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ABC SÁBADO 5 8 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR JULIO JOSÉ ORDOVÁS SEAMOS INDEPENDIENTES El sueño de una España ilustrada vuelve a quedar enterrado, a la espera de mejores tiempos, bajo quién sabe cuántas fronteras idiomáticas, judiciales, educativas y arancelarias AJO el Gobierno de Aznar, España conoció una floración espectacular de intelectuales, un fenómeno digno de figurar en los anales de la Historia Universal del Cinismo, además de en el Libro Guinness de los Récords. Escritores y escritorzuelos, cantautores y cantamañanas, pintores y pintamonas, cineastas y cineostros, cómicos y comicastros salieron en estampida de debajo de las piedras dándose de coces por aferrarse a la pancarta de turno y aparecer en la foto con semblantes fieramente indignados, en plan mártires de la Libertad o apóstoles de la Verdad Revelada. Sin asomo de vergüenza se autoerigieron en abanderados del sentir popular (esa cosa pringosa que desde adolescentes habían despreciado con jactancia) y soltaron cuantas enormidades les vinieron a la boca, enormidades que buena parte de los medios, ávidos de declaraciones basura, propagaron de inmediato ampliando el eco hasta lo bochornoso. Como para pasar por intelectual no es necesario presentar currículum alguno ni exhibir siquiera un doctorado en Sigüenza, aquellos maestros Liendres se enfundaron el traje volteriano o zoliano y con un desparpajo cínico insuperable le bailaron el agua a Rodríguez Zapatero, quien naturalmente los adoptó como palafreneros, explotándolos a conciencia. Tras las elecciones del 14- M, con el deber cumplido y una vez cobradas las correspondientes prebendas, todos esos gloriosos intelectuales surgidos en su mayoría de la nada televisiva regresaron a sus madrigueras, y ahí siguen, hibernando, hasta que un nuevo vuelco político amenace con cerrar el grifo de las subvenciones y los claros clarines toquen otra vez a rebato y se sientan en la obligación moral, quiero decir, económica, de tomar las calles enarbolando el banderín que toque enarbolar en ese preciso momento. La función del intelectual es la de vigilar al Poder, sea éste del signo que sea, y con mayor celo cuanto más próximo, ideológicamente, pueda resultarle. El intelectual ha de estar siempre alerta, siempre acechante, con el dedo presto a denunciar todos y cada uno de los desmanes, desbarres y posibles abusos del Gobierno, y también para dar la voz de alarma cuando la carcoma fascistoide amenace con corroer los cimientos democráticos. Su independencia de juicio es su única credencial, y en el instante en que esa independencia se reblandece, su palabra pierde todo valor y su figura deja de tener sentido. El intelectual no es infalible (aun sabiendo que la vista engaña, no hay quien no pueda evitar caer a veces en ese engaño óptico) y por eso le está permitido errar, incluso contradecirse. Lo que no le está permitido, o lo que no le debería estar permitido, es callar. Porque el silencio del intelectual es siempre un silencio cómplice. Da rubor incidir en algo tan obvio. Pero tras el clamoroso silencio cómplice de la, así llamada, clase intelectual progresista producido durante la campaña del referéndum del Estatuto catalán, marcada por la rastrera estrategia electoral del Partido Socialista Catalán, las agresiones físicas contra B miembros y simpatizantes de Ciutadans de Catalunya y el violento hostigamiento padecido por el Partido Popular, me temo que es necesario hacerlo. Y es que los que, hace tan sólo cuatro días, se autoproclamaron ángeles custodios de los valores democráticos no parecen haberse enterado de que la democracia ha sufrido un serio y grave atropello. Estarían mirando para otro lado, seguro. Les ocurre cada vez que sucede algo que puede afectar a sus intereses. Son muy valientes cuando saben que van a sacar provecho de su valentía, y cuando no tienen nada que perder. Y son muy cobardes cuando, por el contrario, no tienen nada que ganar y sí mucho que perder. Por eso optan por el silencio, haciéndose los sordos o los locos o los tontos, papeles que bordan, por cierto. Y les funciona, vaya si les funciona. Decía Baroja que no todo el mundo puede vivir de su trabajo, y por lo tanto mucha gente tiene que vivir de la adulación. El oficio de criado es cómodo, pero tiene sus fealdades; el ser hombre independiente es a veces incómodo, pero tiene sus satisfacciones concluía. Claro que a los aduladores prebendados, a los criados del Sumo Poder Subvencionador, esas satisfacciones de las que hablaba Baroja les traen sin cuidado. Las lecciones de moralidad son para cuando hay una cámara delante y toca justificar el sueldo. Entonces sí que sacan pecho y se les llena la boca de saliva grandilocuente. Pero si no hay cámara delante, para qué quieren ponerse estupendos. Mejor seguir con la cabeza hundida en el pesebre oficial y moviendo el rabo para espantar a las moscas. Hemos asistido a un silencio borreguil, a un silencio de piedra que, es de prever, tardará mucho en resquebrajarse. La campaña del referéndum del Estatuto catalán ha hecho que se disparen todas las alarmas democráticas de prevención, pero aquí como si no hubiera pasado nada. Con la complicidad silenciosa de toda esa legión de abanderados de las libertades, hombres de mundo, por supuesto, todos ellos, el nacionalismo ha mostrado su rostro más grosero y agresivo, tal vez su verdadero rostro. La caja de los truenos nacionalistas ya está abierta, y eso que la deriva estatutaria, el disparate nacionalista, no ha hecho más que comenzar. Preparémonos a sufrir un sarpullido monumental de provincianismo, una exaltación identitaria que, en plena globalización, no puede resultar más reaccionaria y más ridícula. El sueño de una España ilustrada vuelve a quedar enterrado, a la espera de mejores tiempos, bajo quién sabe cuántas fronteras idiomáticas, judiciales, educativas y arancelarias. Será el paraíso de los criados, y el infierno de los hombres independientes. Pero a los que, como a Chamfort, la naturaleza no nos ha dicho jamás no seas pobre ni tampoco sé rico sino que sólo nos ha dicho sé independiente no habrá quien nos haga callar. Escritor REVISTA DE PRENSA POR ENRIQUE SERBETO CONGO, DARFUR Y FRENCH FRIES Ahora que todas las portadas están copadas por asuntos tan llamativos como la situación política en Cuba o la guerra en Líbano, otros temas pasan más desapercibidos, a pesar de que en circunstancias diferentes estarían destinados también a las primeras páginas. Las elecciones en la República Democrática del Congo, por ejemplo, merecen la atención del británico Financial Times, que le dedicaba ayer un artículo de Jason Stearns y Michela Wrong a este proceso del que dicen que mucho más importante que saber quién ha ganado es que las primeras elecciones multipartidistas que se han celebrado en el país han tenido lugar sin graves episodios de violencia. Pero el voto no es la garantía de una democracia estable En efecto, la depredación y el fracaso de las instituciones estatales ayudan a explicar la paradoja congolesa posee algunos de los mayores yacimientos de cobre, de cobalto, diamante y oro, pero el 80 por ciento de su población gana menos de un dólar al día. Sólo el año pasado, un cuarto del presupuesto nacional no fue contabilizado. Nadie ha sido acusado de corrupción El New York Times se fijaba también en otro asunto africano al que la actualidad vuelve a pasar por encima. Para parar el genocidio en Darfur se necesita una fuerza de las Naciones Unidas. Si no es enviada pronto, será demasiado tarde para millares de víctimas. La causa de este retraso es la negativa del presidente sudanés, Omar el Bechir. Y puede salirse con la suya porque China, miembro permanente del Consejo de Seguridad, sigue protegiéndole. Una de las razones por las que Pekín respalda a Bachir es por su petróleo Y sin salir del mismo periódico se encuentra otra noticia curiosa sobre la decisión de la cafetería del Congreso de anular oficialmente el cambio de nombre de las patatas fritas. En las últimas semanas, el Congreso ha vuelto discretamente al nombre anterior. Lo de Patatas de la libertad igual que el lema Misión Cumplida que el presidente Bush exhibió después, es hoy una reliquia de los tiempos de ingenuidad, cuando los partidarios de la guerra estaban convencidos de que los iraquíes serían libres justo después de que terminasen de dar las gracias a sus liberadores con pétalos de rosa El periódico le ha preguntado a la Embajada francesa, que ha respondido lo siguiente: En estos momentos tenemos muchas cosas importantes y serias en las que trabajar. las que copan las portadas, ya sabe Líbano, Cuba... No estamos interesados en saber el nombre que le dan a las patatas