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ABC SÁBADO 5 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MICROONDAS DE NEPTUNO ese mar turquesa que estoy viendo desde Estepona, surcado por los triángulos de colores de los windsurfistas, se asomaron un día las velas de Ulises, el guerrero astuto que demoraba el regreso de Troya porque sabía que el verdadero viaje, como escribió Kavafis, es aquel que el viajero hace discurrir por el interior de sí mismo. Hoy el Mediterráneo ya no es el mar del mito y de la cultura que le dio sal y luz a la democracia de Atenas y al imperio de Roma, sino un enorme lago caliente por el que navegan los cruceros de una burguesía que paga vacaciones a plazos y los yates de los oligarcas que construyen murallas de cemento en las orillas donde siglos atrás creció la mayor civilización de IGNACIO Europa. CAMACHO Deesa arquitectura brutal, que hunde sus cimientos en un pantano de cohechos urbanísticos, bajan cada mañana cientos de miles de veraneantes a mojarse los pies en el Mare Nostrum y mantener al día las cifras del Producto Interior Bruto. El modelo de una costa armónica y de crecimiento controlado se pulverizó tiempo atrás, cuando la codicia de los ayuntamientos litorales recuperó la receta especulativa del boom de los sesenta y multiplicó los beneficios a costa de cargarse el paisaje. La ola emergente de ladrillo se traga el agua que escasea en los ríos y en los embalses, y agosta como un sumidero los acuíferos en medio de una pelea de políticos de terruño que pugnan por quedarse con la propiedad de los recursos hídricos a base de nacionalizar los arroyos. Nadie se da cuenta de que el territorio no es renovable, y de que llegará un momento en no va a quedar un metro cuadrado del que sacar el oro rápido del urbanismo salvaje. En éstas que la Agencia Espacial Europea hadado la voz de alarmasobre unrepentino calentamiento del mar, que ha alcanzado en las Baleares la temperatura de una sopa deconstruida por algún cocinero de moda. Algo está pasando ahí abajo, donde los antiguos creían que Neptuno devoraba ninfas y agitaba el tridente durante la digestión para tragarse de aperitivo a los osados marineros que se aventuraban ensus cascarones de nuez. Probablemente algún dios se ha cabreado ante el abuso de los hombres, y de momento ha mandado unas legiones de medusas mordedoras para advertir a los bañistas de que la naturaleza nunca deja impunes los crímenes contra su esencia. La costa desaparece bajo el ladrillo y el mar se recalienta con un misterioso microondas, pero cada noche de verano es una fiesta de fuegos y música en este Mediterráneo que emite señales de angustia ante la destrucción del equilibrio y del paisaje. En el dulce atardecer malagueño he bañado mis pies en unas olas suaves, y todo parecía como siempre; la Roca de Hércules se recortaba al fondo entre la bruma y el agua plateada y untuosaque describió Pla seguía dejando un bigote de espuma sobre la playa. Pero algo pasa, y quizá no nos demos cuentaporque estamos embriagados por la música de la orquesta de un Titanic llamado desarrollo. A DIOS ANDABA POR MEDIO EGURAMENTE las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan hayan tenido ocasión, como yo mismo, de empacharse con la caterva de libracos que, como buitres al hedor de la carroña, han vituperado las imprentas durante los últimos meses, al rebufo de la malversación de la memoria histórica orquestada por el Gobierno. Es cierto que se han publicado algunos volúmenes valiosos, pero la avalancha de cochambre panfletaria ha sido tan copiosa y jaleada que han pasado casi inadvertidos. Ahora quisiera llamarles la atención sobre uno de esos pocos libros valiosos; un libro enjuto y conmovedor que no merecería quedar sepultado entre la morralla mejor promocionada. Se titula Un adolescente en la retaguardia (Ediciones Encuentro) y lo firma un octogenario, el Padre Plácido María Gil Imirizaldu, a quien el estallido de la contienda pillaría, JUAN MANUEL con apenas quince años, en el moDE PRADA nasterio benedictino de El Pueyo (Barbastro) donde a la sazón cursaba estudios. Se trata de uno de los libros más hermosos que he leído en mucho tiempo, de una belleza frugal y reparadora que ensancha el espíritu. Un adolescente en la retaguardia nos narra las vicisitudes que precedieron al martirio salvaje de los monjes de El Pueyo, acusados absurdamente de custodiar un arsenal entre las paredes del monasterio. No fueron los únicos religiosos asesinados en Barbastro: numerosos sacerdotes diocesanos- -con su obispo al frente- escolapios y claretianos padecieron un idéntico destino. Pero no se crea el lector que el propósito de Plácido M Gil sea ofrecernos una narración truculenta de aquellas jornadas, mojando su pluma en los chafarrinones del sensacionalismo; por el contrario, nos muestra aquellos desmanes con una mirada pudorosa, llena de una serena piedad, la misma que descubrió en los monjes de S su comunidad, con quienes compartió cárcel en las vísperas de su martirio. Las páginas que el autor dedica a las postrimerías de aquellos monjes fortalecidos por la oración y los sacramentos, que caminan hacia la muerte como quien se dirige a una fiesta, son de una emoción tan vívida y apretada que el lector debe detenerse para tomar aliento. Pero lo más hermoso y aleccionador de este libro no es tanto la narración de vicisitudes históricas como la crónica de la supervivencia de una vocación. Aquel muchacho que había visto morir en circunstancias tan atroces a sus amados monjes aún tendría que apurar hasta las heces el cáliz del dolor: primero en Barbastro, donde lo obligarían- -en un ambiente sofocante de brutalidad- -a servir de camarero a los milicianos que se dirigían al frente; después en Caspe, donde presenciaría los bombardeos de la aviación franquista, que no duda en execrar; ya por último, acogido por una familia de generosos payeses de la comarca de Urgel. Durante todo este período entreverado de desgracias, el autor despliega una galería de personajes de gran vibración humana: entre la escombrera del odio también brotaron, como flores silvestres que asoman entre los cardos, las pasiones más nobles, los sentimientos más acendrados, las virtudes más abnegadas. Y es que, como afirma el autor, Dios andaba por medio Cuando, a comienzos del 39, el joven protagonista llegue al fin a su pueblo natal, Lumbier, en Navarra, para reunirse con sus padres que lo daban por muerto- -la escena del reencuentro es, en su escueta simplicidad, una bofetada de belleza- su vocación se halla milagrosamente incólume. El libro se clausura cuando, pocos meses después, el autor se dispone a ingresar en el monasterio de Valvanera: Dentro del corazón- -escribe, con una frase trémula de belleza- -encierro a todos los hombres No dejen de leer este libro excepcional; nunca me lo agradecerán suficientemente.