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5 8 06 CULTURA Y ESPECTÁCULOS Salzburgo Mozart en 3 D Abucheo generalizado para el montaje de Ascanio in Alba de David Hermann y Crhistof Hetzer, que en más de un momento recordó a la producción de La flauta mágica de Plensa y La Fura dels Baus POR JUAN ANTONIO LLORENTE FOTO: EFE l comienzo de la segunda parte de la representación, una señora preguntaba a su acompañante: ¿Dónde están los Ponnelle? ¡O los Strehler! argumentaba éste a su vez a A Diana Damrau volvió a conquistar al público, ahora en el papel del Fauno modo de respuesta. Tampoco había que retroceder hasta hace tres décadas, cuando los aludidos directores sentaron cátedra desde aquí con sus conceptos escénicos. Recientemente, se han podido ver también grandes trabajos en el Festival. Pero es cierto que en los diez días que han transcurido desde el comienzo de la presente entrega veraniega el ingenio, a falta de dinero contante, parece ser- -salvo en el caso de Claus Guth con Las Bodas de Fígaro -el recurso al que invocan los distintos registas a la hora de salvar el tipo. Pero los parches no siempre funcionan. La prueba es el abucheo casi general del jueves en el Landestheater para David Hermann y Christof Hetzer- -director y escenógrafo, respectivamente- -en el turno de reconocimientos de Ascanio in Alba la ópera que Mozart, con sólo quince años, escribió en cuatro semanas escasas, y de la que sólo se conocía una producción en la cita estival salzburguesa. Y de eso hace casi 40 años. Cuando ni los citados Ponnelle y Strehler habían puesto el pie en este territorio. La propuesta que ha realizado Hermann muestra un sospechoso, aunque lejano, parentesco con La flauta mágica de Jaume Plensa, con la que La Fura dels Baus ha ido escandalizando allí donde la han presentado. Se podía percibir en el blanco dominante que envuelve la acción desde el comienzo hasta el fin, y en los elementos- -escasos- -con aire industrial, contrastando con el forillo barroco que presta fondo a las dos apariciones del fauno. Incluso hay Fura en la presencia de dos actores (viajeros los llaman aquí) dando sentido a la pieza, narrando el texto de los recitativos cortados y resumiendo el argumento de las arias que van a escucharse. Lo que ha quedado finalmente, tras las preceptivas talas a las que nos hemos ido acostumbrando, de los 33 números contenidos en la obra origi- nal. Sólo que, a diferencia de los fureros, en este caso se echa en falta la imaginación, que Hermann adjudica al espectador a la hora de descifrar códigos. Como los que se quieren transmitir a través de la uniformidad de los personajes, medio máquinas- medio insectos. Por fallar, falló incluso la ocurrencia de facilitar a los asistentes gafas bicolores de cartón en el segundo acto para intentar llenar la escena con una sensación volumétrica en tres dimensiones no conseguida. La tercera dimensión no tuvo que ver con la escenografía, sino con el mimo con que se ha tratado la música de esta Serenata teatral en dos actos -en ese formato la encuadró el compositor, que recurrió para su arquitectura narrativa a un texto bucólico- mitológico del abate Giuseppe Parini- fruto de un encargo de la Emperatriz María Teresa de Austria para la boda de su hijo Fernando con Beatriz, Duquesa de Modena, y que ahora llega al Festival de la mano del Teatro de Mannheim al pleno, como contribución al gran homenaje mozartiano. Triunfo de la música El capítulo de triunfos empieza con los resultados de su orquesta titular, sabiamente manejada por el maestro húngaro Adam Fischer, que supo conseguir una perfecta tensión en el apartado de las cuerdas, y un acertado tratamiento para la familia de los metales, decantándose por los instrumentos de época. El apartado vocal también funcionó. Desde la compacta masa coral- -respondiendo actoralmente a la complicidad de la acción gracias al buen hacer de su director, William Spaulding- a las voces solistas, convertidas, para fortuna de la audiencia, en los grandes hallazgos de la noche. Especialmente, en lo que respecta a la soprano Diana Damrau, que, tras su deslumbrante presencia hace unos días en el montaje de La flauta mágica interpretando el papel de la Reina de la Noche, revalida su categoría artística con las dos arias de lucimiento- -una por acto- -del Fauno, suspendida con gracia en un columpio. Con ella, la mezzosoprano Sonia Prina, con buena planta escénica y gran fuerza vocal, consiguió imprimir el carácter que demanda Ascanio, que encontró una buena respuesta en la debutante soprano marsellesa MarieBelle Sandis como Silvia, prometida en la ópera del protagonista. A corta distancia de ellos, otra soprano también nueva en esta plaza, Iris Kupke, que dibujó una Venus ligeramente plana, en la línea semejante a la que el tenor americano Charles Reid recurrió, frente a un panel tan homogéneo, para recrear al adivino Aceste.