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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO -Pues, hijo... También puede haber tesoros en la casa de un pobre. Nunca estorban- -le argumentaba ella. Mi madre, por la enemistad que les creó el sillón y por falta de dinero, no volvió a pensar en adecentar la casa, pero, cada vez que iba a pagar su mensualidad, volvía más segura de que había hecho una buena compra, porque el ebanista le contaba cosas. -Le apuesto algo a que ahí se sentó Pepe Botella... ¿Quién? -José I, el rey, el hermano de Napoleón, que le daba al mosto... Mire, señora, en ese sillón se ha sentado Isabel II, que pernoctaba en los palacios de los aristócratas, y su marido, y el general Espartero; ése, sin lugar a dudas; se lo digo yo porque lo sé... ¿El de la estatua a caballo? -Ese... Yo estaba de parte de mi madre y una vez que fuimos al Retiro, me señaló al salir la estatua de Espartero, y me dijo: -Mira, ese general tan importante se sentó en el sillón que tenemos en casa, aunque tu padre no lo crea. viéndose constantemente en el trono, como yo. Yo conocía a doña Micaela por una foto donde me tenía en brazos cuando yo estaba en mantillas y ella apareció por fin una tarde a primera hora para sorpresa mía y alegría de mi madre, los únicos que estábamos allí. C Y yo me quedé parado y no podía apartar los ojos de él, como si le hubiera conocido de siempre y fuera familiar nuestro. Un día que volvió enfadado del trabajo, se le ocurrió decir a mi padre que no sabía si vender ese mueble de carcas o adoptar un gato para que se meara en el asiento de la reina y se afilara las uñas con las patas de caoba como un señorito, y mi madre, sin decir palabra, se metió en el dormitorio y comenzó a llorar y yo no me moví, porque él sabía muy bien que quería ir a consolarla y no me quitaba ojo. Cuando estaba a solas con mi madre, me dejaba jugar a ser el rey y, si estaban en casa Vidal y el Goyo, dos vecinos que eran amigos míos, yo me sentaba en el sillón y les ordenaba cualquier cosa, que fueran a la cocina y me trajeran un vaso de agua y una cuchara- -yo creía que los reyes tomaban el agua como la sopa- que dieran varias vueltas a gatas por la habitación o que vinieran a pedirme permiso ceremoniosamente para descubrir un país de indios feroces. Si armaban una revolución contra mí yo tenía que vencer, pero eso lo hacíamos apartados del trono para no dañarlo, porque mi madre me decía siempre que tuviera cuidado, que los reyes no estaban pataleando y mo- onforme entraba, le iba echando una mirada un tanto fisgona al piso y se fijó en el sillón de pronto. -Pero, hija, ¿es que os ha tocado la lotería o es que lo habéis robado? Y, para quitar importancia a lo que había dicho, se echó a reir. Mi madre le mintió: ¡Ya se lo he contado mil veces! ¿Es que no se acuerda? Era de mi bisabuela, que se lo regaló una señora muy encopetada del pueblo a la que había servido durante muchos años. Luego, lo heredó mi abuela Bonifacia y, al morir, se quedó mi madre con él. -Pues qué raro, hija, está como nuevo. -Porque lo he llevado a tapizar... Se sentó en él y mi madre le hizo café y le puso una servilleta y un plato con dos rosquillas. A mí, doña Micaela sólo me acarició el pelo y me dijo que era ya un hombrecito. Hablaron mucho tiempo de gente que yo no conocía, pero mi padre llegó tarde, como si hubiera olfateado la visita y se alegró de no haberla visto. -Ahora que esa mujer ha estado sentada en ese trasto, lo podemos vender- -dijo. Al oírle, se me puso un nudo en la garganta y, en cuanto tuve ocasión, le pregunté a mi madre lloroso: ¿Lo vais a vender? ¿Quieres tú que lo vendamos? -No. -Pues yo tampoco. Y me dio un beso. Hoy me doy cuenta de que ese trasto me hizo soñar con ser Espartero, con ser el rey y disponer de ejércitos a mi mando. Estar en él era traspasar la puerta de las ilusiones y los tesoros, ver princesas, no oler las sardinas ni los pimientos fritos, vivir en un palacio. Gracias a mi madre, él fue la única aventura de nuestras vidas, mi único juguete, el que, siendo pobres, impidió que lo fuéramos y grabó en mí una dignidad secreta que todavía inexplicablemente sé que llevo dentro. Al final, tuvieron que venderlo, pero yo había dejado ya de jugar... La basílica de San Basilio, en la Plaza Roja de Moscú La ciudad anular Todo lo anular se transforma en laberinto, en la imagen de algo que nunca llegaremos a conocer del todo porque, como el anillo, no tiene principio ni fin, y puede girar una eternidad. Así fue siempre Moscú, una ciudad que, salvo pocos edificios, se construyó en madera, de tal modo que era fácil desmontarla al modo de un mecano y trazar nuevas calles o destruirla del todo, como en la retirada ante el avance napoleónico y, luego, rehacerla de nuevo con vocación eterna de ser la Tercera Roma, como en sus delirios poético- ensayísticos recordaba Joseph Brodsky. Pero Moscú, aparte de la Ciudadela Roja y del Parque Pushkin y las lujosas avenidas palaciegas de su metro, es una ciudad de interiores, por lo menos para el diablo, como lo fue Madrid en la obra de Vélez de Guevara. Ese Moscú de interiores, donde ocurren todas las cosas hasta el punto de volver a revivir el mito faústico pero en leyenda eslava, eso sí, un punto más irónico y terrible, menos sublime, vive en la obra de Mijail Bulgákov, El maestro y Margarita la ópera bufa más impresionante de los tiempos modernos. Hombre de teatro, adorador de Molière, Bulgákov concibió un Moscú posrevolucionario al modo de una ópera. Cuando el Diablo irrumpe con sus compinches y cometen desaguisados impíos por toda la ciudad estamos en lo bufo; cuando se desarrolla la historia de Margarita entramos en la ópera lírica y, con Poncio Pilatos y su soledad, en lo épico. Pero en toda la obra se percibe el aliento de la ciudad, una ciudad crepuscular aunque habite en su seno la adolescencia revolucionaria que quiere una nueva aurora, una ciudad llena de tranvías, de gentes que cruzan de un lugar a otro y que, esto es nuevo, no arrastran su tristeza enroscados y fantasmales frente a una tormenta de nieve, sino que, modernos, se desplazan con andares paganos. Esta ciudad es la que describe Bulgákov y que posee en su seno, bajo la apariencia de lo bufo, la sombra ominosa de la represión estalinista. Pero no nos olvidemos. Dijimos antes que Moscú es una ciudad anular. Y concéntrica, formada por innúmeras capas. Así es. Su corazón, el Kremlin, emite radiaciones capaces de ser escuchadas por todo su inmenso territorio. Es el sueño estrambótico de cualquier tirano, desde Alejandro a Stalin pasando por Iván El Terrible. La imagen puede causar estupor. O risa. De ahí el destino de Bulgákov.