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8- 9 40 LOS VERANOS DE La gente encuentra su felicidad en la vida simple de todos los días porque desde niños se les enseña, como buenos budistas, que la sabiduría real es la alegría de Lachlung La: junto a un pequeño santuario, se encuentran los Gents urinal y Ladies urinal más altos del mundo. La incomodidad del viaje es sólo el pequeño precio que se paga por tanta belleza. ¿Italiano? ¿americano? ¿francés? me pregunta un muchacho nada más llegar. -No, español. -Ah, español... ¡Bars lona, Rial Madrid! ¡Holacaserola, ja, ja! Mi nombre Mahmud. Conozco hotel, muy bueno, cerca río. Sólo trescientas rupias. También restaurante: pizza, burrito... El choque es brutal, como la entrada en la atmósfera: el siglo XXI ataca de nuevo. Por un momento añoro los grandes espacios dejados atrás, el silencio de las montañas. Es como si el viaje hubiera acabado. Pero al dejar la calle principal, llena de vendedores de baratijas y de puestos de verduras, una anciana ladakhí, con sus turquesas en bruto prendidas de su pelo plateado, su delantal de colores, su tez cetrina, sus mejillas encarnadas y sus ojillos risueños, me mira y esgrime una sonrisa: Julay dice. Esta palabra está en todas las bocas, y se usa en todas las ocasiones. Significa hola bienvenido ¿qué tal? gracias que te vaya bien etc... Es la palabra comodín, una llavecita que provoca la sonrisa de los ladakhíes y les abre el corazón. Es verdad que Leh no es lo que era. Desde que en 1974 se permitió el acceso de los viajeros occidentales a esta región, se han abierto más de un centenar de hoteles y muchas de las tiendas del mercado se han convertido en comercios para turistas. Aquí no hay exposiciones de tangkhas, ni recitales de canciones ni charlas sobre los budas a la luz de un quinqué, pero a pesar de todo tiene un cierto encanto cosmopolita. Hay poco que hacer, excepChina REUTERS Pakistán El Himalaya Ne Nueva Delhi INDIA pal Ofrendas y ceremonias Después de cruzar una cordillera, con un colorido que va del malva al dorado, y después de bordear unas gargantas espectaculares, aparece el valle del Indo, con sus aldeas y sus campos de albaricoqueros. La suavidad de este paisaje es como un premio, una recompensa por lo escarpado del trayecto. El lugar donde se alza el monasterio de Tikse es impresionante, como lo es la maravillosa colección de thangkas (pinturas religiosas) que contiene. Ya no es el reino del silencio, sino de la música y de los cánticos. Huele a té, a enebro y a rancia mantequilla de yak. En verano, la actividad de ofrendas y ceremonias es febril. Un poco más lejos, Shey, igualmente imponente, también ofrece la posibilidad de sentir el ritmo de los mantras, de hacerse una idea de lo que representa el camino terrestre hacia el Despertar. A orillas de la carretera aparecen luego mosaicos de campos de cebada, redondos y color del oro. La profusión de caballos del viento anuncia la inminencia de la ciudad. Leh surge de la profundidad de un pequeño valle, y está dominada por un palacio dilapidado de nueve pisos de altura y por el Fuerte de la Victoria, construido para conmemorar la victoria de Ladakh sobre el ejército de Cachemira en el siglo XVI. Calcuta Bombay Mar Arábigo 0 300 Golfo de Bengala Km Cochin to contratar una excursión, contemplar sus monumentos desde todos los ángulos, y relajarse. Un espectáculo deslumbrante Leh, como el resto de Ladakh, tiene dos caras: la del invierno y la del verano. En julio y agosto pululan los turistas, que vienen en avión, en autocar, en moto o caminando. Junto a los turistas, también vuelven los comerciantes indios y ladakhíes cuyo nivel de vida les permite pasar los duros meses de frío en Manali, Kulu o Delhi. Se junta una abigarrada población, que produce un cierto ambiente festivo y encuentros insólitos, pero también el desbarajuste de los nativos. Personalmente, prefiero Ladakh fuera de temporada, en invierno o en primavera. Como la carretera está cortada, se llega en avión, desde Delhi. Hay pocos pilotos capacitados para aterrizar en Leh, que está a 3.500 metros y rodeada de montañas. El vuelo, a lo largo de la cordillera del Himalaya, es un espectáculo deslumbrante. Nada más aterrizar, el silencio de las alturas, el aire fino, las grandes rocas, el reflejo de las aguas heladas del río, el súbito vislumbre de un barranco iluminado por la luz de las montañas o la visión de los monumentos, a veces en la sombra, a veces refulgentes, toda esa magnificencia parece estar hablando de eternidad. Leh, en invierno, vuelve a ser una capital de otro tiempo. La vida sigue discurriendo al son de los mantras susurrados en las casas y en los templos, como si todo el universo estuviese unido por esas palabras sagradas. Casi no hay extranjeros en los escasos hoteles abiertos, el más recomendable sigue siendo el del Sr. Hussein, el Kangri. Las habitaciones tienen potentes estufas para luchar contra temperaturas que llegan a los 20 grados bajo cero en las noches de enero. De día, se pueden hacer excursiones en coche a los monasterios y aldeas de los alrededores y disfrutar, sin interferencia alguna, de la vida de un pueblo tolerante y hospitalario que todavía sabe hacer la distinción entre lo efímero y lo eterno, entre lo ilusorio y lo trascendente. Gente que sabe encontrar la felicidad en la vida simple de todos los días porque desde niño se les enseña, como buenos budistas, que la sabiduría real es la alegría. El coraje más grande es el de ser feliz reza un antiguo proverbio ladakhí. Y uno se pregunta si ese sentimiento tan intenso de felicidad interior será suficiente para que Ladakh sobreviva a todo lo que se le viene encima.