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ABC LUNES 7 8 2006 23 El vicepresidente cubano, niega que Castro padezca cáncer y asegura que se recuperará en unas semanas López Obrador rechaza el fallo del Tribunal Electoral y promete seguir con las protestas callejeras Casi la mitad de los civiles muertos bajo los cohetes Katiusha lanzados por la milicia libanesa son palestinos, que rezan todos los días, todos los viernes a Alá, al igual que el líder de la milicia de Hizbolá Musulmanes israelíes contra Nasralah J. CIERCO rano, que lanzan agudos gritos de dolor que te pellizcan el corazón. Son, como Hasán Nasralah, líder de Hizbolá, musulmanes. Rezan, como él, en la mezquita. Como él, todos los días, como él, todos los viernes. Hablan en público y en su castigada soledad con Alá, como lo hace Nasralah. Ruegos de paz Y en sus oraciones le piden a su Dios que hable a su vez con el líder chií, que le explique que sus cohetes Katiusha ya han matado a 14 ciudadanos árabes- israelíes y drusos, que en la Galilea hay tantos musulmanes como judíos, que no hay refugios para los palestinos de 1948, que tampoco suenan las sirenas en las aldeas árabes como sí lo hacen en los pueblos judíos, que la discriminación en vida no lo es tanto en la muerte, pues los misiles matan a todos por igual. Y así ha sido en lo que a los civiles israelíes, unos de primera división, otros de segunda categoría, se refiere. Han muerto una madre y una hija árabes- israelíes en Maghar, donde falleció otra mujer; y dos niños en Nazaret, donde el padre acusó a Israel de la muerte de sus pequeños pese a la explosión del Katiusha y tres chavales de 18 años en Tarshiha y así hasta catorce. Todos musulmanes como Nasralah, también señalado con el dedo, también confidente de Alá. ARAB AL ARAMSHE (Frontera israelí con el Líbano) La abuela que antes fue madre y ha perdido a su hija llora también a dos de sus nietas. Las hermanas que antes fueron hijas y se han quedado sin madre recuerdan rotas a sus dos confidentes. El novio, con la boda ya fijada para mayo, nunca será su marido. El padre que antes fue esposo repudia al jeque. La foto fija de esta modesta vivienda beduina en Arab al- Aramshe rompe el alma, encoge el corazón, nubla la vista. Los mil trescientos vecinos de esta aldea fronteriza con el Líbano están aquí. No falta ni uno. Todos, los mil trescientos, pertenecen al mismo clan aunque son de cuatro familias distintas. Los hombres en una terraza donde se reparte agua y café, donde se ha ins- talado a cielo abierto el dolor, que estalla después de haber penetrado de un certero disparo. Las mujeres, casi todas de negro riguroso, bajo el porche en el que Faduya, de 60 años, sorbía café junto a dos de sus hijas, Sultana y Samira, mientras preparaban la boda de esta última prevista para mayo. Los misiles no saben de religión Con ellas estaba Ali, marido y padre, un caballero enjuto que amablemente fue a buscarle un vaso de agua a una de sus hijas. Al llegar a la casa, veinte segundos después, oyó una enorme explosión que le obligó a agarrase a una barandilla. Preso del pánico salió al patio donde se encontró la pierna de su mujer en un lado y su brazo en otro; donde vio a sus hijas rotas en varios pedazos, de manera literal, muertas en el acto. Un cohete Katiusha lanzado al otro lado de la colindante frontera, impactó contra las tres mujeres, sin tiempo para protegerse, sin segundos suficientes para despedirse. Los misiles no reparten flores sino muerte y destrucción; no distinguen a unos ni a otros, nos matan por igual a unos y a otros, a judíos y musulmanes explica con voz apagada lágrimas en los ojos Mohamed Said Yumaa, sobrino y primo de las víctimas. ¡Nasralah, detente, estás matando a muchos inocentes! claman por su parte Amira y Zuhaya, hermanas e hijas de las muertas, mientras no paran de mover arriba y abajo los brazos rodeadas de decenas de vecinas que las imitan en el baile más macabro del ve-