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8 8 06 FIRMAS RELATO Los números primos POR PABLO DE SANTIS Autor de El calígrafo de Voltaire El palacio de la noche Desde el ojo del pez La sombra del dinosaurio Enciclopedia en la hoguera El teatro de la memoria o Filosofía y Letras entre otras obras, fue finalista del Planeta con La traducción ntre 1949 y 1959 trabajé en un internado para varones en El Dorado, en las sierras. De todos los días que pasé en el edificio, sólo hubo uno importante: el primero. Los días restantes fueron apenas una larga espera de que el significado de aquel primer día por fin se revelara. Llegué un 5 de mayo, poco antes del mediodía. Los profesores ya estaban esperando el almuerzo y me recibieron con cierta excitación. Empezaron a hacerme preguntas sobre la ciudad, primero con timidez y luego con ansiedad, como si hubieran perdido todo contacto con el mundo exterior. Después del postre, el rector me ordenó que llevara a un grupo de internos a una excursión por las sierras. Hice el recuento de los alumnos con alguna dificultad, porque no dejaban de moverse, y sumé cincuenta y tres. Tuve la intención de volver a contarlos- -me parecía que había contado dos veces a un inquieto pelirrojo- -pero sospeché que si me demoraba quedaría en evidencia mi falta de control sobre los muchachos. La excursión fue una desbandada. Perseguí a algunos hasta una gruta, separé a otros que se estaban peleando, hice bajar a tres de los árboles, corrí a un grupo que tiraba piedras. La excursión era una trampa: tras aquel recibimiento fingidamente amable, se escondía una tarea imposible, un rito de iniciación que incluía la humillación y el fracaso. Las nubes negras y las libélulas despavoridas anunciaban tormenta, y aproveché para volver. Se hizo de noche antes de que pudiera encontrar el camino de regreso. Los guardapolvos grises se confundían con las sombras. Los alumnos se empeñaban en darme pistas falsas y en detener la marcha por cualquier motivo. Querían vagar eternamente por las sierras, a pesar de la llovizna y el frío. Al llegar al internado volví a contar a los alumnos: cincuenta y dos. Hice el recuento una vez más, con alarma, y de nuevo el mismo número. El pelirrojo no dejaba de moverse, y me dije que sin duda lo había contado dos veces en el momento de la salida. Durante la cena logré dejar la E inquietud de lado. Mis colegas insistían en preguntarme por la ciudad; y me vi en la obligación de simular una vida anterior en la que abundaban las salidas al cine y a las confiterías del centro, en compañía de mujeres que nunca eran puntuales. Los otros, a su vez, simulaban creerme. Una vez en mi cuarto, miré por la ventana la oscuridad, a la espera de que el alumno perdido llegara finalmente. A las diez de la noche, todavía me preguntaba: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? staba seguro de que me despertarían en mitad de la noche con la noticia de que faltaba un alumno. Pero nadie golpeó a mi puerta. En el desayuno- -servían mate cocido y pan con manteca- -noté que los profesores me trataban con cierto respeto ahora que había pasado la prueba de salir con medio centenar de muchachos y regresar con vida y con todos (o casi todos) los internos. Sentí que me habían aceptado. Pero apenas me quedaba solo una pregunta me separaba de los demás: ¿cincuenta y dos o cincuenta y tres? El transcurso de los días me E La excursión era una trampa: tras aquel recibimiento fingidamente amable, se escondía una tarea imposible, un rito de iniciación que incluía la humillación y el fracaso El transcurso de los días me tranquilizó. Era natural pensar que si faltaba un alumno saltaría en los registros o los mismos internos se lo harían notar al director