Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
7 8 06 RELATOS VIAJEROS India (y III) El Himalaya: la India budista Después de recorrer Rajastán y Kerala llegamos a la región de Ladakh, la del budismo tántrico, en medio de los paisajes más altos, más secos y más fríos del planeta. Aquí se pierde la noción del tiempo. Las prisas y la urgencia carecen de sentido POR JAVIER MORO ESCRITOR V Mis direcciones favoritas: En Leh hay muchos hoteles, cuyos precios suben un 50 en temporada alta. Es importante llevar una linterna por los numerosos cortes de luz. El Bimla Guest House tiene habitaciones dobles con vistas espectaculares por unos 30 euros en temporada alta. El Hotel Kangri tiene un ambiente acogedor y es el mejor en invierno. En el resto de Ladakh hay guest houses muy baratas, pero no muy confortables. La comida ladakhi, parecida a la tibetana, tiene dos platos que hay que probar: los momos, empanadillas al vapor rellenas de verdura, de queso o de carne, y la thukpa, sopa de tallarines con verduras. Los que busquen desesperadamente copas lo tienen crudo. Sólo hay un bar, el Penguin, en el fondo de la pastelería alemana. Puede conformarse con probar el chang, una especie de cerveza tibetana. iajar a Ladakh, la región de la India que se extiende en las faldas del Himalaya, significa algo más que cambiar de país o de continente. Como en muchos lugares de la India, es un viaje a otra época, a un tiempo puntuado por el sonido del gong, el susurro de los mantras y el paso de las caravanas. Un paisaje hermoso y salvaje alberga la cultura milenaria de un pueblo de 130.000 habitantes, conocido por ser uno de los más hospitalarios y cálidos que existen. Ladakh es la tierra del budismo de alta montaña, el budismo tántrico que llegó a través de la vecina región de Cachemira y que se ha mantenido de forma más pura que en el vecino Tíbet, anexionado por los chinos en 1959. Por eso es conocido como el pequeño Tíbet y por doquier los banderines sagrados con oraciones impresas por el bien de todos los seres flamean para recordárnoslo. Están en todas partes, en las vetustas casas de color ocre, en los templos espartanos y hasta decrépitos, en las grutas remotas, en los pasos de montaña... La creencia dice que el viento, al hacerlos chasquear, se encarga de llevar las bendiciones a los cuatro costados del universo. Los ladakhíes los llaman caballos del viento en alusión a las crines de los corceles al galope. Aquí, en uno de los parajes más altos, más secos y más fríos del planeta, un pueblo entero ha prosperado durante más de mil años. Canalizando el agua del deshielo, han formado islas de vegetación en medio de una fantasmagoría de rocas, y de paso han creado una cultura excepcional, cuyo vestigio son los imponentes monasterios, los templos y los fuertes. Los chortens, santuarios en forma de espira, convierten el paisaje en una red viva de lugares sagrados, conectados entre sí por un flujo constante de peregrinos. Y en el recodo de los caminos está grabada en rocas o en piedras la letanía milenaria que ha acompañado el El budismo y el silencio impregnan todo en Ladakh budismo de un siglo a otro, de un tiempo a otro, de una vida a otra: Om mani padme Um Representa la aspiración de todo budista porque simboliza el cuerpo, la palabra y el espíritu puro de un Buda, calificativo que define el estado espiritual de los que han puesto fin al sufrimiento y a la frustración y descubierto una paz y una felicidad duraderas e inmortales. El esplendor y la majestad de las montañas de Ladakh sobrecogen. Aquí no hay pastos ondulantes como en Nepal, valles oscuros y protegidos, arboledas que se desparraman como hiedras. El paisaje de esta región del Himalaya indio es árido, abierto, inmenso. Las cimas malvas y naranjas tocadas de sombreros de nieve marcan la cresta del horizonte. En Ladakh, se ve la dirección a la cual uno se dirige, y de la cual uno viene, a kilómetros de distancia. Pequeñas columnas de humo revelan la existencia de aldeas minúsculas, emplazadas en medio de laderas desnudas, o aferradas a montañas por garras invi- AP El esplendor y la majestad de las montañas de Ladakh sobrecogen. Aquí no hay pastos ondulantes como en Nepal, valles oscuros y arboledas que se desparraman como hiedras sibles. Los monasterios budistas y palacios en ruinas, increíblemente encaramados en paredes verticales, evocan un contubernio de monjes y reyes para hacer todavía más áspera una tierra ya de por sí dura, como si hubieran querido condenar a los frágiles seres humanos a caminar y escalar, caminar y escalar, sin una sombra donde cobijarse, sin un poco de hierba donde tumbarse. Y luego está el silencio, un silencio que no se puede describir con palabras, un silencio de nieve, roca y agua, de un pájaro que vuela sobre un precipicio, un silencio como el aire fino de las alturas que parece envolverlo todo en una pátina brillante, cristalina. Es otro planeta. Aquí la prisa y la urgencia carecen de sentido. Se pierde la noción del tiempo. De no ser por algún póster raído de Arnold Schwarzenegger colgado en la recepción de un hotelito, se tiene la sensación de haber cambiado no sólo de continente, sino también de época. Aunque el occidental pugne por aferrarse a sus costumbres, es mejor dejarse llevar, olvidarse de toda idea de cálculo o de puntualidad. El recorrido en carretera de Manali a Leh, la capital, debería durar dos días, pero fácilmente durará más de cuatro si el motor se estropea y los autocares siguientes están llenos, lo que es frecuente. Los aviones se retrasan tres y cuatro días a causa del mal tiempo. El caso es que llega un momento en que se duda hasta de la existencia de la mítica Leh, la capital. Parece increíble que pueda surgir en este desierto rocoso un valle fértil y una ciudad porque detrás de cada montaña, hay otra, todavía mas inexpugnable, todavía más enorme. De ahí el nombre de Ladakh, que significa la tierra de los altos pasos Viajando por la carretera que sube serpenteante hasta 5.300 metros, es imposible escapar al mal de altura. Dolor de cabeza, fatiga, una leve sensación de mareo e irreprimibles ganas de ir al baño añaden a la desorientación. Pero todo está previsto en el paso