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D 7 6 8 06 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Catedrático de psiquiatría, director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas y prestigioso psicólogo, es autor de numerosos artículos y libros, entre los que destacan La ansiedad Una teoría de la felicidad Psicopatología de la depresión Remedios para el desamor La conquista de la voluntad El hombre light El amor inteligente La ilusión de vivir o ¿Quién eres? Médico y humanista, Enrique Rojas fue premiado por la Real Academia de Medicina de Madrid ENRIQUE ROJAS PSIQUIATRA Aprender a disfrutar del verano stamos estrenando el mes de agosto. Siempre recuerdo cómo he vivido los últimos días del mes de julio: final de mi trabajo profesional y la primera jornada de vacaciones llena de vida, con treinta días por delante para mí, para descansar, disfrutar, relajarme, ordenar cosas atrasadas y tener unos cuantos libros de lectura, que voy intercalando de aquí para allá. Aprender a disfrutar de la vida es un arte. Que los días no circulen veloces sin que nos demos cuenta de lo estupendo que es tener tiempo uno mismo. El tiempo es un bien valiosísimo. Hay quien no tiene tiempo para nada y hay otros que no tienen nada para el tiempo. Todo depende de lo que hay dentro de nuestra cabeza. Recuerdo cuando yo era un adolescente, que toda la familia pasábamos el mes de agosto en la costa granadina, los siete hermanos con mis padres. Vienen a la memoria aquellos años míos de la pubertad y la adolescencia. Y cómo mi padre nos ponía unas tareas de estudio y algunos libros para irnos aficionando a la lectura. El primer libro que recuerdo de aquellas etapas fue Pepita Jiménez de Juan Valera y Don Quijote Después, mi madre me fue aficionando a leer poesía y me transmitió su pasión por García Lorca, pues ella era amiga de su hermana Isabel y el Romancero gitano me lo recitaba, con el libro delante, con una gracia especial, de ahí quedó nuestro grito de guerra de muchos años, de un segmento de ese texto: Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo Mi madre me aficionó a S. Juan de la Cruz, Alberti, Miguel Hernández... y se sabía de memoria muchas poesías de cuando era estudiante y me las recitaba con una voz viva, clara y señorial: Gutierre de Cetina y su célebre madrigal, Lope de Vega, Calderón... Pero no se me han borrado de la cabeza las clases que me daba mi padre: durante una hora, biología o ciencias... quizá pensando en que tal vez en el futuro yo estudiaría medicina. Y mi madre me daba clases de francés. Y hablábamos de todo. En las comidas salían los temas del momento y E otros de siempre, de esos que nunca pasan de moda. No parábamos de hablar en el almuerzo y aquello era educación, pedagogía, divertimento, familia. A mi padre le encantaba jugar al king para el que no lo conozca, es con cartas francesas y tiene dos partes, una en la que uno no debe hacer bazas y otra, al revés. Era apasionante y, entre parte y parte, había diálogo, conversación y la personalidad de cada uno iba apareciendo. Los que no jugaban estaban cerca leyendo. Recuerdo a mi hermano Luis preparando las oposiciones de notarías, rebañando los minutos; de él aprendí la importancia del orden y la constancia. Mis hermanas, las mayores, Sole y Marisa, tenían también sus deberes. Isabel y Kika, mayores que yo, estudiaban cosas del curso pasado o el próximo. Y Cristina, la pequeña, jugaba a sus cosas. Has- ta la hora de bajar a la playa, los deberes tenían que estar hechos. Bajo el puente de la biografía corre todo el agua de la adolescencia. La casa nuestra estaba en frente del mar: en las mañanas azules mediterráneas, desdibujadas y quietas, mi imaginación incipiente volaba sin más fronteras que las que marcaba el horizonte, donde la raya final del agua se junta con el cielo. El verbo amor despojado de disfraces y la palabra familia como espacio afectivo repleto de lo mejor. Amigos lectores, hay que saber parar el reloj en estos días. El tiempo es como las estatuas de Dédalo, está en permanente huida. Saber apresarlo, detenerlo, sujetar su vértigo natural, estar dispuesto a llenarlo de lo que uno había pensado con ilusión. La ilusión no es el contenido de la felicidad, pero sí su envoltorio. Tener ilusiones, estar vivo y coleando, atmósfera positiva donde trazamos esperanzas y recogemos frutos. Prefiero susurrar mi mensaje a través de estas líneas y cimbrearme con soltura por el agosto azul añil zarandeado de alegría y plateado de atardeceres, donde el jeroglífico que somos cada uno va resolviendo enigmas y aclarando el bosque de los sueños de nuestra juventud ya transitada. Verano: déjame que me sumerja en tus aguas. Llévame de la mano y no corras. Mira que saber detener el tiempo es mirar de frente a las cosas y refugiarse en la conversación amable que nos va colando por las rendijas de temas de siempre y temas de ahora. Quiero la tertulia con gente que me aporte cosas a mi crecimiento personal. Y que me estimule a conocer más las orillas y las tierras firmes de lo que es el ser humano. La ética es cercanía y la estética, distancia. El amor debe ser elocuente. La amistad: encuentro rico y deslumbrante. Y el descanso, ese espacio donde convergen el ocio necesario y el sonoro agotador trabajo de los días sucesivos y sus sombras. El verano se me abre enorme ante mis ojos. Te voy a recorrer lúcido y fugaz, asistiendo alegre al submarino color de tus amorosas horas y al sentimiento cómplice de adolescencia que traes en tus navíos.