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22 LUNES 7 8 2006 ABC Internacional Un soldado israelí muestra los cuerpos cubiertos con mantas de sus compañeros muertos en la improvisada base militar de Kfar Guilad, un kibutz del norte de Israel AP Quince muertos en Israel en la andanada más sangrienta de cohetes de Hizbolá El Gobierno de Olmert cree tan favorable la propuesta de la ONU que duda que la acepte Beirut b Tres muertos y al menos cien heridos en Haifa, atrapados bajo un edificio derrumbado por un misil; el Tsahal captura a uno de los secuestradores de sus dos soldados JUAN CIERCO. CORRESPONSAL KIRYAT SHMONA. Vivos que mueren en los cementerios. Muertos que se revuelven en sus tumbas. Cohetes Katiusha que no saben a quién matan, ni dónde. Reservistas llamados a filas de urgencia que refuerzan a los jóvenes cuyo servicio militar es algo más que unas maniobras de madrugada, que una instrucción de verano. Posiciones avanzadas que florecen en cualquier descampado del norte de Israel. Piezas de artillería que se alinean al pie de una ladera. Carros de combate que circulan rumbo al norte. Militares de todas las edades, sexo y condición que llevan a cabo su misión con disciplina. Una base que se improvisa en una granja colectiva, en un kibutz el de Kfar Guiladi, junto a la entrada de Kiryat Shmona, donde nunca llueve café en el campo sino cohetes de distinto calibre. Una sirena que suena a media mañana y que de tanto hacerlo ya no impresiona a los menos asustadizos. Unos soldados acampados junto a un cementerio que se olvidan de ponerse a salvo creyendo que saben más que el diablo, sin darse cuenta de que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Esta vez si acertaron Una oleada de cohetes Katiusha que se abate en sólo 15 minutos contra la zona más castigada de Israel. Con más de 500, sólo aquí, donde dormimos, comemos y trabajamos con un ojo abierto, con tortícolis pronunciada de tanto mirar a ese cielo que se abre en canal, que nos han asaltado sin tarjeta de visita desde que comenzara la tormenta el 12 de julio. Un triángulo de tierra quemada que lleva de Kiryat Shmona a Metula, con la base temblorosa en Kfar Guilad. Cohetes que impactan de lleno entre un grupo de reservistas, que destrozan doce cuerpos, que acaban con la vida de doce militares demasiado confiados, que incendian los vehículos allí estacionados, que queman las esperanzas inmediatas de un alto el fuego, que abrasan bosques y parques cercanos. Diez muertos junto al cementerio cubierto de sangre fresca donde descansan otros muertos, otros dos más tarde ya en el hospital, que son cubiertos con mantas entre el caos y el pánico absolutos. Cuarenta cohetes que ahogan Kiryat Shmona en quince minutos. Más de doscientos que lo hacen por todo el norte de Israel. Tres mil proyectiles que ya han caído a este lado de la frontera desde hace poco menos de un mes, mil desde el miércoles. Los últimos cinco de la noche que golpean de lleno Haifa, que derrumban un edificio, que atrapan bajo los escombros a numerosas personas, que provocan tres muertos y más de cien heridos en la noche que ya abraza la ciudad mediterránea. Muchos más lanzados por la aviación, la artillería, los helicópteros, los carros de combate israelíes en el sur del Líbano, en Beirut, en Baalbek, en Tiro, en Sidón, en el norte, el sur, el este, el oeste de todo un país que es víctima de un desproporcionado castigo colectivo. Lenta reacción internacional Un ojo fijo en ese cielo del que sólo caen Katiushas con dedicatorias asesinas y otro en el sur del Líbano, donde no cesan los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, donde se ha capturado a uno de los secuestradores de los dos soldados israelíes en poder de Hizbolá, donde se intensifica la ofensiva terrestre pese los guiños esperanzadores que llegan desde Nueva York. Guiños que, pese los graves sucesos del frente norte, han provocado alguna que otra sonrisa entre el cuerpo diplomático hebreo, tan tenso como el militar, como el político. Sonrisas que se deben al texto de la propuesta franco- americana en la ONU, que responde a casi todas las exigencias de Tel Aviv que, paradojas de la historia, nunca ha acatado las resoluciones de Naciones Unidas. Exigencias que se ven satisfechas porque no se exige un alto el fuego inmediato, porque Israel podrá golpear si Hizbolá asoma de nuevo el hocico; porque entre unas cosas y otras todavía le quedan unos días para poder acabar su trabajo; porque se le echa toda la culpa de la guerra a la milicia chií; porque no se olvida, como es lógico, a los dos soldados secuestrados. Una pega, que una no es mucho: al final del camino diplomático se vislumbra la devolución al Líbano de las ocupadas y controvertidas granjas de la Shebaa. Una guerra de paradojas: a Israel le suele ir bien sobre el terreno y mal en el campo de batalla de la ONU. El mundo, al revés, con los muertos boca abajo en esos cementerios donde los otros muertos se revuelven en sus tumbas.