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ABC SÁBADO 5 8 2006 55 Toros FERIA DE LAS COLOMBINAS Manzanares al natural y la quietud de Talavante Plaza de toros de Huelva. Viernes, 4 de agosto de 2006. Segunda de Feria. Más de media entrada. Toros de José Luis Pereda, bien presentados y con mucha movilidad aunque también con algunos problemas, pero encastados por lo general; destacaron 1 y 5 Jesulín de Ubrique, de gris plomo y oro. Media estocada y descabello (ovación) En el cuarto, estocada caída (oreja) José María Manzanares, de grana y oro. Metisaca y estocada (ovación) En el quinto, estocada (dos orejas) Alejandro Talavante, de lila y oro. Tres pinchazos, casi entera y dos descabellos (ovación) En el sexto, casi entera perpendicular y caída (dos orejas) Salió a hombros con Manzanares. contundencia en las series. Una faena de regusto por lo que hizo, rematada con una gran estocada que fue determinante para la concesión de las dos orejas, sin duda ganadas a ley. Manzanares estuvo enrabietado, plantando batalla y buscando pelea en todo momento con su bruto primero. Faena a más con coraje y buenas maneras. La pena fue que dejó un metisaca antes de agarrar la estocada. Clavado en el albero El estoicismo lo puso de manifiesto Alejandro Talavante en su primero, un bonito toro de José Luis Pereda al que recibió a pies juntos con el capote. Pero donde de verdad cautivó el extremeño fue con la muleta, primero con el inicio de faena por estatuarios lentos y sin inmutarse. Y en el centro del ruedo. Ahí transcurrió toda la faena. Sin moverse un ápice, sin ceder terreno. El de Pereda repetía y Talavante clavaba la zapatillas en el albero y de ahí no le movía nadie. Ni el toro. Tanto que al natural no pudo pasar en un momento dado y se lo llevó por delante. Pero ni por esas. Toreo de perfil pero engarzando los muletazos. Lo mismo que las manoletinas finales. Impactó en el público. Pero pinchó una y otra vez. Tras el faenón de Manzanares al natural, Talavante dijo que para quieto se queda él. Y vaya que sí. El astado entró con la cara alta en un principio pero el extremeño, siempre en el centro del ruedo, clavó las zapatillas y enseñó al de Pereda el camino. O pasaba o se lo llevaba por delante. Pasó y aguantó estoicamente cuantas veces se le quedó parado. Una faena emocionante a más no poder de un torero que FERNANDO CARRASCO HUELVA. Alguien ha cambiado a José María Manzanares. Y ese alguien, desde luego, no puede ser otro que su padre. Ayer se vio la mano del maestro en el nuevo talante del chaval, que cuajó una faena, al quinto de la tarde, excelsa sobre la mano izquierda. Un toro bravo de José Luis Pereda y con el que dejó el toreo al natural por excelencia. Una faena redonda con extraordinarias dosis de sentimiento y verdad, la del toreo puro. Hace falta un torero como este en la Fiesta. Ya se había gustado con el capote. Y a pesar de que el astado entró rebrincado al caballo y echó algo la cara arriba en banderillas- -muy bien El Mangui en sus dos pares- el alicantino echó mano de la suavidad y, sobre todo, del temple. Desde el principio, la muleta a la izquierda, templó y alargó las embestidas. Faena de altura, con mucha profundidad y fuerza, la del toreo de siempre. Hubo rotundidad en los muletazos y Manzanares y Talavante salieron a hombros distinto, personal y suyo, muy suyo. Las bernadinas finales, ajustadas a más no poder, desembocaron en el delirio. Y no era para menos. Aquí sí entró la espada y las dos orejas también fueron para él. Jesulín se encuentra en un momento de madurez extraordinario. Y eso se pudo comprobar en su primero, un toro de Pereda con muy buen son y fijeza en las embestidas, al que cuidó sobremanera en el tercio de varas y le bajó la mano en muletazos templados a más no poder. Fue ésta, su primera faena, pulcra de técnica y mando. Hubo, ésa es la verdad, algo de frialdad, que pareció contagiarse a los tendidos. Tuvo EFE que emplearse a fondo el gaditano ante el cuarto, un burraco con muchos pies pero que se revolvía pronto. También embestía con todo y se movía con mucha rapidez. A pesar de ello, Jesulín siempre le puso la muleta por delante y no le dejó pensar. Tiró de él y construyó una faena maciza, para aficionados. Esta vez cortó una merecida oreja. Por otra parte, en La Coruña, toros de Victoriano del Río, terciados pero bien hechos. 1 y 2 nobles y de buen juego; el resto, complicados, informa burladero. Rincón, palmas tras aviso y saludos; El Cid, oreja tras aviso y saludos. Sebastián Castella, que resultó herido con un puntazo, saludos y silencio. LA HABANA ZABALA DE LA SERNA ace poco más de cien años se celebró la última corrida de toros en Cuba. El Jefe de Estado Mayor de la Fuerza Norteamericana de ocupación ordenó su prohibición en 1899, un año después del Cristo del Maine y de que nos fuéramos al garete sin colonia bajo el brazo, oliendo a derrota. El tal Chafee, que así se llamaba el gringo, se cargó de un plumazo cuatro siglos de toros. Pero no es cierto que el motivo real fuese que sacó la plaza de La Habana a concurso con el mismo pliego con el que Esperanza Aguirre subasta ahora la Monumental de las Ventas. Las leyendas urbanas las inventa la calle y las carga Simancas. Tal vez si muere Fidel y vuelve la libertad sea posible organizar de nuevo corridas de toros y reinaugurar la plaza de La Habana. Suponiendo que vuelva la libertad y la tiranía no se H mantenga en manos de su hermano Raúl. Cada uno es dueño de sus sueños, y yo siempre he soñado, cada vez con más frecuencia, con un exilio a Miami, por supuesto un exilio voluntario. Trabajar codo con codo con la disidencia cubana en una radio hispana, y cuando salte la noticia del óbito, y si vuelve la libertad, botar una balsita pequeña rumbo inverso al éxodo que invadió Florida de sabroso acento. El desembarco sería pacífico, nada que ver con Bahía de Cochinos. Y con los ahorros levantaría una placita de talanqueras como primera piedra para algún día ofrecer la Feria de La Habana, en una plaza mía, como mía por sentimiento era Las Ventas, una plaza que jamás se subastaría. En tierra lejana, que no tierra extraña, ahogaría las nostalgias en agua de caña y recordaría cómo se hundió Madrid por un absurdo afán de mantenalla y no enmedalla, un afán absurdo por repetir un pliego errático que un día abrió la puerta a las finanzas y al otro día se las volvió a abrir. ¿Que no vengan fi- nancieros? Que me expliquen cómo. Si no es por delante, será por detrás de los taurinos. Pero los caballos blancos serán los dueños de la Fiesta. Y el único dueño de La Habana, de mi placita de talanqueras, seré yo. En su Habanera de Cádiz Antonio Burgos escribe: Desde que estuve, niña, en La Habana no se me puede olvidar tanto Cádiz ante mi ventana, Tacita lejana, aquella mañana pude contemplar... Las olas de la Caleta, que es plata quieta... Y suena la voz de Carlos Cano como mar de fondo. Hay quienes defienden que el momento para conocer La Habana, con su encanto tal cual, es antes de que Castro se hunda en los infiernos. Pero quienes fueron, algunos, hablan de la dureza del contraste entre el hotel de cinco estrellas, como la Mahou, y la ciudad hambrienta, la miseria canina, las putas sedientas de un puñado de dólares, de un puñado de azúcar, las alegres putas tristes del Malecón. La progresía esgrime que en el 59 La Habana de Batista se había convertido en el prostíbulo de Estados Unidos, en Las Vegas de Florida, en parada y fonda de la mafia; la Revolución, con el tiempo, la transformó en la gran casa de lenocinio de Europa. ¡Oh, Cuba! el paraíso, cantaban Ana Belén y Víctor Manuel. El paraíso deshojado y seco de inanición, enfermo y sin medicinas; el paraíso represaliado, sin libertad de expresión, sin libertad sexual para ser Zerolo, sin libertad. Si fallece el sátrapa y he encontrado la suficiente decisión para huir de Madrid, para huir de lo que queda de España, Malaya, ladrillo y pandereta, de la política secesionista o subastera, de los aires guerracivilistas, de los representantes del pueblo que viven del pueblo pero sin el pueblo, y recalifican su tierra, desde Miami embarcaré hacia La Habana, con una vela de trapo, un timón de pala playera, cuatro troncos enmaromados y la foto de Las Ventas en la cartera. En Cuba murió Costillares de fiebre amarilla, y toreó en la clandestinidad Belmonte, otra vez bajo la luz de la luna.