caer en el recién nacido, sin saberlo, al imponerle el mismo nombre. ¿A quién llamaban cuando de- cían Salvador? ¿Qué escuchará, qué escuchaba el nuevo Salvador Dalí? Ellos viven con la ilusión de que es el mismo, que no se ha ido, como si fuera un resucitado. Él paseará el trauma de figurarse un muerto vivo, un vivo muriente. Antes de nacer, hubo otro acontecimiento que le marcará: el secreto de la familia. Un secreto de familia es lo que nunca se mienta, de lo que no se puede hablar. Por eso mismo, produce efectos, efectos en esa generación y en sucesivas generaciones. Este secreto familiar es el suicidio del abuelo paterno, Galo Dalí, precipitado por una quiebra financiera. Sin saberlo, nuestro Dalí acabará encontrando a la persona cuyo nombre más puede recordar al de su abuelo muerto: Gala. Esposa del poeta francés Paul Éluard y madre, será con el tiempo amiga, musa y esposa de Salvador Dalí. Ella dará un lugar en su vida al dinero; ello no impedirá que por temporadas le venga a la cabeza la idea fija de que no tiene dinero. ¿Alguna vez pudo disimular el asalto obsesivo de la muerte, de los muertos? El Dalí de 1924 a 1938 encuentra en los escritos de Freud una inspiración para su obra y un viento manso para su vida. Lee a Freud como si el texto freudiano le fuera a acoger en su desconsuelo y, al tiempo, estremecer su pintura. Una suerte de revelación de la otra escena: escena donde vivir, crear y sobrellevar el dolor de existir. Con Freud sabe que el artista debe fidelidad a las impresiones; impresiones forjadas en formas; formas que han de transmitir lo intransmisible. bía que añadir el de ciertos residentes permanentes que eran funcionarios jubilados del régimen desaparecido y te hablaban con cierta dulce benevolencia falangista fraternal. En lo administrativo, tan magna operación era presidida desde la dirección por una dama que algunos llamaban la duquesa aunque a mí se me figuraba que tenía más de marquesa. Lo cierto es que tenía el clásico perfil de aristócrata venida a menos. Algo más que cincuentona, se caracterizaba por cierta guapeza heroica que se engalanaba con la elegancia natural de sus modales y modesta indumentaria. Nadie se atrevía a usar con ella otro tratamiento que el de doña M... y si tenías la suerte de que respondiera amablemente a tus preguntas, veías con euforia toda la semana por delante, pero en cambio si te miraba hoscamente, allí concluía toda esperanza. Entre las camareras que servían en el comedor, todas simpáticas, resulta inolvidable una cuya persona recordaba la forma, solidez e intrépidos movimientos de un buque de guerra. Tuvo el pelo negrísimo hasta el día de su jubilación. En sus mesas no permitía el consumo de bebidas o dulces traídos de fuera. Según tu aparente salud, en un día determinado, te servía medias o dobles raciones de platos determinados. Y no cedía a tu gusto. El mobiliario y el decorado eran selectivamente señoriles. No pienso en esos monolíticos sofás y butacas, que pesarían entre dos y seis toneladas la unidad y cuyo torpe estilo un compañero dio en llamar primer Renacimiento franquista. Mas había cosas preciosas en el salón y el comedor. En aquél se admiraba una enorme alfombra, producto de la Real Fábrica de Alfombras y Tapices, en la que se figuraba el árbol de todos los saberes que se investigaban en el CSIC. Eran magníficas las arañas de cristal del salón, y su luz se reflejaba en una enorme cómoda antigua y un vetusto reloj estilo siglo XVIII. Lo más hermoso de lo perdido eran las suntuosas arañas de bronce estilo holandés del siglo XVII, de cinco brazos, que iluminaban el comedor. En mi país cada una de ellas hubiérase vendido en mil dólares en una subasta. Pero se han reemplazado con unas lámparas de techo de plástico que parecen naves espaciales de una potencia de tercer orden. Para vivir la Residencia remodelada del siglo XXI es mucho más cómoda. Pero ¿no se habrían conjugado las reformas tecnológicas con la conservación de algo del ambiente antiguo? Lo que yo echo de menos es el aire de balneario decimonónico destartalado que tenía la vieja Residencia: bañeras de pata de león en algunas habitaciones, tan largas, que podía extenderse entero en ellas un huésped de estatura alta; armarios empotrados en los cuartos de baño, donde se te enmohecía la ropa, etc. La verdad es que la parte de benévolo destartalamiento casero no sé cómo pudiérase haber simulado entre las reformas.