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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO tranquilizó. Era natural pensar que si faltaba un alumno saltaría en los registros o los mismos internos se lo harían saber a las autoridades. Sin embargo, a medida que los meses pasaban y me familiarizaba con el sistema, o con la falta de sistema, me daba cuenta que el desorden de los archivos era completo, que los profesores no sabían los nombres de los alumnos, y que los alumnos mismos, o estaban violentos o estaban apáticos, y siempre divididos en grupos que se desconocían por completo. De haberse enterado de que uno faltaba, nadie se hubiera enterado. Podría haber desaparecido no uno, sino una decena de internos, y nadie se hubiera dado cuenta. De manera que consideré que la pregunta todavía tenía sentido: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? n año después de mi ingreso reemplacé al profesor de matemáticas, que adujo una enfermedad y se marchó de golpe. Se sobreentendía que cualquiera podía dar cualquier materia y que a nadie se le pediría que fuera una eminencia en el área que le tocaba. Lograr mantener a los alumnos en el aula: ése era el fin de la educación. Yo tenía conocimientos dispersos de todas las materias, pero graves dificultades con las llamadas ciencias exactas. Sin embargo, desde mi ingreso al instituto me había empezado a interesar mucho más la aritmética que el origen de la vida, el pasado de la patria o la ubicación exacta de las cadenas montañosas. A fin de cuentas me importaba sólo una cosa: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? La pregunta resumía el misterio del mundo. Si la respuesta era cincuenta y dos, el mundo era bueno, completo, y todo lo que faltaba algún día llegaría. Era el mundo de los números divisibles. Pero si la respuesta era cincuenta y tres, entonces vivía en el mundo de lo incompleto, lo inconexo, el mundo donde ningún reclamo encontraría satisfacción. Con el transcurso de los años y la progresiva deserción de mis colegas, fui ascendiendo hasta el cargo más alto. A pesar de que sólo tenía 37 años, ya era el director del enorme edificio gris. Cada vez había menos profesores, pero también, afortunadamente, era menor el número de alumnos. A veces, los profesores recién llegados, que escapaban apenas veían una oportunidad, me pregunta- U ban por qué me quedaba. Yo respondía Lo hago por los muchachos mientras por dentro me preguntaba: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? A fines de los años cincuenta cobró fuerza la teoría de que instituciones como la nuestra eran más un problema que una solución. Para ese entonces el edificio ya se había vuelto inhabitable a causa de las malas cañerías y los problemas de calefacción. Como se sabía que sus días estaban contados, las autoridades educativas de la provincia no se molestaban en una refacción a fondo. En noviembre de 1959 los alumnos comenzaron a marcharse por grupos. Los últimos profesores se fueron en enero. Yo decidí irme el último, con la excusa de ordenar los archivos. En realidad no me resignaba a marcharme sin haber encontrado una respuesta a mi pregunta: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? Pasé los últimos días absolutamente solo en el enorme edificio gris, ocupado en quemar papeles. Faltaban dos días para la partida cuando golpearon a la puerta en medio de la noche. Afuera me esperaba un policía de la zona, que llevaba una linterna y tenía el aspecto enérgico de quien siente que por fin le ha pasado algo en la vida. Me pidió que lo disculpara por lo impropio de la hora, que me abrigara y que lo siguiera. iez años antes había comenzado esa excursión, y ahora por fin la terminaba. Mientras caminábamos hacia las grutas empezó a lloviznar. El policía me hablaba de un cazador, de un perro, de un hallazgo fortuito. Yo lo escuchaba un poco desconcertado: era la primera vez que el problema que me obsesionaba encontraba algún eco en otra persona. El policía me preguntó si recordaba algún alumno perdido. No, le dije, pero pensé: ése no es el alumno perdido, ése es el único que ha permanecido, el único que todavía me pertenece. Todos los otros, los cincuenta y dos restantes, y también los que vinieron después, son los ausentes y los perdidos Mi paso era tan vigoroso que el policía a duras penas podía seguirme. La linterna llegaba siempre tarde a las piedras con las que tropezábamos. Yo no cesaba de repetir, entre los dientes apretados por el frío, la demorada respuesta: cincuenta y tres, cincuenta y tres... La Sagrada Familia, obra inacabada de Gaudí AFP La ciudad de los prodigios A diferencia de Madrid, una de las ciudades más representadas por literatos de todo tipo y condición, a Barcelona siempre le faltó su prosista cantor. Es verdad que por ahí andaban gentes como Josep Plá que supieron sacarle todo el partido a Barcelona en artículos y columnas; como Josep María de Segarra, que nos dejó una descripción de la Barcelona que visitó Primo de Rivera en Vida privada con peculiaridades inolvidables pero que no terminaban de conformar la visión de una ciudad. Dije siempre le faltó hasta que apareció Eduardo Mendoza, cuya obra más grande gira en torno a la capital catalana. Mendoza se lanzó al mundo con La verdad sobre el caso Savolta allá por el año 75, unos meses antes de que muriera Franco, una novela en verdad nueva, tan nueva que muchos han querido ver en ella el principio de la narrativa española actual. Y con ser tan nueva su temática trataba de la Barcelona revolucionaria de los años 17 al 19, cuando la ciudad se convulsionó con unos choques monstruosos entre sindicatos y la patronal con motivo de las consecuencias de la I Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Los tipos humanos que pueblan la novela de Mendoza se perfilan con ribetes clásicos y bien puede decirse que poseen esa intensa impronta de los personajes que supo crear como nadie la mejor novela del XIX, pero lo que nos importa aquí es que, por fin, Barcelona tenía ya su prosista cantor. Luego volvió en su homenaje capitalino con La ciudad de los prodigios otra espléndida novela sobre Barcelona, esta vez la de la Exposición Universal. Y ha cundido tanto ese título, que bien podemos decir que resume a la perfección una de las facetas de la ciudad, aquélla que tiene tendencia a renovarse de continuo buscando los resquicios que deja el marketing. Barcelona, ciudad de proyección internacional, supo ser cantada antes por extranjeros, Jean Genet, Pieyre de Mandiargues, Walter Benjamin, que por nacionales. Con Mendoza Barcelona deja de ser pasto exótico para consumo de esnobs recalcitrantes y se convierte en una ciudad más plana y pequeñoburguesa pero, en el fondo, más real. Y más mágica. Como la vida misma. D