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ABC LUNES 7 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA INFANCIA ROBADA DE ELIÁN E TAN LACAYOS Y TAN FELICES H UBO un tiempo en que juventud era sinónimo de inconformismo, irreverencia, rebeldía, heterodoxia y demás benditos síntomas de la vitalidad. Al calor de la revolución hormonal que se desataba en su organismo, el joven aspiraba a desmontar los andamios de un mundo heredado, a trastornar las convenciones instituidas por sus mayores, a revolverse contra el pensamiento dominante. Ciertamente, en muchos jóvenes estas tendencias ariscas y subversivas eran casi una actitud refleja, nacida del puro instinto de llevar la contraria; pero en ese instinto subsistía algún residuo de aquella sagrada insensatez que animó a Prometeo a robar el fuego a los dioses del Olimpo, que eran el gabinete ministerial de la época. De este modo, los jóvenes se convirtieron en la conciencia de la sociedad, en esa avanzadilla de divinos locos que mantenía encendida la antorcha de la rebelión, siJUAN quiera hasta que la revolución horMANUEL DE PRADA monal aplacaba sus furores; pero, para entonces, ya habían llegado otros a tomarles el relevo, y así se aseguraba la permanencia de un minoría dispuesta a impedir que las cosas siguiesen como estaban, dispuesta a prender la mecha del polvorín. Pero ese tiempo ya quedó abolido. Según una encuesta divulgada por el Instituto Nacional de la Juventud, nueve de cada diez jóvenes se declaran satisfechos o muy satisfechos con su vida. Y, mientras retozan en el redil de su felicidad cautiva y gregaria, que los pobrecitos- -acostumbrados a no mirar otro horizonte que el de su propio ombligo- -confunden con un prado sin vallados, se adhieren con entusiasmo y fervor a los Principios del Movimiento: la experimentación con embriones les mola mazo, la eutanasia y el aborto también, aunque a renglón seguido se proclamen denodados defensores de la naturaleza y de los derechos humanos. A saber qué entenderán por naturaleza y por derechos humanos estos catecú- menos del Nuevo Régimen: en el primer concepto imagino que no incluirán los ciclos de la vida y la muerte; del segundo, por supuesto, excluirán el derecho a nacer, que es el único que verdaderamente deberían defender sin restricciones, ya que cuando se niega los demás se convierten en meros pronunciamientos retóricos y pomposidades hueras. Pero estos jóvenes reviejos y apoltronados han hecho del retoricismo vano una forma de placidez: aunque la encuesta no registra este dato, estoy seguro de que si les hubiesen preguntado por los derechos de los animales se habrían declarado también sus paladines más encendidos. Abortar no les provoca mayor reparo que explotarse un grano; en cambio, eso de que en la perreras maten a un perrito rabioso, aunque sea con una inyección indolora, se les antoja el colmo de la felonía y la inhumanidad. Y eso que la encuesta no les pone en el brete de pronunciarse sobre asuntos de índole política; pero, de haber sido inquiridos, se habrían mostrado igualmente satisfechos con las iniciativas del Nuevo Régimen: la paparrucha de la memoria histórica, la búsqueda de la paz (aunque sea de rodillas) el buen rollito de la alianza de civilizaciones, el potaje plurinacional. ¡Pues claro que sí, faltaría más! La encuesta podría llevar cómo título ese lema coñón y lastimado que el maestro Burgos ha adoptado como diagnóstico sarcástico de nuestro tiempo: No Nada Ya ves, querido Burgos, que eres una voz que clama en el desierto. Tu percepción de la realidad no conecta con la sensibilidad de las nuevas generaciones; lo cual demuestra que, amén de bajito, eres un carca gruñón y aguafiestas. Aprende de estos jóvenes, orgullo del solar hispano, que en el colmo de la presunción optimista, se atreven a asegurar que su vida mejorará en los próximos meses Aprende de su conformismo, de su complacencia lamerona con el que manda, de su ortodoxia pacífica y risueña, de su vocación de acatamiento y sumisión. Míralos qué lacayos y qué felices son, míralos qué muertecitos están. N las dictaduras resultan despreciables los jerarcas, los ideólogos, los sicarios, los medradores sin escrúpulos que se elevan sobre su ambición a costa del sufrimiento del pueblo, pero luego suele haber una especie mezquina y esperpéntica de personajillos mediocres que sólo aspiran a un diminuto privilegio a la medida de su cortedad de miras: son los pelotas. Gente gris, anodina, vulgar, que hace oficio del elogio servil al poder, de la genuflexión complaciente ante el régimen, de un chaqueteo adulador que les produce un rédito ruin de palmeros de segunda fila. Propagandistas sin grandeza, medianías lameculos, linsonjeros recogedores de migajas sin sentido de la IGNACIO autoestima ni del ridícuCAMACHO lo. El padre de Elián González, el niño balsero cubano, debe de ser uno de estos tipos de espinazo versátil, acomodaticio oportunista que un buen día encontró en el drama de aquel pequeño náufrago asustado un desaprensivo modo de no volver a darle un palo al agua. La condición de esa regalía oficialista, de esa triste pensión vitalicia, era convertir al pobre chaval en el patético símbolo de una especie de tiranía voluntaria, una versión guayabera del vivan las caenas con la que sostener el discurso irreductible de la decrepitud castrista. Quizá esta condición de meliflua mascota del tirano le haya valido al chico una infancia medianamente acomodada, un cierto privilegio material en medio de la general miseria isleña, pero le ha arrebatado la dignidad que merecía su inocencia, condenándolo al siniestro papel de un Peter Pan de cartón obligado a escuchar en primera fila las interminables arengas del viejo déspota y servir de coartada propagandística al disfraz ternurista del verdugo. O, como ayer, a firmar una carta ignominiosa de votos por la salud del querido abuelito en cuya bochornosa redacción no han ahorrado los abyectos burócratas del régimen ni un ápice de indecorosa memez, ni una gota de irrisoria y cobista zalamería. Y, encima, han tenido la desfachatez de publicarla en Juventud rebelde el órgano de los sumisos pioneros de los cachorros del partido- sistema, de los aprendices de delator. Menuda rebeldía carantoñera, adulona, sumisa hasta perder el sentido más elemental de la ridiculez. Juventud pelota, más bien. Eliancito, como le llamaba con voz hueca Castro en sus soporíferas soflamas, es inocente; acaso más bien resulte la víctima de este atroz secuestro de su infancia que en cualquier país libre acabaría con sus responsables ante un Tribunal Tutelar de Menores. Los culpables de este infanticidio moral son su padre y sus compinches del siniestro aparato orgánico de la dictadura. Elián da mucha pena; quizá algún día se avergüence de haber servido de carne de cañón para apuntalar una tragicomedia política. Pero los que le han robado su derecho a la niñez merecen la repugnancia que corresponde a los corruptores de la pureza.