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S 6 5 8 06 16 S 6 LOS SÁBADOS DE Profesor de dirección de personas en el IESE (Instituto de Estudios Superiores de la Empresa) y autor de varias obras, entre otras, La lógica del corazón Desde la adversidad El mito del líder o La empresa humanista Santiago Álvarez de Mon es asesor de empresas en temas de trabajo en equipo, coaching etc. SANTIAGO ÁLVAREZ DE MON PROFESOR DEL IESE Paradojas del verano familiar l ansiado descanso estival, en su tranquilo y lento deambular, puede, paradójica e involuntariamente, convertirse en un desafío imprevisto. Hasta una familia fuerte y unida puede ser sometida a preguntas incisivas que encuentran su oportunidad en plena calina. El trabajo de él y ella, ambos profesionales serios y comprometidos, hace una parada en boxes. Con él, también se apagan ordenadores, faxes, conferencias, reuniones, el messenger, la televisión, el fútbol... hasta el móvil parece echarse a dormir. Escenas habituales del invierno se retiran y, en esa quietud general, luces y sombras de nuestra contradictoria condición humana afloran a la superficie. Acostumbrados a triturar el tiempo en agendas hiperactivas, cuerpo, mente y alma se han de hacer a un ritmo más amable y cadencioso. La primera sorpresa la depara la dificultad para encontrar este tiempo compartido. Los miembros más adolescentes de la familia necesitan autonomía y distancia. Celosos de su soledad e incipiente madurez, una quincena con papá y mamá puede eternizarse. Por esta razón, negocian su presencia con maestría, la pandilla de amigos es competencia dura y desleal. Sólo los más pequeños de la tribu pugnan por la compañía de los padres, milagros de una infancia tierna e incondicional. Si no se invierte en ella generosamente mientras se disfruta de las ocurrencias y disparates de los enanos, las etapas restantes del viaje vital resultan durísimas. Pasa como con los equipos profesionales, una mala pretemporada arruina la campaña. Observando entre perplejo y animado el trajín veraniego de una familia normal, releía estos días la tremenda Carta al padre de Kafka. Todo hombre es peculiar y está llamado a actuar con arreglo a esa peculiaridad. Tanto en la escuela como en casa se hizo lo posible para que desapareciera esa peculiaridad ¡Que fácil es para la familia, realidad entrañable e impagable, degenerar en institución claustrofóbica y cerrada! En el contexto general de una sociedad desnortada, nuestro E cariño se torna excesivamente intervencionista y protector. Las dudas, ilusiones, frustraciones, sueños... de los mayores son proyectados sobre los hijos como misiles de largo alcance. El futuro hará ver que hicieron impacto. O les dejamos a nuestros hijos espacio físico, intelectual, emocional y moral para crecer, o nos lo recriminarán como el bueno, triste e inseguro de Kafka a su padre. Cuando se vive en una casa sin pestillos, con enormes ventanales, por la que el viento del cambio discurre a sus anchas, donde la libertad y la responsabilidad son gemelas inseparables, es fácil percibir la dimensión comunitaria de la familia, institución sabia y añeja construida sobre cimientos milenarios, curtida en mil tormen- tas. El verano, con sus despedidas y encuentros, entradas y salidas, es tiempo especialmente propicio para ello, aprovechémoslo. A modo de péndulo, típico de este país impulsivo, sospecho que nos hemos ido al otro extremo. A los padres de hoy, perplejos y asustados como estamos, nos tienta arrojar la toalla. Ante el tsunami inmenso de permisividad y pasotismo que arrampla con todo- -no son buenos tiempos para la autoridad, la disciplina y el esfuerzo, suenan a cuartel militar- se piensa en abandonar la carrera. Y como es doloroso reconocerlo, vestimos nuestra imperdonable dimisión con la maravillosa excusa de la libertad A Kafka padre su hijo le pedía aire para respirar, a otros les van a reclamar tiempo, cariño y hasta una buena bronca. A veces, un no necesario, firme y oportuno es el mejor testimonio de nuestro amor. Si soslayamos uno y otro peligro, cuando se encuentra el equilibrio entre el yo singular y misterioso, y el nosotros, acogedor y solidario, el verano familiar ofrece todo su arsenal de tesoros. A la prisa y ruido de los días febriles del invierno suceden la tertulia nocturna, improvisada y sin reloj, el libro amigo que entretiene y alimenta, el deporte sano y divertido, la excursión tonificante a las cimas montañeras, la contemplación del océano insondable, hasta el silencio se hace un sitio e ilustra y complementa a la palabra, susurrando mensajes nuevos. Entonces, rescatada nuestra esencia, que el hombre vuelva a sus orígenes, a estar en paz con la naturaleza y consigo mismo, ya no parece una quimera. Si las vacaciones se nos hacen largas y deseamos la vuelta al cole y al curro, Houston, tenemos un problema un serio problema. Si se nos hacen cortas, buena señal. El ocio no es un test que superar, sino solar necesario para el espíritu del quebrado ser humano. La familia, su anclaje natural, se renueva y reinventa a sí misma, para arribar a la cuesta profesional, académica y financiera de septiembre más en forma que nunca. Eso es lo que les deseo a mis queridos lectores, que hasta hacer y deshacer equipajes sea un lugar de encuentro y felicidad.