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ABC DOMINGO 6 8 2006 55 FIRMAS EN ABC JOSÉ MARÍA BECERRA HIRALDO ESCRITOR. UNIVERSIDAD DE GRANADA LA VUELTA AL CORRAL De la siesta no hay constancia en todo el costumbrismo inglés, ni del pan con aceite, ni de la manteca colorá TRA vez están inventando los ingleses por nosotros. Va uno por Inglaterra y se encuentra letreros que dicen B B. Es lo mismo que el AD de la factura de nuestros hoteles, o sea, alojamiento y desayuno. Pero es invento inglés. De la siesta no hay constancia en todo el costumbrismo inglés, ni del pan con aceite, ni de la manteca colorá, ni de los pimientos secos picantes, ni del pipo, ni del gazpacho, ni de la porra antequerana, ni de los calostros, ni de los churros madrileños, ni de las porras, ni de las migas. ¡De qué sabrán ellos! ¿Qué van a inventar ahora? Si vas por la Alpujarra almeriense, no paras de ver cortijos comprados por ingleses (léase cualquier europeo nórdico) lo mismo pasa en la axarquía malagueña, en los pueblos blancos de Cádiz, la subbética cordobesa, la sierra del Montseny en Barcelona, el Maestrat valenciano, el valle del Ambroz extremeño o los valles pasiegos de Cantabria. ¿Qué es lo que pasa? Que los ingleses, o los suecos, descubrieron un día la costa, plantaron a las suecas con bikini, poblaron la costa, y le robaban los guarrillos. Baldomero está muy desilusionado de la ciudad (mira que ha pasado tiempo de la ciudad no es para mí ¡Eso de dejar las cabras encerrás y comer una lata de foigrás en un parque de la ciudad! Baldomero, o el mismo koala, se acuerdan de sus chotillos (cría macho de la cabra mientras mama) encerraos, de sus mininos (gato, de la voz min para llamarlo) de su potra (yegua joven) de sus gallinas, conejos, perros y cabrillas (Baldomero nació en la Andalucía interior alta por el uso del diminutivo- illo, la zona del Quillo) Baldomero se acuerda de su padre, opá (voz infantil para llamar al padre, variante de apá, por aféresis o supresión del sonido inicial, papá, con su paralela omá y amá, frecuente en el norte de la provincia de Cádiz; aféresis que se da en otras palabras, amo por vamos, quillo por chiquillo) Baldomero le dice a su padre que quiere volver al campo, al corrá. Y ese grito sirve para todo, para el que quiere ganar un mundiá, para el que quiere huir de la ciudá y para que el que quiere hazé un corrá para ayudar a su padre (Baldomero nació en zona ceceante, de aspiración y de finales neutralizados) Ahora bien, no esperemos a un inglés agricultor. Se trata de un inglés jubilado o rentista, que se dedica a cosas extrañas, como leer. Viene él, vie- O ahora han inventado la vida en el interior, el paisaje interior de Jaén; los ingleses buscan la tranquilidad y la han encontrado en las antiguas y desvencijadas casas de campo nuestras, los cortijos andaluces, los casales levantinos, la masía catalana, la casería murciana, la alquería almeriense, la palloza gallega, el caserón montañés, el caserío vasco. Toda la costa española está ya cementada y edificada, ahora queda el interior. ¿Será posible algún día que una perdiz roja cruce toda la península, no de árbol en árbol, sino de casa en casa? Alguien lo verá algún día. Entretanto, el inglés está restaurando su nueva y barata posesión, al estilo rústico, piedra a piedra, viga a viga. Oiga, y con cerámica de Fajalauza, y teja vieja, y traviesas de vía de tren. Para eso ha contratado los servicios de Baldomero, un antiguo cortijero metido a obrero de la construcción, un albañil de los de ahora, torpe pero fuerte; el arte lo pone el inglés, el sudor lo pone Baldomero. Baldomero cree que está mejor ahora que cuando cuidaba cochinos y los de Villanueva del Trabuco EUGENIO FUENTES ESCRITOR LANDIS Y PEREIRO ODOS los aficionados que practicamos ciclismo sabemos que es imposible subir un puerto esprintando. Sabemos que durante un par de kilómetros uno puede levantarse sobre la bicicleta, apretar los riñones y aferrarse al manillar para dar un acelerón sobre una carretera que se empina. Sabemos que se puede subir cualquier montaña, con horas por delante y sufriendo. Pero no es necesario ser un profesional para comprobar que es imposible luchar contra esos dos enemigos- -la altura y el cronómetro- -a la vez y durante mucho tiempo. El cuerpo humano no está preparado para esa proeza, del mismo modo que no puede correr a la velocidad de un guepardo ni puede trepar una pared como un lagarto. Al forzar tu organismo sobre la bicicleta, no sólo sufres calambres en las piernas; es peor: sientes que están huecas como tubos de pvc, sin nada dentro, sin huesos ni músculos ni sangre. Prolongando el esfuerzo, llega un momento en que son como una cáscara de epidermis que sólo contiene aire, y ni si- T quiera aire comprimido. Si pones a los riñones a colaborar en la subida, como gregarios, una hora después notas como si te los hubieran serrado por la mitad. Y en cuanto a la respiración en puertos de gran altitud, también el aire se convierte en tu enemigo: a medidas que asciendes, el aire blando, gordo y nutricio de la llanura, lleno de oxígeno, se va volviendo una pared seca y dura como el cemento. Enrabietado, a veces no distingues si la gota de agua que cae de tu barbilla procede del sudor o de las lágrimas. La mayoría de los corredores a quienes hemos visto subir el Alpe d Huez o el Tourmalet esprintando durante kilómetros llevaban en su sangre- -se ha demostrado luego- -alguna sustancia que no había generado su cuerpo. En la etapa de Morzine, Floyd Landis sostuvo un duelo contra el tiempo y el espacio que a todos nos llenó de admiración, porque creíamos que en este Tour del 2006 todo era ya limpio, que los químicos habían sido descubiertos y que los tramposos se habían marchado a casa. Durante 130 kilómetros de escapada en solitario, Landis subió los puertos con una agilidad que creíamos movida por la rabia y el orgullo herido por su hundimiento el día anterior, pedaleó por el llano con esa plenitud que deben de sentir los caballos al galopar por las praderas. Todo el equipo de Óscar Pereiro, el Illes Balears, no tuvo la fuerza suficiente para atraparlo. Ahora se revela que las piernas de Landis iban impulsadas por testosterona. A los que aquel día le aplaudimos, pese a que le arrebataba a Pereiro el maillot amarillo, se nos queda la cara de idiota de quien ha sido engañado. Pero junto a la decepción, uno tiene la impresión de que se está llegando al fondo en la lucha contra el dopaje en el ciclismo, de que se han extremado los controles y de que resulta más difícil que nunca jugar sucio. A pesar del positivo de Landis, el Tour del 2006 ha sido el Tour más humano de los últimos años y por eso mismo ha sido el más heroico. Aunque a Óscar Pereiro le falte en su álbum la foto vestido de amarillo, sobre el fondo del Arco del Triunfo y del verdor de los plátanos de los Campos Elíseos, puede estar orgulloso de una victoria del tamaño de los hombres, lograda a base de esfuerzo, pundonor y sufrimiento. ne ella; los Baldomeros de turno le reconstruyen la casa, y después hamaca que te crió. Parece el reposo del guerrero. Lejos de la época horaciana en que el emperador Augusto le pedía al poeta la vuelta al campo la necesidad de comida para el pueblo romano empobrecido por las guerras. Lejos de la época luisiana en que Felipe II le pedía al poeta una pausa entre tanta guerra, una vida retirada a los huertos Parece que los ingleses no van por ahí. Buscan retiro, buscan aislamiento, no cultivan la integración social. Serán islas en un mar de secanos, o de frutales. Difícilmente se llevarán con Baldomero. Para Baldomero, el huerto es el huerto del Cantar donde está la Lola. Sueña con revolcar a Lola en las amapolas. Nada que ver con la inapetencia sexual de los ingleses. Baldomero sueña con una novia cortijera, de lomo ancho, o sea, gruesa y con carnes donde agarrarse; sueña con arrimarse, besar la boquita de ciruela y beberse sus ojos de yerbabuena. Ya lo decía la copla: ¡Qué polvo tiene el camino! ¡Qué polvo la molinera! (con acepción real y figurada) Para todo ello, tiene que casarse por la Iglesia, cosa que no entiende el inglés. Porque lo dice el cura y el alcalde, porque lo exige el padre de Lola. El casorio, como Dios manda; los saraos, como Dios manda. Ya estamos en el pueblo, lejos de la ciudad. Aquí hay que pelar la pava, pasear noches de luna llena, comer papas en la candela y calostros con canela. ¡Qué sabrá el inglés cómo está uno! Baldomero está que parte almendras, que troncha árboles (son dichos que aluden al apetito sexual) Se consuela con el baile agarrao en la discoteca, el rock rústico de lomo ancho, con el potaje y una pintaílla en el bar (para que se chinchen los ingleses, aquí siempre ha existido la pinta como medida de capacidad de líquidos, equivalente a medio azumbre, o sea, un litro escaso) Se revoluciona cuando ve al verraco hecho un verraco, acepción coloquial que indica persona que zolo pienza en el cezo cuando ve al cerdo padre valiente y traviesillo. ¡Qué distinto está el gallo! Parece el gallo de Morón, el más chulo, al que otro desplumó y le quitó la chulería. Y ¿para qué quedó? Para el arroz con ajo y pimentón. A la vista del panorama, Baldomero tiene que volver al oficio; al oficio de capaó, con su amoto y sus avíos, y su terrenillo en el cortijo. O al oficio de hortelano, en los bancales de otros, en el lanrover de otro y con los chotillos de otros. O al oficio de trampero, con la alúa y la mirla, de bulaga en bulaga poniendo trampas, y echando los conejos y las perdices en los platos de los señoritos (joven acomodado y ocioso) Baldomero sueña con una sociedad sin clases, donde no se distancien el patrón y los obreros, donde todos sean iguales, haya trigo y petróleo para todos, donde nadie sea más que nadie. Pero despierta y se encuentra con el señorito Evaristo. Baldomero va a volver a la construcción, a la obra del inglés que por lo menos le mira sus manos de callos; en sus ratos libres irá al corrá a engordar cochinos.