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ABC LUNES 7 8 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR ANTONIO PAPELL VIEJOS A LA CALLE Aquella reducción de plantilla que se realice como en RTVE por el procedimiento de las prejubilaciones es un dislate castrador que agosta los más caudalosos designios productivos A reestructuración de RTVE, un monstruo público que había acumulado todas las malformaciones aberrantes de su especie durante las últimas décadas, constituía un imperativo urgente, sobre todo después de que el Partido Popular, que durante ocho años gestionó la deteriorada herencia mediática de la etapa anterior, tampoco moviese un dedo para racionalizar el desmán, que ha sido finalmente abordado por este Gobierno cuando el déficit acumulado rebasaba con creces la cifra inaceptable de los 7.000 millones de euros. Nada hay, pues, que objetar a la profunda reforma del ente, aunque como es natural la modulación de la gran mudanza se preste a la controversia. Estas líneas no tratan de enjuiciarla globalmente sino apenas de poner de manifiesto un elemento disparatado de la transformación: el recorte de plantilla que tendrá lugar mediante un expediente de regulación de empleo- -el célebre ERE- -se hará por el procedimiento de jubilar a los trabajadores que hayan cumplido los 52 años. A esta cirugía se le llama prejubilación en la jerga sindical. Según un último estudio de la Fundación de las Cajas de Ahorros, Funcas, que acaba de publicarse y que se ha anticipado a las estadísticas oficiales, la esperanza de vida de las mujeres españolas es ya de más de 87 años, cuatro más que la de los varones. La situación actual se ilumina con algunos datos: en 1900, la esperanza de vida era de 35 años; se elevó hasta los 62 años en 1950; en 1980, era ya de casi 80 años en las mujeres y de 73 en los hombres. Hoy, España tiene una esperanza de vida notablemente superior a la de la mayoría de los países de la UE, y es sólo inferior a las de Islandia, Noruega y Suecia. La elevación de la esperanza de vida ha modificado como es natural el concepto de jubilación como conquista social Cuando se implementó en Occidente la jubilación a los 65 años, los trabajadores apenas si conseguían garantizarse en promedio que no morirían en el tajo. Y en aquellas condiciones era fácil implementar una pensión de subsistencia para los escasos supervivientes a la jubilación. Pero la situación ha cambiado manifiestamente: hoy, al jubilado de 65 años le aguardan una media de 22 años de vida si es mujer y de 18 si es varón. La administración de este período de pasividad- -o cuando menos de no- trabajo- -está planteando ya diversos problemas de toda índole: desde el referente a la ocupación del ocio de tanta gente hasta la provisión de recursos para pagar pensiones cada vez más largas, pasando por un cúmulo de afectaciones psicológicas en personas adiestradas para trabajar y que son sin embargo abruptamente apartadas muy tempranamente de unas ocupaciones con las que se sentían realizadas, autodeterminadas y satisfechas. No todo el mundo acepta con naturalidad y sin traumatizarse que se le diga a los 52 años que el sistema productivo prescinde de sus servicios porque se considera arbitrariamente que ha llegado al final del ciclo productivo. Habíamos quedado, en uno de esos consensos culturales que ganan terreno y se imponen de tanto en L cuanto en los países maduros, en que era preciso implantar aquí una cultura del esfuerzo que debía proporcionar satisfacción al trabajador y que, por supuesto, tenía que vincular su renta, su estatus vital, a su capacidad de trabajo, de superación personal, de estimulación de todas sus potencialidades. Pero para que semejantes vectores prosperen es lógicamente necesario prestigiar socialmente determinados valores acumulativos ligados al trabajo como, por ejemplo, la experiencia o la madurez profesional, conceptos que resumen un dilatado adiestramiento que otorga capa- cidades insustituibles al trabajador. La sociedad marcha por ese camino pero es claro que el sector público está todavía anclado a las antiguas inercias: en la futura RTVE, la experiencia habrá sido arrasada conscientemente. Y es que aquí, ciertos ámbitos de la progresía política siguen embelesados por el culto a la juventud y hasta por la efebocracia aquella patología social que tanto denostó Mitterrand y que puede entenderse desde una perspectiva esteticista pero no intelectual ni laboral. Pero esta posición inmadura tiene cada vez menos asideros y defensores: ya ni siquiera se citan en medios solventes aquellas desacreditadas teorías del brillante sociólogo Schwartzenberg según las cuales el rejuvenecimiento de los líderes de las democracias occidentales representaba la sustitución del modelo paterno- filial en las relaciones gobernantes- gobernados por un diseño más fraternal, más igualitario, más acorde con las esencias del sistema... Hoy, la madurez intelectual tiene prestigio, por lo que deberíamos reconsiderar algunos viejos tópicos. Y habría que concluir por tanto en que aquella reducción de plantilla que se realice como en RTVE por el procedimiento de las prejubilaciones es un dislate castrador que agosta los más caudalosos designios productivos. Y no se argumente que tales descastes han de llevarse a cabo por razones tecnológicas, porque los mayores no se adaptan a las nuevas tecnologías: el progreso técnico es tan vertiginoso que tampoco los jóvenes estarían al día si no tuvieran a su disposición procesos de formación continua y voluntad de digerirlos... En resumen, el cercenamiento laboral que se planea en RTVE constituye una fase más del despropósito audiovisual global, que consiste esencialmente en no tener claro qué es lo que se persigue, después de haber llegado a la certera conclusión de que lo actual no es soportable ni un minuto más. Produce en todo caso perplejidad y asombro que en un ente afectado de elefantiasis pero en el que no sobran sino al contrario la inteligencia, la creatividad ni la profesionalidad, se prescinda de quienes mayor acopio poseen de semejantes atributos. A este paso, se estará dando la razón a quienes presagian que se está tramando una muerte a plazos de RTVE, lo cual sería una magnífica noticia si no fuese porque esa consunción dejaría el camino expedito a las crecientes, descontroladas, a veces nacionalistas y siempre megalómanas televisiones autonómicas. Pero ésta es, evidentemente, otra cuestión. Escritor REVISTA DE PRENSA POR ENRIQUE SERBETO NOTICIAS VIEJAS Y NOVEDADES SAUDÍES Los medios escritos tienen un inconveniente, que cuando salen a la calle después del laborioso proceso de impresión, sus noticias se pueden haber quedado viejas. Es lo que pasó ayer con el anuncio del acuerdo entre Francia y Estados Unidos de una resolución que intente parar la guerra entre Israel e Hizbolá en el Líbano, un acuerdo que habría sido milagroso hace cuatro años en tiempos de la guerra de Irak, y que demuestra que las crisis y los desencuentros son circunstanciales entre aquellos que verdaderamente tienen cosas que decir en el mundo. Toda la unanimidad en las portadas de medio mundo se había quedado perpleja a media tarde con las noticias acerca de la ferocidad de los combates sobre el terreno, la tinta aún estaba fresca y la sangre también. El deslizamiento de Bagdad hacia el caos pone en duda la premisa central de que con un adecuado entrenamiento, las fuerzas armadas iraquíes serían capaces de garantizar pronto la seguridad de su propio país dice el New York Times, que no se priva de relatar descarnadamente lo que sucede en Irak, con criterios muy al gusto de lo que eran los postulados franceses en los momentos de la guerra. El diario advierte de que en estas circunstancias, en lugar de planificar su esperada retirada del país, los militares norteamericanos están obligados a pedir más refuerzos de sus propias filas La alianza Washington- París, ¿habría sido tan útil entonces como lo es ahora? ¿Lo será en los tiempos que se avecinan? Para endulzar, el Washington Post publicaba una noticia que puede considerarse esperanzadora sobre la posibilidad de ciertos cambios en las mentalidades sociales en el Próximo Oriente. Cuenta que en la rígida Arabia Saudí, los jóvenes han aprendido a usar el móvil para relacionarse como quieran, pero sin violar las estrictas reglas coránicas que imponen sus mayores. Tal vez aquí en Occidente, donde los adolescentes hace tiempo que lo hacen aunque estén a veinte metros y no tengan ninguna limitación social para hablar entre ellos, acaben tomándole la medida a la moda saudí y las chicas se vistan como ellas, tapadas excepto los ojos mientras teclean en el teléfono. A los saudíes no les queda más remedio que enamorarse de los ojos más bonitos que haya visto jamás y enviarles su número de teléfono por bluetooth siempre a la vanguardia de la tecnología. El Corán no dejó dicho nada sobre ello.